Canto

C

Ella iba al almacén todas las tardes a la misma hora, compraba casi las mismas cosas y volvía a prepararle la comida a su marido, el inválido, como le decíamos. En la noche, su casa se transformaba en un jolgorio que distaba muchísimo de la seriedad y rectitud de la cara de la mujer. Una fiesta evangélica, casi improvisada, casi demasiado molesta, casi graciosa, se montaba en el garaje que hoy es la casa de su hija menor. 

Escuchábamos esas canciones, nadie conocía a los intérpretes, eran gentes de otros barrios, tal vez de este mismo barrio, pero que se escondían solo para ver la noche y atragantarse con las notas dirigidas al cielo. Las plegarias retumbaban a la tardecita y la seriedad casi sepulcral volvía a la noche, donde muchas veces, muchísimas veces, muchos dijeron escuchar los gemidos del inválido, aquejado por un dolor inmenso. Pero a la mañana siguiente todo se repetía, la mujer al almacén, sus hijas como zombies sentadas en el porche sin decir palabra, y a la noche esa multitud de fantasmas cantantes que se apretaban en un garaje con sillas de plástico. 

El garaje de la casa que juntaba a los fieles parecía estar en alguna otra dimensión, por lo que sus voces al cielo parecían aún más lejanas que la presencia de cualquier ser divino, más distantes y misteriosas que la voz apagada de Dios. Recuerdo que tomé conciencia de esta figura celestial y omnipotente con esos cantos. Qué es lo que cantan, le preguntaba a mi abuela y ella respondía, le cantan al señor que está en el cielo. Mi abuela jamás intentó inculcar su ateísmo en mí, ella pensaba que como el tango, el descrédito por la vida también espera. 

Observaba a esa mujer casi a diario desde mi ventana. Su caminar era anacrónico, es decir, parecía que caminaba en otra época, en una más antigua. Retomando mis visiones, ya de adulto, puedo pensar que en su estoico marchar existía también la pena de los condenados, la frente en alto de los que están en el suelo, la valentía del miedo a cambiar y el odio al mundo. Su marcha era símbolo de una pureza, de una moral y de un deber ser catastrófico y purgante.

El inválido salía al porche todas las tardes. Frente a su casa se erguía patéticamente, simulando solemnidad, el muro del cuartel Gral. Pablo Galarza (un muro de unos cinco metros, pintado de un blanco viejo y barroso). Pensaba que el esfuerzo de la congregación tenía el fin de que el inválido se levantara de su silla, pero los cantos, cuando los escuché atentamente, hablaban de generalidades y no de la curación del inválido. Para que se juntan si no es para la curación de este señor, me decía. 

Todas las imágenes del inválido y la del solemne marchar eran exteriores, es decir, solo eran las que veía en la calle. Sabía que en la intimidad algún secreto tendría que revelarse, como la palabra de la mujer o los gritos del inválido, alguna sonrisa, algún reto, algo humano y no petrificado. Estaba desesperado por encontrar vida en esos simulacros de humanos que paseaban y cantaban. 

Una tarde trepé el muro que separaba nuestras casas e invadí el patio justo detrás del garaje de los cantos. Caminé lentamente pensando en mis excusas si me encontrasen en tal situación, hasta que de repente, tras una ventana trasera vi la figura del inválido y a su lado la mujer. Me congelé, pero me di cuenta, luego de unos segundos de pánico, de que en realidad estaban de espaldas. Caminé muy lentamente hasta la ventana y me acurruqué debajo, esperando escuchar algo, pero no escuché nada, solo el silencio de los pasos, los platos en el fregadero, la silla de ruedas. No se hablaban. Concluí que debían odiarse, el inválido no era mudo, lo había escuchado una vez retar a sus hijas.

Pasaron días, hasta que uno fue distinto. Ella no fue al almacén. Tendría todo lo suficiente, pensé. Pero de inmediato deseché la idea; el abandono (así sean diez minutos, lo que le llevaba aproximadamente ir y regresar del almacén) a veces hace tolerable toda una existencia, bien lo comprendía al esconderme de mi padre por unos minutos al día. Esos segundos eran santos como el Dios galardonado todas las noches y no podría renunciar a ellos así como así.

Llegó la noche y decidí presenciar la reunión. Escuché los cantos, la casa hablaba de nuevo con esas voces ajenas. Me excusé diciendo que iba a comprar bolitas al almacén y me acerqué a la iglesia improvisada. El porche estaba abierto y el volumen del coro aumentó, estaban todos de pie y no lograba identificar a la mujer, solo veía al inválido, en su silla, de cabeza gacha, cantando con todos sus pulmones y de ojos cerrados, llorando.

Señor, escucha ya,
A ti mi ruego va;
Mi Salvador, bendito sé;
Tu siervo quiero ser, Señor;
Oír tu voz de amor,
Seguirte por la fe.

Me concentré en el tumulto de gente, hasta que la encontré. Estaba a la izquierda, de pie y con sus manos atrás. Era la única que no cantaba, parecía negarle la palabra a Dios como a su marido. En ese momento tuve la revelación, con apenas once años: era hermosa. Hoy conozco su edad, (me contacté con unos amigos en la jefatura de policía) pero ese día ella tenía un millón de años, creía en su eternidad y estado crepuscular, creía en su piel blanca como la leche y pelo corto, casi como un hombre. Me petrifiqué, como imitando su esencia. La canción se detuvo y lo comprendí: le cantaban a ella. 

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Martin Lamadrid

Martín nació, a veces escribe y morirá.

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