Aquele abraço

A

Hacia las diez de la mañana, el sol había abierto de un tajo la bruma que envolvía como un sudario a la ciudad de Artigas, y la helada era ya un mal recuerdo, húmedo y empastado, sobre la gramilla reseca. Desde las 7 Marco Aurelio García estaba mate en mano en medio del galpón, sentado en ronda con un grupo de veintipocos hombres y mujeres de edades distintas, y rostros curtidos por la dura vida del pobrerío en las afueras de cualquier ciudad del país. 

La mañana, aunque fría,  tomaba color, salpicada por los matices fronterizos de aquellas voces que relataban sin prisas las realidades de su diario quehacer. Un par de preguntas directas formuladas con mucho tacto, le permitieron a García entusiasmarse con las posibilidades de aquel grupo; cada quien contaba con lo necesario para trabajar, y en muchos latían unas irrenunciables ganas de aprender. 

Abrir los ojos, escuchar mucho y hablar poco, allí latía el secreto arte de Marco Aurelio, asistente social asignado a supervisar la marcha de las cooperativas de trabajo en Artigas, Salto y Paysandú. Viejo conocedor de las artimañas de la oreja, al presentarse había omitido decir  su apellido, cuyo sonido españolísimo lo alejaba de la frontera. Marco Aurelio, pronunciado con una “e” apenas estirada, lo volvía casi uno de los locales, pese a ser “nacido y criado” en Montevideo, cuna de burócratas y políticos que solo llegaban a Artigas en época de cosecha de votos, o a anunciar catástrofes como el “cero kilo” en épocas de crisis. 

A sus 30 y tantos ya tenía claro que los forasteros siempre llegan a opinar sobre el trabajo que no hacen, escribir informes inentendibles, y redirigir a su antojo los pocos pesos que la capital soltaba a los habitantes del Uruguay profundo. García, crecido en el Cerrito, rodeado de milicos venidos de las fronteras con Brasil, sentía debilidad por los acentos que colorean los portuñoles tan distintos de sitios como Archígas y sus ticholos, o Riffera y su amor por los poroto, como decían siempre los milico cuando comenzaban a picar cebollas y cueritos de chancho para esas feijoadas que bajaban con caña blanca en los domingos siguientes a la paga, fuera invierno o verano. 

Sobre el mediodía los mates abandonados yacían a los pies de sillas y bancos,de los bizcochos no quedaban más que migas sueltas en las bandejas esmaltadas. La reunión se levantaba entre apretones de manos y besos apurados en las mejillas. Como despedida, García deseó a todos “suerte esta tarde”, sin dejar de sonreír a cada uno de los presentes. Ya solo en el galpón de piso de hormigón y techo de zinc, amontonó sillas de plástico sobre la pared del fondo y barrió migas, semillas de mandarina y restos de yerba con una escoba que perdía los juncos en cada pasada. No había una pala ni un tacho de residuos a la vista, así que su prolijo barrido terminó en un montoncito verde junto a la puerta de chapa ondulada, con un grueso marco de madera. Cerró trabajosamente el candado enorme, devolvió las llaves, y emprendió la caminata hacia el centro de la ciudad. 

Con la campera al hombro y paso cansino, hizo el largo camino desde el Cerro Ejido a la zona céntrica de la ciudad. El sol de julio calentaba apenas, brillando sobre su frente, en medio de un cielo infinito y profundo que se abría como una promesa celeste. Al llegar a la zona de calles asfaltadas y veredas de prolijas baldosas lo sacudió el estruendo de bombas brasileras que se adueñó por un par de minutos de la ciudad, reverberando en las paredes y produciendo un eco fantástico en el silencio de la calle semidesierta. Otro se hubiera desorientado, aún faltaban horas para el partido de la selección por los cuartos de final, sin embargo para Marco Aurelio el silencio lapidario que llegaba del lado de Quaraí era inequívoco. Holanda acababa de dejar a nossos irmãos brasileiros fuera del mundial. 

Marco Aurelio entró a un super, compró un pan flauta, tres medallones de merluza, una porción de ensalada, y una lata de cerveza. Ya en el hotel, sentado en la cama, almorzó viendo en un canal de Montevideo los highligths del partido recién terminado. Dejando los restos en una bolsa sobre la heladera, volvió a la cama a completar sus apuntes de la reunión abriendo la cortina para que entrara el sol. Dormitó un par de horas escuchando de fondo los comentarios de la tv brasileña tras la derrota y la eliminación.

Al despertar se dio una ducha hirviente, que lo despejó para la verdadera aventura de la tarde, ver el partido de Uruguay por cuartos de final.  Caminó expectante por la Lecueder. y a tres cuadras de su hotel, se dejó seducir por un recinto enorme donde al menos seis pantallas mostraban el evento que estaba iniciando. 

García, hincha empedernido de Nacional, tan afecto al fútbol de pases cortitos y al pie como a la épica que ni da ni pide tregua, amaba al fútbol tanto como odiaba los anodinos relatos de la televisión uruguaya. Pidió una caja de Nevada, fósforos, y una cerveza negra, espesa, “así me tomo solo una”. Al pagar, notó que a su derecha, al fondo, había un patio lleno de parroquianos que conversaban y bebían con la inquietud previa al partido.  

Se asomó y oyó, nítida por sobre el murmullo la voz inconfundible de Sergio Luis, el relator de O Globo. Sonrió apenas y dijo “buenas tardes, con licencia” dirigido a quien pudiera oirlo. Se acercó a la pared del fondo, tomó un cajón vacío de refrescos y se sentó en segunda fila. La tv, enorme, era el mejor altar pagano que podía encontrar, a 600 km de su casa, lejos de los muslos tibios de su Gabriela, la pelirroja con la que salía desde hacía un año y medio. 

La transmisión de la Globo en ese patio pequeño y atiborrado de mercadería, leña y mesas en desuso lo transportó a la vorágine de golosinas, gritos, bebidas y bravatas de campito en que había crecido. Se sintió hermanado a aquellos hombres de ropas sencillas y rostros habitados de intemperie que ocupaban el pequeño espacio, instalados en sillas tijera de madera, o en cajones de cerveza vacíos se disponían como él a ver la suerte que corría Uruguay, que enfrentaba a Ghana.

Al aire libre podía fumar tantos cigarros como el partido fuera haciendo necesarios. Marco Aurelio se sorprendió pensando que El fútbol en Uruguay es un ejercicio espiritual, último resabio del estoicismo más exigente. Apoyó la botella en el piso después de llenar el vaso, y encendió el primer pucho de la tarde, encarando la justa deportiva tal como Obdulio y la historia mandan. No hay  deportistas ni hinchas más especializados en apretar los dientes, respirar corto -lo mínimo indispensable- agachar la cabeza y encontrar en la extenuación más absoluta el aliento para dar un paso más. Solo uno más. 

Aquel día de julio no fue la excepción. A poco más de media hora de partido el capitán Lugano debió irse lesionado, en el momento en que los africanos llegaban con insistencia sobre la última zona. En una de tantas escaramuzas, Fucile, el jovencísimo defensa de la izquierda, saltó a destiempo por encima de un ghanés, y cayó llevándose un golpe en la cabeza que lo tuvo knocked out por medio minuto. Nadie lo sabía, y posiblemente nadie lo recuerde, pero aquel jugador de la número 4, sería el centro de cada acción importante. Aunque las crónicas posteriores solo hablaran de la mano de Suárez y la audacia de Abreu. 

El zumbido de las vuvuzelas, era como un enjambre de mangangás cortando el humo en aquel patio al que cada tanto asomaba algún parroquiano a apurar un cigarro entre gestos crispados y gritos contenidos a medias.

Los brasileños, gente de campo, de manos ásperas, y sonrisa socarrona, bebían sus cervezas con lentitud. El aroma picante del tabaco naco era una puntada en cada inspiración de Marco Aurelio que, tenso, encendía sus Nevada en cadena, y gesticulaba en cada pelota dividida. La botella se había vaciado, y como pocas veces, notaba cada fibra de sus trapecios y sus muslos.

El primer tiempo se iba cuando un ghanés, veloz como un guepardo sacó un zapatazo bajo que se coló contra el palo izquierdo del arco uruguayo. 

-¡La concha de su madre!, gritó Marco Aurelio levantándose y yendo directo al baño. El alivio de la orina, con la cabeza embotada y la bronca de ver cómo un partido ya difícil se tornaba verdaderamente complicado, se sintió como uno de esos orgasmos que el cuerpo se roba a sí mismo luego de un largo trabajo. Se arrimó a la barra, atestada de parroquianos y pidió en voz alta:

-Una Patricia negra

-Solo quedan rubias, meu amigo, dijo el barman

-La rubia más fría que tenga, entonces. 

Pagó y salió al patio. Los hombres hablaban con voces quedas, pero sin dramatismo. 

-Está teniendo mala suerte Uruguay hoy, nada sale. 

-Ese Suarez habla y habla, pero no agarra una. 

-Ta complicado, -soltó Marco Aurelio a un hombre de cara cuarteada de heladas de agosto y soles de enero-. El hombre sonrió con la vista fija en la botella que brillaba en su mano. 

Sin decir palabra, llenó su vaso y el del hombre. le extendió un cigarro, y preguntó de dónde era.

-Somos de Quaraí, as veces cruzamos a cortar canha, o a arriar ganado, o cuidar los campos de arroz. O trabalho vá assinando o nosso caminhar

-Usté no es de por acá -agregó el hombre preguntando sin preguntar-.

-Vine de Montevideo, por trabajo también.

-Se vino al patio a pitar.

-Y a mirar el partido sin tener que escuchar a los payasos de la televisión uruguaya.

-Falan fofoca o dia tudo, dijo el peón, 

-¡Isso!, respondió García, -nao entienden de futebol, y ainda brincan queriendo ensinar aos futbolistas a viver.

-Va, ahí voltan, -dijo el hombre y levantando su vaso soltó un confiado:

-¡A Uruguai!!

-¡A la celeste! 

8 minutos más tarde, el mismo Fucile que había estado desmayado sobre el final del primer tiempo, hizo un enganche al borde del área ghanesa, y el defensa lo dió cuerpo a tierra de un patadón de esos que se dan cuando se llega una fracción de segundo tarde.

Forlán, el encantador de jabulanis, empató con un remate quirúrgico, preciso y envenenado; y el grito resonó en cada rincón de Artigas. Marco Aurelio se miró con el hombre que hizo un sencillo gesto de aprobación. Aún quedaba mucho por delante, antes de llegar al último y fatídico minuto del alargue… 

Los africanos, empujados por un continente sufrido y saqueado como ningún otro en la historia, lanzaban sus últimos ataques. Se iba el partido. A la carrera uno de aquellos gigantes de ébano superó la posición del extenuado Fucile, y se dejó caer al costado del área. El juez no dudó. Nunca se duda una última oportunidad para los locales.

-¡Pero la puta que te parió!! aulló Marco Aurelio, mirando desesperado su vaso ya vacío. Lo que sigue lo ha visto mil veces en resúmenes del partido, pero ninguno trae consigo, como aquella tarde, la helada de esa mañana, blanca, espesa, subiendo lenta por su espinazo. 

Durante quince segundos, cada pantalla encendida es un malón de ghaneses en el área donde la pelota hace piruetas en el aire arrimándose peligrosamente a la línea de gol. Muslera no logra atrapar esa endemoniada bola en que se ha transformado la pelota, y uno de los hombres vestidos de rojo y amarillo salta con sus seis metros de altura y descarga la puñalada mortal… 

Un rayo que detiene el tiempo en el momento mismo del horror. Es el final del sueño, en el último suspiro. Fucile, cargando con la cruz de otro imposible, lanza en la línea un manotazo desesperado que no llega, y de la nada, detrás suyo, la mano de Obdulio bajada de Maracaná despeja en la línea. 

El joven defensa de la camisa número 4 reclama vehementemente que fue él el que cometió el penal, y Suárez pone su mejor cara de desentendido. Pero la artimaña no embauca al juez. El 9 se va expulsado, y un ghanés de gesto confiado, se dispone a dar el tiro de gracia.  

El juez había señalado el penal, y a Marco Aurelio -náufrago en el vapor de la segunda cerveza y la caja de puchos ya vacía por la exigencia brutal de los 90 minutos y el alargue-, lo arrasó un mar de lágrimas. Un océano incontenible, un ardor que devoraba su pecho mientras sin control ni pudor gritaba en un gemido triste como la agonía de los perros callejeros muriendo bajo la helada, “puta madre, no podemos perder en el último minuto, no podemos”

Entonces lo sintió. Era el peso de una mano callosa en el hombro. Giró apenas la cabeza, y mirò el rostro curtido de ese laburante de cien esquilas y cortadas de caña. Sereno y con la parsimoniosa certeza de las sentencias repetidas mil veces en los velorios, dijo suave y mirandolo directo a los ojos:

-Fica tanquilo, rapaiz. Fica tranquilo, hoje é tudo Uruguai

El calor del más profundo contacto humano apaciguó apenas a García, que sin darse cuenta, cruzó la mano delante del pecho y la apoyò en la suya. aquel abrazo se sintió como un bálsamo.

-Obrigado, balbuceó, con los ojos empañados y una voz sostenida apenas por el pulso de mil partidos perdidos.

El resto lo conocemos todos; lo repiten cada año. El travesaño que se agachó lo necesario para que la pelota diera en él y se perdiera junto al sueño africano en lo más oscuro de la negra noche. Antes de la tanda de penales, Tabárez liderando algo que ya era mucho más que un equipo de fútbol, calmaba los nervios de sus dirigidos y del país entero.

Marco Aurelio logró tiempo para traerse otra caja de cigarros y una nueva rubia que dejó en manos del peón luego de haber llenado su propio vaso. Las manos de Muslera, y la falta de todo respeto por las reglas del el loco más lindo que haya jamás vestido una camiseta celeste tejen la trama de un nuevo milagro allí donde hace minutos todo había sido drama. La picada de Abreu desató una alegría incontenible, luego de cuarenta años, Uruguay llegaba a semifinales.

El loco corre con los brazos abiertos en la pantalla, la ciudad y el país entero estallan. Marco Aurelio, llorando a lágrima viva cayó de rodillas, con tal fuerza que su jean se abrió en un tajo contra el piso de tierra. Mientras se ponía nuevamente de pie, sus ojos se cruzaron con los de su ángel guardián de aquella tarde, y se fundieron en un abrazo eterno, de esos que solo los desconocidos pueden darse.

La mirada del viejo peón encerraba toda la pícara sabiduría de la frontera cuando señaló reforzando cada palabra con un suave toque de su índice en el hombro del uruguayo que lloraba en silencio el afloje de las tensiones del partido.

-¿Qué falé eu pra vocé? Fica tranquilo, rapaiz, hoje, hoje e tudo Uruguai!!

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

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