Regalo maestro

R

La maestra Elvira era tan elegante como cruel.

Corría el año 1976, en Montevideo. Tiempos difíciles y oscuros en nuestra América. Comenzaba mi quinto grado de primaria. Recuerdo al padre de los Pérez decir arriesgadamente y casi en secreto a unos pocos  en la puerta de la escuela que no era nada maestra, que si no estuviera casada “con quien ya sabemos” no estaría ahí.

Ella parecía a todo inmutable. Su rigidez se apreciaba en cada uno de los diseños que escogía para su atuendo notoriamente seleccionado con absoluto rigor. Lucía siempre una túnica extremadamente blanca, bordada en los bolsillos y almidonada hasta en los puños. Se le notaba la meticulosidad en cada detalle. Su juego de caravanas y collar de perlas de cultivo, sus zapatos cerrados de medio taco combinados con la cartera de cuero natural, las chalinas de tonalidad pastel perfumadas con fragancias extranjeras, el maquillaje diario entonando con cada atuendo. Ella era la viva imagen de la elegancia señorial y el gusto exquisito que en aquella época ninguna maestra podría haber pagado con su salario.

Recuerdo una tarde en particular. Ella pasaba entre los bancos observando la prolijidad de los cuadernos y de los alumnos. Hacía comentarios sobre el largo del cabello de los varones, sobre la necesidad de que las niñas se recogieran el largo de su pelo con lazos del color de la bandera, sobre el problema que ocasionaba que se rompiera una hoja…

Hasta que llegó a Beatriz. Una niña de tez muy blanca y enormes ojos café, pequeña en su tamaño y en sus palabras. Se paró a su lado y le pidió la tarea que la pequeña aún no había culminado. La niña le  dijo tímidamente que no había entendido bien.

El sonido del cachetazo en la cara retumbó como un trueno en todo el salón. Los alumnos quedamos inmóviles y escuchando cómo la maestra Elvira increpaba a la niña de “cínica” una palabra absurda y desconocida supongo que para la mayoría de quienes estábamos allí.

Muchos años después de ese episodio, Beatriz me agradecería haberla consolado en el recreo. Eso no lo tenía en la memoria; sí,el hecho de que su mamá estaba presa desde hacía un tiempo por algo que no se podía mencionar.

Fue a partir de aquel suceso que odié a la maestra Elvira. Su mirada azul gélida me aterrorizaba,aunque nunca se dirigió a mí casi que de ninguna forma en particular.

Se aproximaba el día del maestro y dos madres de la Comisión Fomento  pasaron por el recreo a entregar una nota para  que todos colaboraran en la colecta. Cuando le mencioné el hecho a mi madre me dijo que no íbamos a poner un peso,que lo único que faltaba era hacerle un regalo a esa hija de puta, y algo más de los milicos que no sé qué, que no entendí. Yo tampoco quería hacerle un regalo pero las clases seguían y me daba miedo ser la única niña que no participara del obsequio. 

Le dije eso a mi madre casi llorando y ella accedió a que compráramos algo. Juntó toda la plata que había por la casa, revolvió cajones, monederos y camperas y fuimos a una tienda que tenía de todo un poco y que mi mamá decía que era caro pero bueno.

Miramos muchas cosas hasta que lo encontramos. Un estuche perlado en suaves tonos coloridos con bordes dorados que escondía un pequeño círculo doble, de cuero natural. “Finísimo” había dicho la vendedora. No nos alcanzó la plata pero mi mamá le dijo a la muchacha que nos atendía que le anotara y que la próxima semana le  llevaba lo que  faltaba.

Y llegó el día. Todos los padres se juntaron con sus hijos  en el salón para hacer entrega del presente  colectivo junto con un ramo de rosas y una tarjeta firmada por todos quienes habían puesto plata. Algunos otros niños le entregaban cadenitas y pulseras que ella dejaba casi sin atender en el escritorio. Y me tocó a mí.

La maestra Elvira abrió el paquete y quedó impresionada de la belleza del estuche, me sonrió con esa mueca gris que la caracterizaba. Se esmeró en abrirlo y lo consiguió. 

Vio en aquel momento las profundas cicatrices del tiempo  que surcaban su cara, el gesto marchito y adusto que limitaba su boca, las líneas incoherentes y pertinaces que envolvían las bolsas de  sus ojos,los cabellos blancos que insistían en colarse bajo el rubio matizado. Vio todo muy de cerca, aumentado por el espejo doble que mi mamá y yo habíamos elegido regalarle. 

Vi por primera vez en la maestra Elvira la sombra de la tristeza. Miré a mi madre sintiendo una interna sonrisa escondida, ella también me miró con los ojos llenos de picardía y sin soltarme la mano. 

Ese día comprendí lo que era la resistencia.

Más de...

Alejandra Errecart

10 comentarios

  • Me gusto mucho el relato por que me llevo a mi adolescencia donde tuve docentes que no sabían donde quedaba el IPA. Me gusta por que no deja detalles colgados, lo cuenta todo y de una forma, que te hace sentir adentro del salón de clases. Gracias Alejandra.

  • Encontraron la forma de hacerle un regalo del que no pudiera quejarse y a la vez que le doliera.
    Muy bueno el relato, encontré de “esas” en el liceo…

  • Tremendo! La directora de la escuela a la cual asistí en un pequeño poblado del interior nos ponía hincados sobre granos de maíz en un rincón y con orejas de burro… Tal vez estaba ahí porque era “hermana de”… Nunca entendí tanta crueldad,apenas teníamos 6 años,también recuerdo el restallar de enormes reglas de madera sobre pequeñas manos… Afortunadamente al año siguiente nos cambiaron a un colegio privado de otro poblado, que no podíamos pagar pero se colaboraba con trabajo. También recuerdo crueldades , pero eran menos que en la otra escuela. Que tiempos por favor! #nuncamás

  • Excelente!!! Me encantó y con él todos los recuerdos de esa época… Gracias por compartirlo y vamos por muchos más.Un abrazo!!

  • Excelente Ale, ese fue el regalo doloroso de triste realidad. Me hiciste acordar a mi maestra de tercer año, Maruja. Esa maestra si que era como dijo la mamá de la alumna, era hdp !!!

Lo nuevo

Mantené el contacto

Sin vos, la maquina no tiene sentido. Formá parte de nuestra comunidad sumándote en los siguientes canales.