Juntos

J

—¡Se podría llamar Ian!! Es muy alto, no parece de acá, rubio y de bermudas con medias a la rodill- le escribía yo mientras el muchacho de aspecto extranjero intentaba pagar el boleto al guardachofer.

—¡Es danés! -me respondía haciendo uso de  su conocimiento del mundo

—¡¿Te parece!?¿Qué hace un danés en El Pinar y en un 714 a las ocho de la mañana?!

—Pensemos…

Así transcurrían mis idas de hora y media a Montevideo, desde Pinar a destino, inventando historias con mi amigo Álvaro por celular. Esta nueva tecnología nos había reencontrado después de varios años de una ausencia que nunca sentimos.

Nos conocíamos desde los 17, ambos del mismo barrio, militantes de la Ujota y re compinches en la juntada de firmas por el voto verde. Solíamos hacer barriada juntos y animar a cuanto adolescente había en la vuelta a participar de las actividades que organizábamos en el Comité. Cuando pasamos The Wall la rompimos!! Se llenó de gurises que al domingo siguiente estaban en los semáforos llenando papeletas  de firmas  contra la impunidad de los milicos. Y al otro sábado empezamos a sacar una revista para el barrio, “Juntos” se llamaba.

Álvaro dibujaba como los dioses, yo escribía más o menos bien y todos le metíamos cabeza a las noticias que en el 87 no resultaban alentadoras. Pero teníamos el alma cargada de futuro y un corazón tan empecinado que pulsaba sonoro como las bandas de rock emergente que curtíamos en La Vía tomando grappa miel y jugando al pool. 

—” Volver a los diecisiete después de vivir…” 

—¡Pásame otro tema operador! 

— Aquí está su disco

— ¿Me podría pasar  una de Los Estómagos?… En la Noche, podría ser…

— ¡Ah! Pero te me fuiste al carajo en el tiempo!! Dale… La busco

— Subió una piba de chinelas…¿Cuántos grados hay?

—Se le adelantó la primavera!! Jaja

Hacía muchos años que no nos veíamos. Álvaro estaba muy Anarco, le dolía el resultado de los gobiernos de izquierda.

—¿Y LA DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA PARA CUÁNDO?! -me escribía en mayúsculas. Yo era una militante oficialista desde una oficina de la Universidad. Me había separado hacía poco. Él tenía un matrimonio difícil. Ambos mucha soledad y una historia común que nos devolvía la garra adolescente a la que nos aferrábamos con uñas y dientes. 

Él trabajando arte con pibes de la calle. Yo armando talleres sobre Derechos Humanos con jóvenes. Juntos, rememorábamos la música incidental de un tiempo…“que fue hermoso y fui libre de verdad…” para bancarnos la angustia del hombre nuevo que no llegó.

Ya teníamos casi medio siglo… Casi. 

— ¿En qué andás que ni bola me diste?

—Un poco triste operador. Pasame un tema de amor. Vengo de la reunión de la escuela, la niña termina primaria! Todos los padres en pareja y yo sola… Me sentí para el culo. Pero hicimos esta canción para cantarle a los gurises, mirá…

—Te amo, no te olvides que sos una mujer maravillosa, nunca. ¿No me vas a responder? ¡Siempre igual! No me vayas a decir “yo también” eh?! Bueno… escuchate este tema.

La verdad es que no supe qué contestar. Tenía la visceral certeza de un amor profundo y antiguo.

Donde hay un otro que conoce, sabe, entiende e igual ama. Y yo que quizás tenga el don de la palabra me he callado mil veces las hondas. 

—¡Qué cobarde saliste carajo!!  ¡Tenías que ser bolche! -decía él, con su risa socarrona y agitada por el pucho.

—Te pinté… Como te imagino a veces- me dijo un día. Y me mandó la foto de un óleo del  que sólo tengo una  impresión en un portarretratos añejado de azul en la pared de mi cuarto.

—Juntémonos Alvarito!!! A tomar unos mates en la playa así conocés a Ian

— Sí, lo nuestro es un desastre! No nos vemos nunca. Dale… ¿El domingo te parece?

—¡Sí! Hago escones

—Pero sin queso eh?!

Aquel domingo de enero llovió sin parar. Parecía que el agua no iba a dejar de caer jamás. Las calles del barrio estaban inundadas y quedamos en vernos cuando volviera de mis vacaciones. El carnaval se adelantó y febrero fue un mes agitado y lleno de música. Hablábamos poco porque ya no viajaba en bus.

—Me debés el cuadro nene!! 

—En estos días te lo llevo, estoy hasta las manos de trabajo.

Esa noche me dormí tarde y muy cansada. Había salido con una amiga a ver un candombe jazz a un festival en La Floresta. Llegué a casa rendida, estaba sola y me acosté en la misma posición que cada noche y en la misma que despierto cada mañana.

Eran las tres aproximadamente cuando sentí el golpe en el pecho, como un disparo oscuro que se me había instalado en el medio del esternón. Me levanté desesperada, me agarré de las rejas de la ventana, no entendía por qué tenía la muerte tan cerca. Lo único que atinaba a decir era

—No, no…

Esa fue la noche que Álvaro murió.

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La máquina de contar

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