Do you see people there?

D

Salut, mon ami. Me dijo un joven, de Bangladesh o India, daba igual. Llevaba en su mano una funda de botellas de agua con gas y me las balanceaba en mi dirección —Tu veux? 

Miré la imagen algo extraña, este joven sosteniendo las cinco botellas de agua en una funda (que me ofrecía) y él bebiendo de la sexta mientras tambaleaba. 

No, merci. Le respondí que tal vez podía ofrecerle el licor de los dioses mormones a las personas en la esquina, a los refugiados sin refugio, los crackheads. 

People? Do you see people there? Me preguntó sonriendo y cambiando de idioma. That’s no people, my friend, remarcó.  

La tarde nunca es realmente tarde, siempre llega temprano cuando no se tiene que comer, demasiado temprano, “très tôt”, me dije en francés. Esa no era gente, no eran personas, decía el borracho indio. That’s not people, my friend, gritaba mientras se alejaba. Luego de cinco años en Francia podía darme el lujo de permitir a la lengua francesa colarse tímidamente en los compartimentos de mi cerebro, incluso, muy raramente, en mis sueños: merde, pensé. 

Miraba a la esquina repleta de crackheads. Últimamente se juntaban en el parque Jean-Claude Martin, pero la voluntad incólume frente a la desesperación ajena (los residentes del barrio, obviamente) habían presionado a la mairie de París para que los expulsaran. Yo trabajaba a veinte metros del parque y pude ver como una mañana la Madame Anne Hidalgo, muchas cámaras y las fuerzas policiales desalojaron a más de cien personas que se cobijaban, consumían, vendían, robaban, cogían, cagaban y vivían en ese parque tomado. Pero como jugada del destino, ahora la situación era peor, es decir, el problema se había trasladado a la ciudad, a las afueras. Esas cien personas no se iban a ir, eso era claro. No estaban en el parque, pero estaban recostados a sus nuevas rejas. El mismo problema, pero ahora a la vista de todos. El parque funcionaba como purgatorio, ahora los vecinos que habían querido expulsarlos se enfrentaban con el infierno y aquellos que entraban, abandonaban toda esperanza. El crimen estaba a la vista, descarnado, oloroso y negro, negro como la piel de la mayoría de las pieles que brillaban al sol, mientras que sus portadores, casi inconscientes luego de horas y horas de consumo, se arrojaban en la calle entre gritos más parecidos a los animales que a otra cosa humana. 

Esperaba que ningún turista japonés terminase en este norte de París, ya que no soportaría el contraste tan trágico como gracioso de la ciudad luz y estos seres apagados. Una vez lo pude ver, una japonesa con su cara blanca, paralizada de miedo cuando se encontró en una feria popular de africanos y árabes. La vi desesperar, y sentí casi lastima (seguro buscaría el Moulin Rouge a unas cuadras). La vi llamar con sus uñas larguísimas y coloreadas a un Uber salvador. Siempre fantaseaba con hacerles el tour “B” de París a mis virtuales amigos uruguayos (que siempre prometían venir y nunca lo hacían). Me encantaría pasearlos por las esquinas del crack y la miseria, del olor a meada y mierda, de las prostitutas asiáticas y las bandas de gansters de la áfrica abandonada. De la vida detrás de la cortina de la vida, de esa otra cara inmensa y también pintarrajeada, como la cara de la japonesa asustada. 

No es que yo disfrutara de ver esos lugares, pero los utilizaba con un fin mucho más terrible: sentía nostalgia de mi presente. Moralizaba mi vida y me decía: “Ma vie, c’est pas si terrible”. ¿Qué círculo del infierno le depara a los que usan la miseria de los otros para justificar lo insulso y miserable de su vida? No tenía la respuesta, solo tenía a esa turba frente a mis ojos, masa informe, that, ça, eso. 

Había llevado la triste sabiduría uruguaya “si habrá otros peores” al paroxismo. No podía solo imaginarlo, o leerlo en los portales, sino debía ir y verlos, olerlos, comprobar su desarraigo a la vida y su condena. Era un adicto al sufrimiento del otro. Venía a esa esquina a saborear la muerte y ver a los demás que saboreaban conmigo: equipos de voluntariado y asistentes sociales, toda una comunidad de servidores de la miseria y el hambre, revoloteando por ahí, comprendiendo y sonriendo, buscando humanizar algo que, forzosamente no debe ser humano para ellos. That is no people.  No lo entienden, pero entienden, ellos, los crackheads, los refugiados, los negros como la noche que tiemblan de frío entre los portales del parque Jean-Claude Martin deben ser humanos a medias, muertos vivos, para así ellos justificar su presencia pura y desdoblada de interés mientras les sirven un café negro sin azucar.  

Pero soy humanista, me dije mientras caminaba entre la turba, respirando fuerte, sintiendo ese olor rancio que es imposible de describir. La verdadera humanidad estaba en ellos mismos, en los casi muertos: cada esquina repleta de crackheads representaba un pequeño barco ballenero, lleno de la humanidad: blancos, negros, amarillos, rosados, mujeres, ancianos y niños; todos con un mismo fin en el horizonte, un gramo más, una línea, una desconexión con la tierra repleta de voluntarios y sonrisas calcadas, un momento de cosmología propia y real. Esa es la humanidad, la que junta de la mano se dirige a un mismo fin, y que comprende que ya todo está perdido. La humanidad es propiedad de los expulsados.

Mon ami ! Era el joven indio, estaba sentado entre el montón de masa indiferenciada. Bebía de la segunda botella de agua. Me hizo un gesto dándome a entender que quería que me sentase a su lado. Me vi en una encrucijada, en un deadlock. Yo era un tipo práctico, que usaba a esta turba de masa informe de miseria y olor para recuperar un sentido a una vida que ya me era demasiado inverosímil. Buscaba el alimento en las uñas encarnadas, en los dientes podridos, en las manos rajadas, en los pies inflamados y en la piel con sarna, pero no quería ser uno de ellos. Como en el poker, mi mentira estaba a punto de ser descubierta. Sentí pánico. El olor de repente se hizo insoportable, real, demasiado real. Caminé apresurado, alejándome de la masa ya con más forma, con más volumen, y pude distinguir sus voces, las transformé en palabras, algunas en francés, otras en inglés. That is not people, eso no son personas, pero eran. Yo dejaba mi ser en cada paso que daba para alejarme de ellos. Llegué a la otra esquina, la pacificada, temblando, sudando. Caí de rodillas e inmediatamente un grupo de personas me rodeó, buscaban saber que me sucedía. Uno frente a miles. ¿Yo caía e inmediatamente todos me ayudaban? ¿y el resto que hace meses está en la calle, tirados, muertos a medias? Eran paisaje. Yo no era paisaje, yo estaba herido. 

Mortalmente herido en el alma.

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Martin Lamadrid

Martín nació, a veces escribe y morirá.

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