Juego de seducción

I – (Lo que seduce) Nunca suele estar donde se piensa…

Algunos bares tienen su sino en brindar cobijo a voces cascadas e historias tristes de perdedores empecinados, otros son peceras indiscretas para gente que deglute medialunas al paso mal acompañadas del café infame que consumen los uruguayos. Los hay que acunan discusiones eternas en los alrededores de ciertas facultades. Algunos ofrecen a la vista curiosa escenas de incomprensible delicadeza. Qué hado distribuye esas suertes en las esquinas montevideanas será siempre un misterio para mí.

Llegué al Uni con un maletín lleno de papeles colgando de mi mano derecha, y el calor de enero montado en mis hombros. Bajo el saco liviano, la camisa era un lienzo empapado. Antes de entrar por una cerveza helada de las que el Gallego chico siempre me reserva, mi mirada se detuvo en una mujer que venía a paso apurado desde la calle Rodó.

En la puerta, un muchacho de unos veinte años, tiró el pucho hacia la calle en el momento en que se corría para hacerme lugar. Cabeceé en dirección a la barra, y me senté sobre la ventana de la calle Guayabo. Eran las cuatro y media, y mi jornada laboral terminaba en el mismo gesto con el que colgué el saco beige en la silla.

Ella llegó al bar caminando por la vereda del IAVA, agitada y sonriente. El pelo largo hasta la cintura era un desorden negro azulado, brillando al sol mientras cruzaba la calle. Su cuerpo de líneas largas y curvas firmes emanaba una tibia fragancia a patchouli que la envolvía en un potente imán que me llegó incluso antes de que entrara al bar. 

Se detuvo frente al muchacho de la puerta, bajó la mirada con una timidez tan fingida como sensual. Llevaba un morral de cuero en bandolera. Lo abrió sin apuro, su mano desapareció por un momento, para emerger con dos sobres tornasolados que brillaron ante la vista del muchacho. 

Sin beso no hay regalo, precioso -sonrió pícara-, y lo más importante, ¡Feliz cumpleaños!

El la tomó por la cintura y la atrajo en un gesto inapelable. Su mano libre apartó un mechón detrás de su oreja. Se besaron delicadamente, como sólo pueden hacerlo los enamorados que se dan tiempo a cultivar el arte de encender el deseo. 

Cuando se separaron, brevemente para entrar al bar, resultó claro que ella, sin dejar de ser joven -y deseable, debo confesar-, era bastante mayor que él. Sentí una envidia dulce mordiéndome el tobillo. Encendí un cigarro y recién entonces llené el vaso. Distraído con la escena, no había siquiera notado la mágica aparición de la botella helada y un vaso recién salido del freezer. Algunos bares tienen códigos.

El cansancio del trille por la city, llevando papeles de oficina en oficina era un dolor sordo en las pantorrillas. Estiré todo lo posible las piernas,  mañana a primera hora tengo cita con el médico de la próstata, recordé, con esa costumbre tan mía de repasar siempre mentalmente la agenda del día siguiente. El agobio me invadió por un momento ante tan poco promisoria perspectiva. 

Volví mentalmente a la cerveza que sabía exquisita, y al espectáculo siempre intrigante de los enamorados que se abría ante mi vista. Viéndoles, y más aún frente a mi botella recién abierta, la vida era -impensadamente- una pradera fresca, llena de sueños insospechados.

Contra la ventana de la calle Acevedo, el sol incendiaba la mesa mientras ellos tomaban asiento sin dejar de devorarse mutuamente con las miradas. En una dimensiòn paralela, su mundo es un paisaje delicado que gira bañado de luz sobre el eje que va desde los ojos castaños e intensos de él, a los faroles azabache de ella. 

Sobre la mesa los paquetes cerrados eran un par de preguntas abiertas a mi curiosidad. Uno de los dos, me atraía con sus tonos cálidos, llenos de vida. Amarillos y naranjas que reverberaban a la luz de las cinco de la tarde, mientras el hombre joven hacía una seña al encargado del Uni. Una cerveza, un Nevada y un cenicero. El otro paquete, es un mar de púrpuras y azules, que asaltaban la vista como un océano vasto y calmo. 

De los dos, uno es para vos, bombón -las manos de la mujer eran perfectas, recortadas sobre los sobres de brillos tan dispares-. El otro es para mí. Así puedo festejar tu cumple cada día, aunque no estemos juntos. Mi oreja, hecha a los detalles de mil conversaciones de las que se oyen en la calle sin quererlo, se había sintonizado finamente en sus voces. No podía dejar de escucharlos, ni de mirar el cuello de la mujer, dueña de la escena desde que había ingresado en la calle Acevedo unos minutos antes. 

El galleguito, joven y arrogante, estaba de nuevo junto a la mesa, obstruyendo mi vista durante el breve instante en que dejaba vasos, cenicero, cigarros y destapaba la botella. Cuando se retiró la cerveza despedía el vapor delicado de los líquidos helados abiertos al calor del verano. 

Ella tomó la botella e inclinó uno de los vasos en el gesto mecánico de quien acostumbra tomar sus propias decisiones y hacerse cargo de las mismas. Su mirada era decidida, y a la vez de una dulzura casi dolorosa. Sobre la mesa, la mano del hombre joven fue directamente al envoltorio de tonos fríos.

¡Yo sabía! -la voz tenía un tono brillante, de matices graves-. ¿Seguro? No hay cambios ni quejas caballero, esto es como las compras de liquidación.

¡Segurísimo! Caballero no cambia de monta a mitad de camino. La voz de él sonaba irremediablemente fuera de tono. -“Demasiado joven”, pensé, encendiendo un cigarrillo-. Sus  manos abrieron el paquete ante la mirada atenta de la mujer. Los vasos espumeaban esperando el brindis. 

– ¡Salud! Feliz cumpleaños, por nosotros…

El arte de tapa del cd mostraba un capitoneado blanco sobre el que se alineaban tres parlantes, rodeados por 49 pequeños auriculares o micrófonos. Tres óvulos buscados por 49 espermatozoides. Un auténtico sueño stereo, relatado en una imagen mínima, de una poética potente, en blanco y negro, y en color a la vez.

Ella dio una pitada profunda, le ofreció fuego, y abrió su sobre. Del mar de fuego emergió una cubierta azul con letras blancas, Carmina Burana. Vaya a saber qué grupo raro sería ese.

Disculpen -cuando me di cuenta ya había hablado, me maldije mentalmente-. No quiero entrometerme, solo desearle feliz cumpleaños al joven. ¡Salud! dije levantando mi vaso. 

¡Gracias! respondió entusiasmado el joven que había estado de espaldas a mí desde que se sentaron a la mesa. Mire lo que me ha regalado esta belleza -extendió el brazo-, lo último de Soda. Debe estar buenísimo. 

¡Gallego!, levanté la voz hacia la barra, ¿nos dejarías escucharlo mientras brindan?

El encargado, arrogante y joven me fusiló con la mirada. Odiaba el mote, heredado de su padre y su abuelo y el abuelo de su padre. Pero soy cliente desde que la madre le cambiaba los pañales, así que salió de su pedestal tras la barra y se acercó a pedir el disco.

Ellos se miraron y entonces la voz de la mujer invitó cálida, ¡Acérquese hombre! Hágase amigo ya que nos regala la primera escucha del disco…

Brindamos. nunca dijimos nuestros nombres, no hizo falta. 

¿Hace cuánto se quieren? pregunté sin saber de dónde venía la pregunta.

Nos juntó la música dijeron, apenas sincopados. 

II – Prófugos

Como un efecto residual

Yo siempre tomaré el desvío

Ella era la única vendedora de una de las dos disquerías del Shopping Center. Hasta para vender discos la música es un negocio de hombres, en Uruguay o en el infierno. Un par de años antes, él había llegado ante ante su mostrador con su sonrisa de desparpajo, y preguntando por “el disco nuevo de Sinèad O’Connor” -confieso que nunca había oído nombrar a la tal señora O’Connor-.

No abundan los hombres que escuchan cierta música -ella se enterneció con el relato de su primer encuentro-. Mientras lo buscaba, hablaron del video que circulaba en ese momento, y a ella le sorprendió ver que él tuviera esos gustos. En algún fumadero del infierno, Cobain llora una paz infinita cuando la oye hacer su versión susurrante de All Apologies, acotó el hombre joven entre dos tragos de cerveza.

Seguí atentamente aquel relato plagado de nombres y referencias que no formaban parte de mi mundo. Para mí el rock era una orgía de gri tos, drogas y guitarras chillando. Prefiero el tango, que tiene un borde mucho más real, más cercano. Te toca el cuore y el cuero cuando te dice que la papusa se piantó y te dejó en Pampa y la vía.

La mujer de ojos negros, seguía hablando del gurí -porque el del cumpleaños era un gurí, aunque claramente eran novios o amantes-. “A diferencia de muchos clientes, que siempre te hablan desde vaya a saber qué pedestal, él sabe escuchar. Cuando te comenta que un disco está bueno, lo hace con la alegría de compartir un gusto, no desde la suficiencia de un supuesto especialista. Y eso que ahí donde lo ve, sabe y sabe de música”. 

Con el paso del tiempo se habían sorprendido esperando verse en cada inicio de mes. Ël compraba un CD –más de 24 dólares en música es una obscenidad, dijo el muchacho, casi pidiendo disculpas- y, de paso, se obsequiaban un rato de charla y sugerencias musicales. Gozaban viendo las caras de orto de los tres babosos que trabajan en la disquería, haciendo hasta lo imposible por cortar las conversaciones. 

Linda, ¿sabés si ya llega lo nuevo de Caifanes? Flaco, ¿viste la nueva partida de jazz? Se turnan para decir imbecilidades, sin dejar de mirarle el culo con toda la lascivia del mundo, ni de mirarme de pesado cada vez que volvíamos a la conversación, agregó el cumpleañero.

Las visitas se hicieron quincenales, comenzaron a coincidir con el descanso de media hora, un poco después de mediodía. Nunca fui de comer mucho, acotó la mujer de los ojos profundos como la noche. Se iban al estacionamiento a fumar y charlar de músicas y libros. Cuando finalmente él reunió todo su coraje y su descaro y le dijo de ir a tomar algo a la salida, ella acepto, “mucho más encantada de lo aconsejable”, dijo bajando apenas la mirada con ese gesto suyo que estudiado o no, encendía praderas. 

No puedo demorar mucho, mi marido me espera en casa. Luego de aquella primera cerveza, acordaron encontrarse una nueva vez en la cinemateca, un sábado, y de allí habían ido a La Bastilla, ahí enfrente. La grappa con limón comenzó a ser parte de su rutina. 

A sus 27 ella estudiaba letras, usaba todo su sueldo en novelas y teoría literaria. Hacía ocho años que estaba casada con un urólogo quince años mayor. Él, con sus 19 añitos, trabajaba en un reparto y estudiaba periodismo en la UTU.

A ella le encantaba el descaro socarrón y -por momentos- sin malicia del muchacho aquél. Una noche de invierno, él llegó sin aviso, a buscarla en facultad. 

– Fueron por una a La Bastilla. En el camino, en la oscuridad de la cuadra del BPS se besaron por primera vez. “Usted no tiene perdón alguno, ni es un caballero; soy una dama felizmente casada, señor“, había dicho ella cuando se separaron. Él la había tomado de la mano y en voz baja deslizó. “Si sigues temblando así voy a pensar que te enamoraste, y eso sería bellísimo”. Siempre fue un descarado.

Compartían gustos que a mí no me dicen nada, -leían gringos de nombres raros, Raymond Carver, Bukowsky, Auster-, y otros que resultan mucho más creíbles: “los besos robados a las sombras de la noche montevideana, los cigarros Nevada y la grappa con limón”. Cuando habla de ella, él suena llano, sin vueltas ni pretensiones.

– Todo eso, y las canciones de Soda Stéreo, acotó ella, mientras levantaba la mano hacia la barra sin mirar, para pedir otra cerveza. 

III – Pruébame y verás

Pruébame y verás

Que todos somos adictos

A estos juegos de artificio

Estaban sentados en un bar semioculto en las cercanías del Shopping, Ella fumaba envuelta en un  rastro de patchuli, y lo toreaba.  

A mí dame música ligera, que me mueva las piernas, dame un poco de funky sí querès que menee el culo. 

Él solo tenía ojos para su escote, breve, delicioso. Cuando hace el relato de la primera noche -en casa de él- habla sin pudor alguno Pensé que moriría allí mismo, –relata-. “El marido se había ido una semana a Brasil, a un congreso sobre próstatas de colores, o tactos sin dolor“, Ella había decidido dejarse de franeleos. Cuando él insistió “¿Venìs?” su respuesta fue rotunda.

– Solo si tenés condones, precioso. Vas a quedar para la coronaria, bebé, añadió. 

Apenas cerraron la puerta del apartamento se besaron como veinteañeros en celo. Ella lo inició en el arte de demorar siempre un minuto más el deseo. Usaba sostenes de aro, y una tanga mínima, de algodón blanco que rielaba suave, palpitando en la penumbra del living. La primera vez, dilatada, fue en el piso, sin siquiera una alfombra, entre gemidos postergados por meses. Cuando luego del primer desfogue ella lo llevó a su cama de soltero y se sentó a horcajadas sobre él, solo habló para exigirle que la mantuviera despierta hasta el amanecer.

Aquel dormitorio breve ha sido la sede de su amor desesperado. Ella inventa cursos que no hace, para tener encuentros furtivos. Incluso tuvo la osadía de inscribirse a un congreso de Letras francesas en Buenos Aires y llevárselo con él. Sobra decir que jamás pisaron más que la conferencia inaugural.

Habíamos liquidado ya la segunda cerveza de ellos, y la mía, comenzaba a despedirme, cuando ella me interrumpió.

Buen hombre, háganos un favor, sea mi testigo. Lo tomó de la manos, y lo miró con una ternura como no he vuelto a ver en la vida. “Mi amor -dijo- hoy vi un monoambiente. Me separo”.

Él la miró con ojos extasiados, y supe que era momento de irme. Me arrimé a la barra, pedí cigarros y la cuenta “Hoy pago yo, gallego“. Saludé con una leve inclinación de cabeza, y me marché con una sonrisa enorme, de esas que hace que la gente se voltee a verte, aun en el sopor de las seis y media.

Levanté Relaciones peligrosas en el video, camino a casa, y la ví con un resto de comida que tenía en la heladera. Me dormí escuchando un disco de Edmundo Rivero, nadie dice el amor como el feo. 

III – Llegando tarde a todo

Ella usó mi cabeza como un revólver

E incendió mi conciencia con sus demonios

Me ví llegando tarde, tarde a todo

A la mañana siguiente, en su cubículo de la mutualista, Urruzola me recibió con cara de pocos amigos. El trato fue distante, pese a que lo consulto con regularidad hace unos seis o siete años. Menos mal que el culo lo pongo yo, pensé viendo su gesto malhumorado mientras se ponía el guante. 

Cuando volvimos a sentarnos, con un gesto mecánico tomó el cuadro que siempre ha estado en su escritorio, y lo  guardó luego de verlo con un suspiro largo.  No pude evitar ver la foto, mientras desaparecía en uno de los cajones. Elegantìsimo en un traje azul marino, Urruzola enlazaba por la cintura a una mujer veinte años más joven, entalladísima en un vestido de fiesta. Su pelo azabache estaba recogido en una cola que caía delante de uno de sus senos, sus ojos negros, profundísimos, sonreían con una sensualidad cautivante. Por un momento, me pareció que todo el consultorio quedaba envuelto en patchouli.

Acerca del autor

Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

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