El vértice

E

Por José Jorge

I
Detrás del barco que pareció herrumbrarse más con un crujido largo del metal se movió una espesa y ovalada tormenta. No se notó, pero los veleros petrificados entre el puerto y el muellecito también se balancearon y fueron péndulos absurdos durante unos segundos. No había atravesado el río pero igual se anunció, más que en el trueno quejumbroso, en los ojos del perro cuando levantó la cabeza tan lentamente que Cirio Acasos creyó que habría percibido a su mujer muerta y se la imaginó trepando la barranca para atormentarlo. El segundo trueno fue tan fuerte que era el mismo del año 52.

Y si soñó con Amanda fue para abrazar su triste cuerpo helado como si fuera una cosa distinta de sí misma. La imaginó menos frágil, con aquella sonrisa paralizada sobre un color grotesco de piel. Y la pensó muerta, de amor o de costumbre. Sin embargo, una imagen sucia y ordinaria corrió como un miedo y se volvió un duro silbido al llegar a los pinos, dejándose dormir contra un mar de enredaderas centenarias. Claro que cruzó, debajo, envuelta en un largo vestido. Y el último golpe de viento soltó un grupo de aves cuaternarias que tocó la grúa. Ni siquiera llamó al perro y corrió, con su pobre cuerpo y su poco posible cuento, hasta otros fantasmas más creíbles.


Lo recibieron con una tranquilidad prolongada por el alcohol, con risas y pómulos huesudos balanceándose al compás de medianos y costrosos vasos que incitaban a chocarse. De las redondas mesas se escaparon algunos reojos inconclusos; reojos, sin más poder que el de hundir cualquier susto en la propia conciencia. Entonces miró el vaso y bebió toda la cordura de un solo trago, volcándose unas gotas sobre el pantalón grueso.

-Uno pierde -convidó Juan Suárez, y su ronca voz quedó tallada, como un morador presumido paseando en la geometría deforme de su casa.
Notó la sensación de querer explicarlo y a la vez de esconderlo. Por su bien o por el de ella. Y se obligó a sobresaltarse cada vez que pareciera que alguien, sin mirarlo, hubiese dicho alguna palabra relacionada con lo que pasaba. O Amanda, o amante, o barranca, o fantasma, o morir, o puerto, o esconder, o quitar o vivir o robar o truco o traidor o quiero… o cualquiera. Perfectamente alguien lloró y la amargura inundó el pequeño bar.

Entró el perro y tardó seis vueltas antes de echarse. Ya nada parecía común o bruto.
Nadie, nunca, miraba el espejo enorme del que pendían fotografías en todo matiz de grises y de marrones. Un manchón que venía del reverso del vidrio se iba comiendo lentamente la pobre pasión de aquellos reflejos. O eso notaba Cirio, mientras apretaba el deforme e incómodo vaso del que habrían tomado seis o siete borrachos muertos por la solitaria impresión de una empuñadura inútil. Ahí se vio Cirio, en lo que quedaba del espejo, perdonado por el diezmo de un contorno seminegruzco.

Y si estuvo tomando forma la plaza Hargain, mediante el cobre se regaba por las paredes de las casonas, fue para que se fueran notando algunos portuarios, ninguno sin bicicleta, perdiéndose en la pantalla difusa que fabricaba el aire empañado.

A cierta distancia se notaba una extraña inclinación de las barrancas y el entramado de enredaderas delgadas que las cubrían incitaba a hundir la vista con la misma velocidad en que parecían abismarse los tejidos. Bajar la mirada como la sugerente caída de una imagen quieta parece imposible. No en este lugar. Aquí se construye otro río, invadido por olas cortas y ligeras de grandes ratas.

Nunca pensaron, Cirio y Juan Suárez, que lo memorado por cada uno desembocaría con una tercera línea en un vértice. De Amanda poco hablaron. Seguramente entendían que los recuerdos poco tienen que ver con el lenguaje, que están hechos con otras cosas, que no se asemejan a símbolos y que si se fuese a querer representar con palabras se tendría que recurrir a denotaciones infinitas. Los recuerdos vienen hechos con otra cosa. Vienen distintos. Con olor a muertos indispensables. Animados por la erosión de una limosna horrorosa.

En mi niñez me fueron dispuestas las mismas metáforas. Conocí a Juan Suárez en el 59. Luego tengo de él una imagen multiforme. A veces me acuerdo de su templada risa, y casi enseguida, el recuerdo se funde con una dispersa figura de la boca morada, casi negra, devolviendo una hilera de hormigas oscuras a los matorrales. El perro siguió al lado, levantándose sólo para desprenderse del mosquerío. Caminaba poco; lo que podía o lo que le permitía su cadera desviada por el golpe de algún amante resentido. Tampoco volvió a ladrar.

Cuando la niebla empujó un poco más el crepúsculo hacia los nubarrones quedó al descubierto el verdadero aspecto de la casa. El jardín, si bien no era mantenido de acuerdo a su proporción, no daba la impresión, de ahogarse bajo la misma apestada parra que, casi antinaturalmente, había bajado para pudrirse sobre toda flor o color vivo.

Cuanto más se formaban los recuerdos, más gorriones pasaban por los postigos y quedaban revoloteando, lábilmente, en los vértices superiores. Así que los movimientos fueron pocos; pasajes escalenos de pequeñas sombras y plumas retorcidas por un haz grueso de luz.


En la sala donde reposaba un astillado caballete artístico el reloj dio tres campanazos como si fuera una antigua construcción secular. Pero la hora era otra. Algunos ruidos se alteraron en un enjambre de contornos difusos que comenzaron a perforarse. Remolinos de objetos antiguos trajeron varios lugares al mismo salón. Todos los acontecimientos superpuestos se saltearon y retrocedieron hasta confluir en aquél punto inmenso que es el presente.

Un ahora fresco y juvenil se arrastraba como una babosa por la pared. Tuve la leve impresión de vivir aplastado en una pausa reiterativa. El presente es el castigo de la figuración, de la imaginación sobrevalorada.


Quise saberlo y por eso estuve en Fray Bentos. Decidí sentarme a su lado como su propio perro y lamerle el frío. Lo reconstruí todas las noches, uniendo sus frases inacabadas y sus palabras delirantes. Escribí un relato que no era el relato.

Lo contó desesperadamente disperso, dejando ocurrir deformidades y estilos como para no perder detalle. Lo contó como debieran contarse los recuerdos, desordenados, desintoxicados, desligados de la representación social de la cordura. Hay veces que aún creo poder separar las gotas viendo la lluvia, pero el golpe que entra en el vistazo repentino cae y se desarma.


Los pensamientos no pueden domesticarse. Muy cerca tenía unos papeles por si a Cirio se le ocurría algún balbuceo corto, antes de la saliva espesa. A veces, una honda venganza me recorría; luego, casi sin notarlo, iba entrometiéndose la amargura de quien se sorprende pensándose a sí mismo. No es todo. Y si lloraba era un engaño; una prolongación del espectáculo del ser. De repente ya no era el hijo de Amanda. Era otra cosa. Como a él se me iba dificultando recuperar la cronología. Poseía la inexperiencia del péndulo y recreaba su oscilación constante cayendo varias veces, por métrica respuesta, desde un lugar oscuro en el nombre de Amanda. Se iba a morir amuchachado, porque el amor de cerca te hace envejecer.

II
Roncaba. El maquinal crujir de una cuna iba respondiendo en sus sueños. Evitaba impactar con cabezas blancas que pretendían atropellarlo sobre una tela de nulidad pardusca. Soltaba sustos y temblores esporádicos. Yo lo miraba intuyendo las criaturas que acudían a su mente como fieles verdugos.

Alguien golpeó la puerta. Los últimos perros de la casa ya no se inmutaban frente a extraños. Habían logrado una cualidad útil para controlarse. Ni siquiera ladraban o aullaban cuando una persona iba a morir al día siguiente, no intentaban morder a los mendigos y ya no se enloquecían en las noches de tormenta, cuando se veía surgir a los espectros tontamente descubiertos por relámpagos. A la tarde despertó y me vio dormido. Sonrió. Intentó levantarse, pero algo que no entendió y que iba a olvidar en un pantallazo de vejez se lo impidió.

Llegó el sobrino imbécil de los martes a cuidarlo. Bostecé, cedí la silla y salí a caminar. Crucé la plaza Hargain en longitud sofocante. No quiero describirla. Me sentí débil. Había comido mal. Algunas mujeres ajuventadas me recorrieron con vistazos infinitos. Me reconozco algunos pleitos con la inexpresión. Nunca quise creer que las ciudades se hicieran con gente que callejea, esto es, que camine o que corra en riesgo de pisar la misma huella inútil en el pensamiento.
Fray Bentos siempre tuvo un solo olor.

En la calle Zorrilla la bandera colgaba como una enorme lengua curtida. Desde un asiento fabricaron un saludo con desgano. Respiré el aire pesado que escapó del interior. Poco había cambiado. Era como si allí no suspiraran y la respiración debiera ser métrica, pausada, desvinculada de explosiones, sin haber cruzado puentes de pasión. Así sería más fácil acostumbrarla. Si venía de un soplido fuerte, se la tranquilizaba, regándola de una paz que no era para pensar. Entré y volví cerca de diez años para ser un triste personaje que rebozaba de razones fracasadas, de disgustos disfrazados de causas nobles. El piano extrañaba a veces el viento silvestre de algún dedo corto que lo manoseaba a escondidas. Algunos cuerpos de té arreglaban excesivamente la superficie. Para ellos nunca pasamos de ser pequeños bastardos hipersensibles. No pude volver a pensar dulcemente en nada. Mis brazos colgaron sobreentendidos. En vez de lloriquear disimuladamente, ensayé empujar a una Lucía inexistente en un coágulo pensante. Pero siempre me ganó el hueso, la cordura. De pronto, en plena cruzada de intersticios, con lúdica demencia intenté abrazarla, como aquél que al perder un cuerpo baila con el aire espectral del recuerdo.
O Lucía me habló o tuve la leve impresión de estar escuchando seis o siete sonidos distinguibles. Los contornos se recargaron violentamente. Se me figuró una lectura perfecta.


Lucía me había dejado una interacción trabajosa con el sueño. Ahí la vi. Ahí sentada, con las piernas cruzadas, como tan serena la pobreza sobre la historia. Sonreía, con la sonrisa de los que van a olvidar. De pronto, lo que antes era constituido por partes devino en un nuevo ser.


-¿Qué desea?- insistió alguien que volvía de su propia materia.


¿Fluir? ¿Dejarla? No. No pude. Lo mismo cuando se pasa por la casa de la amada y no se mira hacia allí, sino que se decide endurecer el cuello y seguir viendo hacia delante, y el frente es el mundo que se comba.


−Ando por una constancia.
−Tenés que llenar este formulario y traerlo pasado mañana.
− ¿Y hoy no se puede?
−Pasado mañana. Pasado mañana te dije.
¿Habrá sido mi rostro delgado lo que inspiró a esta mujer a perder su diminuto control? En el Instituto retumbó un grito falso y agudo que venía de la dirección.


El amor lo pudre todo. Se estira, se presiona elásticamente a un amante deseoso y estúpido para que colme el espacio que debieran ocupar algunas botellas de vino y unos cigarros semiaplastados. Lucía tenía los ojos de Juan Suárez y su mismo desprecio inocente. Era pequeña. Decidió seducirme, o eso creí yo. Perseguí el realismo cómico del que se cree un amador, por deducir de pequeñas miradas femeninas un apareamiento.


Uno se ceñía, en aquella juventud dilatada, a elegir heraldos y confidentes. Pero estos, apenas oían dos veces la misma historia, decaían anímicamente en su interés y fingían seguirla. Sin embargo, su sistema burocrático expresivo convencía a quien, ensombrecido por un discurso repetitivo, convenía en cumplir con todas las palabras de su amoroso encantamiento.


Por suerte no soy ya un doledor común. Me he convertido en un esquizoide socio inmiscuido.

III
Desde que Cirio llegó a Fray Bentos no abandonó nunca la idea de encontrarla. Bajó de un barco entre hombres y mujeronas que se empujaron bruscamente, desesperados por encender sus cigarrillos, sus pitillos de tapado de piel en el invierno casero del puerto.


Había divisado medianamente las vías. Al final de ellas se erguía, con la espina dorsal muy lastimada, el enorme galpón de AFE, en cuya entrada un dado gigante cambiaba el destino de los vagones perplejos, empujados por la niebla hacia otros carriles. Un rincón sirvió para dormir. Por la madrugada, como una serpiente, asomó del bolso la fotografía de una mujer antigua que sostenía entre sus manos un alhajero barato, en el que guardaba, con celosa ambrosía, algunas piezas delicadísimas del infierno.


Duele. Algo intenta decirnos siempre que ya pasará, no sé si la tranquilidad o la humillación dilatada. Pero en el dolor sólo somos visitantes. A fin de evitar repeticiones innecesarias, el dolor nos conserva, para colmar su precisión, a modo de rellenar el gran basurero del alma. Nos lo decía siempre Robert Urgoite que tenía un tren en la lengua cuyos pasajeros asomados a las ventanillas veían la inminente deformación excesiva del paisaje, por la velocidad con que la razón raspaba las vías.

IV
La familia se disolvió con ella. Quienes la pretendieron también sufrieron el impacto. Hay quien se la imaginaba desnuda, juzgándose como si estuviera por purgar un examen clínico de necrofilia sexual. Y sollozaba, aunque la recordara sin rostro.
Cirio pasó cuatro semanas entonando y desentonando la frase postrera de la página que empezó a oscurecerlo lentamente. Se negó a que una lectura ajena culminara el trabajo y recorrió pesadillas interminables de paraísos inacabados como si el material de una barranca pudiera disiparse en una cuerda de neblinas.


El último día que la vio acarició la leche de sus tristes senos, viendo las manchas de sus pezones pegadas directamente a sus costillas salientes y observó, con dolor desconocido y molido, su ano por fuera de los muslos como una pequeña boca arrugada. También me bañé con ella, abrazando su costillar abultado a su pecho. Esta es la guerra rudimentaria que nos mueve.

V
Me avisaron desde Montevideo que había perdido mi trabajo. Ya llevaba seis días en Fray Bentos y no me había percatado de la succión, que hace diez años, no me dejó conocer más mundo que el de sus gruesos calzones.
En la tercera entrevista de trabajo llegué a una oficina prefabricada pero vieja, con palmas altivas algo quemadas en sus puntas y hombres de trajes estrechos golpeando sus sacos en las hojas al pasar.
Las miradas se detuvieron bruscamente en mi pálido rostro prematuro. Era una reunión de cuarentones que recordaba su juventud preñando al tiempo con sus carcajadas desproporcionadas, truncadas de vez en cuando por una tos pegajosa y verde. Me equivoqué de vida, en ésta seré engullido hasta quebrantar el hueso más pequeño que pareciera pertenecerme.
Una palabra. La espero. Ni a la muerte le debo tanta paciencia.


−Sentate− me dijo el más joven de ellos.

VI
En el Anglo, desde el puerto podrido, las dos grúas posaban en fotografías de turistas lugareños. Cerca de allí, en el Hogar de Ancianos “Adolfo Molina”, donde Carnal Mongomerí tuvo su primera visión, vivía Mortero Iriode.


−El tiempo −me dijo− es el control del irraciocinio. Pero no quieras meter la poesía en todos lados y pretender que la vida se te vuelva abarcable. A veces se vive apurando las conexiones del sentido. ¿Conectar todo con todo? No. Ahora no. Así no. Le quieren conferir a la poesía el fin de levantar un muro, hacer mezcla, ordenar la casa, limpiar un culo, desalambrar un campo. Pero no puede hacer jabón líquido. Porque no puede. Porque el ladrillero no hace poemas, sino duros ladrillos.
Un heteroismo no es un juego y arrastra. Arrastra. Obviamente.


En el patio del Hogar, alineado sobre un banco de seis ancianos, Aristóteles de Bentancour arropaba un tabaco.


Nadie ogrea. La vida es un sudor espiritual fastidioso. Sobre estos y otros temas relevantes discurría Aristóteles de Bentancour.
−En Montevideo yo tenía una empleada doméstica de muchos años. A sus 85 no le quedaba otra que subir a los ómnibus pegando un salto desde la vereda. Por supuesto, estos transportes estacionaban lejos de la acera y ella tenía que flexionar sus rodillas desarticuladas. Se podía notar entonces su espacioso olor a herrumbre.
Y no se rió.


−Los escalones eran tan altos que tenía que ser alzada muchas veces. Para descender pedía a Dios por sus piernas flacas.
Y no se rió.
−Lo primero que le dijo el traumatólogo cuando se rompió una costilla fue “Al descender pida a Dios por sus piernas flacas”.
Y no se rió nada.
−Lo hizo. Llegó a la Iglesia y el pastor pensó “Ojalá nuestros fieles sufrieran como sus articulaciones.” Y pensó después Esta vieja se pone pesada. Un consejo le dio: Pida a Dios por sus piernas flacas.
Y nadie se reía.
Aristóteles de Bentancour le cae bien a cualquiera. Aunque haya tenido empleada.


Le pedí que me contara de Juan Suárez.
Alguien hizo una pregunta.
−No murió enseguida −respondió Bentancour− Le cortaron la pierna.
Comenzó a hacer frío.
−Te voy a contar esta historia.
Sonó los dedos y alzó una mano señalando la copa floja de un pino.−En el 59 cuando el río se había desbordado y Fray Bentos quedó bajo agua, nosotros trabajábamos allá. Teníamos que cruzar el pan y la leche al Anglo. A la ida pasábamos por la casa de Suárez. Su mujer se había ido con otro. La dejó embarazada, después apareció muerta. El 59 no fue un año tranquilo. Había muchas peleas que se llamaban amorosas y alguien siempre terminaba con un tiro en la frente. Se amaba o se odiaba. No había intermedio y de esta licencia gozaban amantes abandonados o vecinos. ¡Carnal! Mové la cabeza una vez para el sí y dos para el no.−¿Te acordás de Amanda?
Una.
−La dejaron abandonada. Era linda.
Una. Una.
−Tuvo una hija; todos la deseaban un poco.
Una. Deseaban.
−El amor es anestésico. Te sacude, pero te duerme.
Dos. No te deja dormir.
−Vos no viste cuando lo encontraron a Juan Suárez agachado con la espalda pegada al culo. Te hubieras traumado.
Una. Yo lo puse así.

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