Distracción

D

Por José Jorge

I

Cuando se tiene un cuerpo se desorienta al anterior

Yo creo que tomé la decisión correcta. Desvié el objeto y martillé la confianza al distanciar mi  pensamiento de ella. Obtuve resultados claramente positivos. Esto hoy parece imposible, pues su fracaso lleva a algunos a descontrolarse precipitando frases centenarias ultrajadas en ejemplos frívolos y a otros los empuja a comer de un balazo casero el cerebro de la mujer querida para reunirla, con un odio particular, a la sobriedad de otro apretón patético con la nada.

Esta certeza me floreció como una clavícula en la desnuda forma de digerir la comida o en el encaje nítido con el que me comencé a sacar las medias los días de tormenta. Olvidarla se me presentaba como un trabajo provocativo, pero con límites precisos. Distribuí las atenciones ganadas en dos o tres prácticas y sonreí porque había logrado todo aquello que otros solo deseaban, pero que a mí se me presentaba con olor a meta, a objetivo.

Así que me acerqué a la puerta, pero la llave amortiguó su fusión, trabajando en desmedro de la salida. No era complicado y no había más que pensarlo. Si desataba una sonrisa solitaria mirando el techo surgiría un acierto al revolver distraído el llavero.

El barrio era un cajón de ovillos esperando un movimiento. El frío me producía una sed de temblores delgados en la cara, algunos de ellos un tanto involuntarios. Como había decidido no pensar más en ella, otras cosas comenzaron a llamarme la atención o esto creía apurándome a bajar una calle empinada con las manos en los bolsillos, sintiendo mi peso ideal para esa inclinación, sustrayendo de los árboles y las casas la definición y la simpleza, pese al desgaste nupcial que sus tonalidades contraían con el tráfico. 

No había andado, con el hervor de mis pasos ligeros, ni dos cuadras cuando el repulgue levantado de una baldosa dio un cornazo increíble en el pobre contrato que tenía con mi cuerpo. Todo lo que poseía, de una manera u otra, vino a rematarse en el mismo espacio en que se guarda el miedo a sentirse triste, ofreciéndome una oleada de servicios amargos a su antojo.

Pude haber ubicado el sentido común de aquél trueque de sensaciones conocidas, si no fuera porque uno de mis labios comenzó a alzarse intermitentemente, dejando una colonia de dientes apretados contra las líneas de docenas de encías carneras. No podía opinar sobre ese anclaje carente de órdenes y conducción. Así que fui hasta casa, seguro de que el mundo estaba abierto, hasta que se me cayó una especie de humo caliente de las manos y se distribuyó solidificándose al estallar en partes iguales de cerámica. Algunos pensamientos sin domesticar (todos los tenemos), entraron mecánicamente en un pestañeo inseguro, sin dueños. Un puntazo de refilón en la mesa de madera. Un estornudo sin forma antes de dormir.

Lloré con rabia escasos segundos y me dije, arrancándome pelos de la cabeza, que aunque estuviera solo, el segundo día no podía fallar en enterrar el recuerdo de alguien con quien hablaba poco y que me invitaba a escribir un cuento interesante para remarcar el olvido, algo más que una anécdota para parientes distantes en un día festivo.

II

Fui hacia el cuarto pero llegué al baño. Cuando quise salir me invadieron forzosas ganas de arrebatarme entre el jabón florecido y la toalla. Simultáneamente, en el comedor, tuve el impulso de vaciar la mesa, prender la estufa, no observar su foto, cortar mucho pan y dejar de hablarme por dentro. Me asomé a la ventana y perseveré en la imagen de un contorno relleno de cerrazón que me observaba desde el patio. ¿Era aquello un ángel o un medicamento?

Fui marcha atrás con miedo y al tropezarme con unas botas de lluvia me vi apurando el paso con el paraguas en la mano, deteniendo en ese mismo instante la resaca de la vereda que se amputaba con gotas tremendamente pegadas, como cuando se sale de un estadio fugándose sin destino, hacinado a los cuerpos de la población. Yo era parte de algo. Estaba seguro porque todo comenzó a llamarme la atención, aunque me sintiera sin alas.

Digerí en el trayecto series de perros tramados por diversos moldes callejeros, sucuchos de agua atascados en las alcantarillas, tristes nombres de comercios que oficiaban de terminología infinita de aspiraciones, antes de resbalar pisando el escalón del ómnibus. La mitad del cuerpo que tenía dentro del aparato me fue arrebatado por un golpe en la nariz que me partió a la mitad, dejando una parte afuera y otra prendida al susto de un pasajero que empujó inmediatamente mi pierna, mi brazo y mi oreja enrojecida, lejos de sí. Y yo lo miré de reojo, medio decepcionado por su ostentación.

Un día, mientras trataba de embocar el borde del vaso tocándolo con la punta de la lengua, el sonido hipocondríaco de un grito hizo que parte del agua me atravesara y cayera sin concesiones al piso. Es un trabajo sencillo –pensé mientras arrastraba el lampazo­– prescindir de las historias bellas o de aquellas que coquetean con el atontamiento al intuir la excitación de un desastre final. Al lograr olvidarla, no solo me daba el lujo de adelantar un naufragio sino que podía llegar a internarme francamente en detalles que a otros espantaban. Una prueba de que iba por buen camino se me dio al pelear con el tejido sobrante de uñas que intentaba escaparse de mi calzado. Me tambaleé para apretarlo contra el suelo y me golpeé monstruosamente la cabeza contra la puerta superior del ropero.

Perdí la memoria una hora. Entonces desembarqué en la certeza de que estaba trabajando algo importante para quien recuperara el sencillo estupor de su vida detrás de mí. Quizá esa persona emergente, como cualquier otra, rechazaría con la capacidad de la vergüenza el lugar nuevo que yo le estaba regalando. Así que decidí darle placer a ese cuerpo con el que me volvía cada vez más unido y del que desconfiaba materialmente.

Comenzó a negociar conmigo la imagen de una muchacha distinta que intenté rechazar pero que el otro quería conservar a toda costa. Puse la intensidad del porcentaje que me quedaba en conquistar aquel lugar que se iba apagando en pos de una invasión de ceremonias realmente incapaces de vivir libremente. De pronto me comenzaron a trepar brazos que querían acariciarme con lástima o aparecían de la nada pañuelos húmedos en mis manos. Llegué realmente a desesperarme, hasta que me di cuenta de que la historia era contada por mí y que, aunque me despertara frente a un tren en movimiento, una seducción vital me ayudaría a salvarme el pellejo saltando de las vías.

III

Por fin tuve cita con otra muchacha. No sabía cuándo me la habían presentado, pero allí estaba sobre el mantel. Le regalé un cosquilleo con el que parecía decir algo, pero ella desató su ofuscación aburrida entrando en calores. Yo no poseía la misma temperatura y aun no había podido procesar del todo esa forma de seriedad coqueta. Pedí disculpas para salirme de tema y comenzamos a cenar en silencio. Se me hacía difícil alternar el tenedor y el cuchillo. Ella notó la incomodidad y se ofreció para cortarme el churrasco. Yo no odiaba la lástima. Más bien la necesitaba y dejé que se pusiera detrás de mi asiento para serruchar la lámina de carne que sostenía con fiereza apoyando los dientes del cubierto.

Afuera del restaurante me dijo que era la primera vez que iba a uno. Le dije que también. No tenía más dinero y se me presentó como alguien muy parecida a mí. Cuando quise tomarla de la cintura, deleitado por las hojas que caían tras de nosotros, me lo impidió una fuerza punzante extraña a mi cuerpo. Mi brazo era como un hilo tenso que colgaba de los árboles. Al acercar la mano, sentía un incisivo tirón hacia arriba que me apartaba de un trance comestible con su cadera. Ella hizo fuerzas espantosas para no verme como un títere. Disimuladamente traté de descolgarme pero no tenía cómo, así que me decidí a olvidarlo.    

Terminaron mis vacaciones y volví al trabajo, entumecido por haber simulado un escape sin precedentes. Luego de golpear mi manga y mi pierna con vacas seccionadas colgando de algunos ganchos, apareció frente a mí un delantal resbaloso con trozos de carne y ralladuras de huesos. Antes de colocármelo me sentí mareado. Se acercaron mis compañeros de trabajo y me invitaron a sentarme en el sillón, relamiéndose de vez en cuando, como si quisieran agregarme a la colección. Todos aproximaron las cabezas para verme de cerca. Les dije que estaba volviendo en mí. Retiraron sus caras y yo les aseguré que me había librado de ella por fin. Aplaudieron porque era costumbre. Yo quise aplaudir también, pero una de mis palmas siguió de largo y al golpearla contra el pulmón comprobé que había sudado todo el rato. Entonces descubrí que la traspiración era como un jugo rojizo que me salía de adentro, de un lugar que sentía a la intemperie, como una gran lastimadura supurando una curtiembre de nervios infecciosos. Me levanté dejando una forma de ala mojada en el respaldo y en el almohadón. Todos me despidieron con arcadas, tapándose las bocas, agradecidos porque una parte de mí ya estaba repuesta.

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La máquina de contar

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