1500 Watts (un cuento anacrónico)

1

Domingo (primera parte).

La guitarra aplastada contra la pared me miraba burlona como diciendo “no servís para nada, ni siquiera me tocás bien, no sabes lo que es ponerla, gil”. 

Yo seguía buscando en el ropero alguna remera negra que alarmara a la abuela más que a la sociedad. Vivía en una ciudad del interior pero escuchaba música muy exterior. Caminaba buscando imponerme, nunca lo lograba. Miraba con desprecio, nunca nadie me retrucó la mirada. Era un gil de 14 años, pero un gil que quería ponerla y romper cosas. Eso era algo, ¿no?

Salí del cuarto y pasé directo a la cocina. Mi abuela me miraba detrás de alguna revista. Sabía que quería decirme algo, y lo dijo:

―Cortate ese pelo, parecés un marica.

―Algún día.

―Nunca pensé ir a la farmacia a comprarle coleros a un nieto. ¡Dios!

―Mientras no sean rojos todo bien.

―Te voy a traer rosados, a ver si sos tan macho para usarlos.

―Puedo usar el pelo suelto.

―Abrí la ventana de tu cuarto. Ventilá un poco, parece un sauna de pedos. ¡Si estuviera tu padre te cagaba a palos!

―Sí, pero no está.

Salí a la calle, tenía unas monedas en los bolsillos y algún papel. Me encaminaba hasta el centro de reunión de la barra, la plaza. Iba sin mate, nunca lo aprontaba. Siempre el Revólver tenía uno preparado, un buen mate. Caminaba mirando el piso, como buscando algo. De vez en cuando veía una moneda, mierda de perro, o algún borracho que parecía tomar sol boca arriba.

Llegué al centro logístico de los domingos. Lugar ideal, perfecto, sublime, por varias razones que voy a enumerar. 1. Era el único lugar de encuentro para la gran mayoría de la gurisada. 2. Había minas. 3. Te juntabas con la barra a discutir las vicisitudes del sábado. 4. Te lamentabas de no aprovechar las vicisitudes del sábado. 5. Tomábamos mate. 6. Tomábamos mate.

Revólver me vio llegar, estaba solo y parecía recién bañado. El pedo de la noche anterior aún rondaba por sus ojos. Me encajó el mate, como por inercia, yo que sé. Se frotó las manos, comportamiento repetitivo de Revolver cuando estaba a punto de explicar algún plan siniestro. Bastante entusiasmado me dijo, casi gritando:

―¿Ves aquella mina? La de pelo corto que parece un lagarto sentada frente al kiosco.

―Si, ¿qué pasa con ella?

―Te juro, que si juntamos unos pesos entre todos, la cogemos, le hacemos la fiesta.

―¿De dónde sacaste eso?

―¡Es una puta! Todo el mundo sabe, pá mí que hay que animarse nomás.

El Revólver era el más macanudo de todos, pero dudaba de su capacidad para discurrir entre lo real y lo falso, entre la pura falacia y la imaginación provocada por un coito inexistente. Casi nadie le hacía caso, pero esta vez se encontraba entusiasmado.

―Si nadie se anima voy yo. Total, ayer la vi apretándose al chupa verga del hijo del carnicero. Para comerte a ese tipo TENÉS que ser puta. No hay otra.

Revólver seguía planificando su acercamiento hacía la “cara de lagarto” y yo le devolvía el mate. Buen mate. No sabía nada de minas, pero sabía de mates, y él hacía buenos mates. Hablando de mates y lagartos. Nunca fui un gran admirador del sexo pago, pero últimamente esa idea cuchicheaba en mis adentros craneales (adentros craneales, así le decía a mis pensamientos), pensaba en agarrar la bicicleta y pasarme por aquellas whisquerias que prometían ser un centro sacado de Las Vegas, Nevada. Minas enormes, espectaculares, cuerpos tallados a mano por el mismo Rafael, en tanga, o en bolas, bailando en algún caño brilloso, lamiendo el caño, las copas, lamiendo todo lo que se les arrimara. Borrachas, fiesteras, lamedoras, felices de ser parte de la vida nocturna.

―¿Y si vamos para un quilombo? ―dije sin pensar demasiado. Revólver me estaba aburriendo, el plan ya se había tornado en una especie de delito grave. «Delirios», pensé. El Revólver deliraba por no coger. No quería terminar así.

―¡Opa, opa! Mirá quién saltó. ¿En serio te animás a ir?

―Claro, juntamos unos pesos y vamos. De última tomamos algunas cervezas y nos vamos.

―Ya te achicaste. ¡Vamos a coger alguna puta!

―Bueno, pero tiene que estar buena. A lo Demmi Moore. Sino no vale la pena.

Eran las tres de la tarde del domingo. Con el Revólver ya habíamos planeado bastante la ida al quilombo. Solo faltaban algunos detalles. Esperábamos a los otros: el flaco, el Bichorel (palabra creada después de serias mutaciones del nombre original: Jorge/Chorgel/Biorel/Bichorgel y para facilitar todos convenimos en Bichorel). Por último faltaban el Pulga y Damián.

Los seis éramos buenos amigos. Amigos en todos los ámbitos, liceo, salidas, sábados de vigilancia del baile de turno, y la juntada sagrada de los domingos. Buenos amigos, ninguno cogía. Llegó el flaco en bicicleta:

―Así que el quilombo. ―Dijo el flaco metiéndose los dedos en la nariz.

―Y si… total, no perdemos nada. ―Dije sin mucho convencimiento.

―Mi hermano va siempre, dice que no le cobran por lo bien que coge.

―¡Callate! Tu hermano es un pelotudo que no se agarra ni una gripe. ―El flaco quedó medio raro, no supo qué responder. Seguro que lo que le dije era verdad.

―¿Y vos, Revo? Te prendés, ¿no? ―preguntó el flaco.

Revolver empezó a frotarse las manos. En la cara tenía una sonrisa que inquietaba bastante.

Lunes

Mi abuela levantó la persiana a las 7:00, nada de sutilezas, la levantó como un marinero francés del siglo XVII levanta las velas de un navío.

―Despertate. Hacete la leche y tirá la basura antes de salir.

Un dolor recorría mi cráneo y el estómago no estaba mejor. Era lunes, de eso estaba seguro, ayer había sido domingo, claramente, pero no recordaba cómo había sido la transición entre esos días, y los tres imperativos de mi abuela no ayudaban tampoco. Tenía una extraña sensación de haberme mandado una cagada y recuerdos vaguísimos de situaciones surreales. Mi abuela repitió su orden y se volvió a acostar.

Me vestí, eché un meo, me enjuagué los dientes y salí a la calle sin tomar la leche y sin la basura, por supuesto. El liceo me esperaba. Ya había recordado todo de la noche anterior.

El centro formal de estudios de mi ciudad no era algo que impresionara por su belleza arquitectónica ni por la calidad de sus docentes (mucho menos de su alumnado). Era un edificio-hospital de niños-cárcel libanesa de ladrillos a la vista comandado por una señora de pelo amarillo que fumaba bastante más que mis dos abuelas juntas. En fin, era una porquería.

Mientras caminaba, buscaba con la mirada puesta en el horizonte un aviso, algo que me dijese que hoy no habría clases, como una explosión o una fuga de gas tóxico (de color verde, claro está) que impidiera mi estadía en esa cárcel del alma. Ese era mi espíritu los lunes en la mañana, aunque cuando llegaba al liceo las cosas siempre terminaban por ser menos catastróficas ya que estaban los gurises.

Lo vi a Revo, sentado en un muro que daba frente al estacionamiento de bicicletas de aquel edificio-hospital de niños-cárcel libanesa de ladrillos a la vista que antes mencioné. Estaba apagado, mirando el piso, con el mate bajo el brazo, con la camisa celeste desprendida. Me miró y se le iluminó la cara, su mirada me espantó.

―¡Mirá! ¡El Matador! ¿Cómo andás, matador? ―gritó agitando los brazos casi tirando el mate.

―¿Qué? ―pregunté temiendo lo peor.

―¡MA-TA-DOR! ―y largó un alarido que juro nunca haber escuchado en mi vida.

―Ya está, Revólver. No me jodas que de anoche me acuerdo poco y nada ―dije intentando mitigar mis acciones de la noche anterior.

―No te hagas, sabes bien lo que pasó. Te juro que ahora sos mi ídolo, el primer mate es para vos, pá los machos ―me dijo mientras se arrimaba Bichorel con su clásica sonrisa socarrona y carente de alma.

―¡Maestro! ¿Cómo le va?  ―me dijo extendiendo su mano carente de alma.

―Bien, bien. ¿Vos?

―¡Mejor que vos imposible, matador!

Era claro que ese día yo iba a ser el centro de atención, y la verdad no tenía la valentía para afrontarlo. Pensé en irme, pero justo sonó la campana indicando que los mates se guardaban. Primera hora, Inglés. No podía ser peor.

―¡Good Morning! How are you?

―Fain, senks, an iu?? ―respondimos cual militares con una pobrísima pronunciación.

―I´m fine, thank you ―respondió la vieja Pérez mirándonos con una mueca que intentaba ser una sonrisa honesta, aunque esta combinación resultaba casi enfermiza. Revolver, el flaco y Bichorel me miraban. No los veía, pero sus miradas me quemaban la nuca. Sabía que se estaban riendo.

―Joaquín es el que está bien fine ―gritó el Revo.

El horror…

Domingo (segunda parte)

Todo había salido según lo planificado en la plaza. Plan que paso a explicar a continuación:

  1. Robar el Ford Falcon que estaba en la casa del flaco. La máquina estaba al cuidado de su padre, un ex milico que hace 20 años estaba al pedo. El Ford era propiedad de otro ex milico que estaba de fuga por el Brasil y según las malas lenguas, muerto hace tres años.
  2. Llegar al quilombo.
  3. Decidir quién utilizaría el dinero de la colecta para debutar (unos 400 pesos).
  4. Maravillarse con las ninfas.
  5. Elegir una y coger mientras los demás seguirían maravillándose con las ninfas.

La lista es ficticia, en aquel momento no tendríamos la suspicacia de hacer una lista. Pero a posteriori puedo decir que solo cumplimos con tres de los puntos. 

Subimos al Falcon, una máquina que hace tres meses no salía del garaje. Revólver al volante, el flaco, Bichorel y Damián completaban los asientos traseros mientras que yo iba de copiloto. El cuatrimotor no pasaba desapercibido. Poseía un estado lamentable con respecto a la chapa y a la pintura, el asiento del copiloto estaba suelto y el estéreo eran dos parlantes de 15 watts que también estaban sueltos en la parte trasera. Una luz delantera no funcionaba y un pegotín de Pacheco Areco en el parabrisas  intimidaba a los transeúntes que se percataban de tal aberración.

El Revo se había vestido extremadamente formal: camisa, pantalón gris oscuro y un saco gris que incluso a él, le quedaba grande. Yo en cambio, me había decidido por una remera de AC/DC negra y una campera de cuero de mi viejo. Era un panorama algo triste, lo admito. Pusimos un cassette de Judas Priest y salimos a la aventura. Un domingo de invierno a las 21:00 horas.

Nos dirigimos sin siquiera consentirlo al único lugar que encontraríamos alcohol. En calles cercanas a la plaza, una vieja macanuda casada con un policía vendía vino suelto y algunas cosas más. Me bajé y me acerqué a la ventana. Golpeé tres veces.

―Ya va ―respondió la vieja y me abrió la puerta trasera de su casa.

―Cómo anda, doña. Deme 4 litros de vino cortado ―dije mientras buscaba los billetes arrugados en mi pantalón.

Se escuchaba un tango y el policía ya se encontraba pasando el vino de la damajuana a la botella de dos litros mientras cantaba por una cabeza con una voz horrenda, al mismo tiempo un perro bastante pulgoso me miraba desconfiado desde el sillón.

―Mijo, mire que tengo otras cosas a la venta por si le interesa ―me dijo la vieja con los ojos brillosos. Le encantaban los negocios ilegales, respiraba peligro, vivía para ello. Era una rockstar.

―¿Si? ―pregunté por pura cortesía.

―Mire ―y señaló una pila de DVDs, pude observar que la película que estaba arriba era “Buscando a Nemo”.

―Ya la miré.

―No, no, mire las que están debajo ―y me entregó la pila de DVD mientras su marido terminaba de llenar las dos botellas de vino cortado.

Era pornografía pirata. Una pila de 30 películas porno de la más diversa índole: Gays, Lesbianas, Anal, Trans, y otras que jamás habría imaginado. Su oferta me tentó pero me pareció que no era el momento. Tenía que estar lo más borracho posible antes de llegar al antro de la gloria.

―Paso por ahora, doña. Cualquier cosa vuelvo y llevo alguna.

―¡Me dijeron que esta era buenísima! ―gritaba mientras agitaba un DVD que en su tapa había 3 hombres y un cerdo. Seguimos en el Falcon.

Estacionamos. Los cuatro nos quedamos adentro sin hablar. El lugar por fuera distaba mucho de lo que imaginábamos. Una casa blanca (obviamente pintada con cal) que le faltaban algunos retoques. Un muro que la revestía y el estacionamiento. En él, se encontraba un Volkswagen Golf negro y una Zanella Due (moto gloriosa) y nuestro Falcon que cantaba “Turbo lover” desentonando enormemente con la cumbia que nos llegaba desde el antro angelical.

Entramos.

El horror. ¡EL HORROR! Revólver me empujaba, al parecer me había petrificado en la puerta. Viejas, como mi abuela. Gordas en tanga y viejos bailando como si fuera la última noche de sus vidas, aferrados a estómagos flácidos y estriados que prometían ser aún peores sin ropa. Oh, el horror. La vida me penetró por los ojos y orificios nasales. Mi primer baldazo de realidad nocturna semi-rural había llegado.

Ninguna reía, ninguna lamía nada, ninguna bella, ninguna Mónica Bellucci. Por lo menos eso fue lo que pensé en el primer momento en que me adentre a ese otro mundo. Me cuestioné la realidad aún más, cuando dentro de 10 años, en la universidad me obligaran a leer Marx y a algún sifilítico abrazador de caballos.

No lloré, estaba demasiado adormecido para hacerlo. Los olores a cerveza y vino mezclados con un poco de olor a meada del baño me repugnaban. La cumbia parecía endemoniar a los viejos de bigotes que abrazaban a esas mujeres como si no existiera mundo ahí fuera. Pero existía ¡si lo acababa de ver! ¡Acababa de comprar un vino en ese mundo! Pero no, para ahí nada existía fuera.

Tal vez fue el alcohol. Tal vez fue una revelación, cual epifanía oscura. Tal vez fue ese aislamiento del mundo, de mi abuela, de las clases de inglés, de esas viejas del five o’ clock tea, de esa cárcel libanesa que le dicen liceo, de los chetos más afortunados que podían reír con sus dientes blancos y perfectos y ropa de calidad, de mis miedos con las mujeres del mundo real, de mi vida. Mi otra vida. 

Me arrimé a la barra. La cumbia ya no era nada salido del infierno, su nivel había ascendido al del purgatorio. Éramos almas en pena esperando una decisión que sabíamos jamás llegaría. Éramos la nada que funciona hasta que le exigen ser algo. Lloré, pero no de tristeza. Pedí una cerveza.

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Martin Lamadrid

Martín nació, a veces escribe y morirá.

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