Zamba del silencio (Zamba Lentín IV)

Z

—Mire Hilario, yo se lo digo con todo rispeto. A veces a usté se le va la mano con las letras esas que inventa.

—¿Le parece amigo?

—Y… un poco sí. 

—Pero es que las canciones que yo canto son verdá.

—Nadie dice que no, peeero, hay temas y temas ¿vio?

Lentín terminó de sorber el amargo en el porongo que -como buen mate ‘e pobre cabía entero en su mano-. Hizo un silencio largo y sabroso. Un silencio de recogimiento.

Luego de un par de minutos extendió el mate vacío y tibio a Lacerda. 

—Sabe que mi canción era sobre el silencio, porque he ido viendo que hay silencios de distinta especie. 

—Es verdá, el silencio que acaba de hacer ahora es un silencio lindo. Cálido. Propio de usté Don Hilario. Es un silencio como de rancho abierto del que sale lumbre cuando se pone el sol y la helada entra a olerse en el aire de junio. 

Lacerda, cebó un mate, y prosiguió:

—Un silencio raro ese que me hizo, como que es lindazo de escuchar pero a la vez es una invitación a seguir conversando. Como cuando uno conversa bajito con la patrona en el rancho, mientras el gurí duerme y uno habla chiquito pa no despertar.

—Claro que es un silencio bien distinto al de la siesta cuando el gurisito era uno… ese era un silencio bravo.

—Y, digo yo! ese era un silencio cargao de risas y chiveo, y juguetes de madera rodando por el piso ‘el rancho… un silencio que quería potrear y arremolinar, como esos rock modernos de ahora, mire, pero que había que mantener pialao que no se debocara

—Porque si dispertaba a los viejos de la siesta, podía caerle a uno una tempestá de alpargatas en el lomo. Y en días bravos, unos chirlos de esos de vara de sauce llorón. Que seguro es llorón por las lágrimas calientes y calladas que le arrancaban a uno, que tampoco iba a andar chillando como las gurisas, faltaba más!

—Ah, sí… uno se tomaba esos arrimes de ropa al cuerpo como parte de un camino que era tuito de aprender a rispetar y ahí quedaba uno, todito colorado de cachete, con la ñata enyenita ‘e moco que peliaba por caer, y unas lágrimas gordas como sopa ‘e ubre que le rodaban por los cachetes. Pero uno no chillaba. ¡no señor! Ese silencio era jodido. Y enseñaba.

—Jodido lo que se dice jodido resultaba ser el silencio de la vieja, cuando uno volvía de haberse mandado una macana y la madre lo miraba como apavorada, y no decía nada.

—Eran pesados esos silencios, como media docena ‘e huevo frito pa la cena. Lo dejaban a uno empachao y con mal gusto en la boca, y el cuerpo que casi le pedía a gritos unos buenos chirlos. Porque ahí uno sabía que había enojao a la mama. Pero cuando la viejita hacía silencio uno quedaba ahí, como desahuciado. Porque uno no sabía qué andaba pasando adentro del alma de la mama.

—Y eso pa un gurí es terrible ¿vio?. Pior que la tempestad. Es como una inundación. Porque la tempestad le hace ruido y fuegos artificiales. Meta refucilo y trueno, pero la inundación viene calladita, zorra, sin decir ni pío, y si uno no anda atento cuando la ve ya casi ni queda tiempo pa nada más que disparar. Agarrar dos o tres bártulos y disparar.

—Se pierde siempre en las inundaciones y en los silencios de las madres.

—Y d’eso mismo habla la zambita esta que ando armando. De lo que se pierde en esos silencios pesados que se arman en la cama cuando los que se amaban se duermen de espaldas y sin hablar.

—Cada uno arriba del palo largo de su lado de la cama, abrazao apenas a la almohada, porque ya ni ganas quedan de abrazar, ni de cobijar cariño alguno. Ni me diga Hilario, ni me diga.

—Ahí mismito don Alfonso, ahí mismito es cuando uno sabe que se terminó lo que se daba, y que sin decir ni pío, o murmurando bajito, la cañada del descontento se ha ido haciendo río gordo que no da paso, o laguna hinchada de lluvia en la que se ahogan terneros y ovejas.

»Entonces es cuando hay que agarrar el recado, la pava, y hasta más ver

—Mire que’s raro usté Hilario, porque andaba con un silencio así como pesao, de cielo bien encapotado, y apenas le metió unos versos al entripado ese, se le armó ese silencio de recién, que mire, tan silencio no era, que hace rato nos trae acá proseando

—Dice bien, don Alfonso. Mismo ahí ande hay amistá, o amor del bueno, el silencio que no es liviano como aire de mediodía de invierno, mejor espantarlo…

—Y pa espantarlo, acho yo que soy un pobre bruto que solo toca la acordeona, mejor que música, es meterle palabra, que cantar sin letra, no es cantar, es soncera, nomás.

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

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