En las manos de Calderón

Señoras y señores, distinguido público, estamos en presencia de lo que podría ser uno de los actos más peligrosos de lo que va del siglo. Pongan atención porque cada movimiento debe ser preciso. Un error y puede ocurrir lo impensado. Para entrar en detalles, debemos conocer a nuestro protagonista y la importancia del momento que vamos a vivir.

Estamos viendo en primer plano, el rostro de Silvano Calderón. Este hombre tiene 46 años y es ingeniero. Trabaja para el Complejo Hidroeléctrico del Mantaro, ubicada en departamento peruano de Huancavelica. Sus familiares y amigos lo describen como un hombre metódico y con una mentalidad muy estructurada. Entre sus compañeros de la central, circula el rumor de que está por recibir un ascenso. Está acostumbrado a la presión de manejar una parte importante de la primera central del complejo y de tener personal a cargo. Podría decirse perfectamente que, para el entorno en el que se mueve Silvano, él es un hombre de éxito. Pero las cosas no pasan por que sí. Todo lo logrado por Silvano, es producto de la dedicación que este hombre le ha puesto a cada aspecto de su vida personal.

Pero no derivemos la conversación hacia otros lados. Volvamos al primer plano de la cara de Calderón. Una piel aceitunada gobierna el continente. La nariz, aplastada e irregular, es una amplia cordillera. El pelo corto y las cejas, se ensamblan a la perfección con unos ojos grandes y negros dando un aire de profundidad. Pero lo que más atrae las miradas, es el tupido Amazonas que forma una barba entrecana. Este huancavelicano es la unión de descendientes de nativos incas y de conquistadores españoles. La genética del viejo y el nuevo mundo en perfecto equilibrio.

Y sobre este punto, hay una cuestión muy importante en la que debemos hacer foco. En los vestigios arqueológicos recientemente encontrados en la región, se supo que entre los habitantes de la zona circula una leyenda antigua. Afirmaban que quienes tengan la mitad exacta de sangre autóctona y la otra mitad colonizadora serían quienes unirían lo viejo con lo nuevo. Gracias a ello, estas personas controlarían las calamidades del mundo. El ritual era el siguiente: en el primer día del inicio del calendario, nada de lo ordinario les podía salir mal. Una alteración en la rutina, por mínima que sea, podría desestabilizarlo todo. Porque sobre ellos pesaba el equilibrio del mundo.

Esta superstición se fue extinguiendo paulatinamente por dos motivos. Uno de ellos, que nunca se supo a ciencia cierta quienes tenían la mitad exacta de sangre española e incaica. Por lo tanto, terminaba gobernando el azar. La segunda, que a medida que las nuevas pautas de conducta impuestas por los inmigrantes europeos ganaban terreno, toda la cultura aborigen se vio diezmada. La tradición oral, quedó sepultada entre los escombros del viejo imperio.

Pero tenemos un dato interesante. El ingeniero Silvano Calderón es la única persona en el mundo que posee exactamente la cincuenta por ciento de su sangre de origen incaico y la otra mitad, únicamente española. Inclusive, si miramos el árbol genealógico de Silvano, la raíz de su apellido está vinculada al Virreinato del Perú. Por otra parte, él conoce bastante bien diversos aspectos de sus antepasados aborígenes y maneja el quechua con fluidez. Lo que no sabe es de esta extraña leyenda. Ni de su herencia genética.

Quizás entonces, en este punto del relato usted se debe estar inquiriendo ¿Por qué tenemos que estar pendientes de lo que está por hacer el ingeniero Calderón? La respuesta es simple. Hoy es el primer día del mes de enero del año 2020. Y en este preciso momento, Calderón está a punto de recortarse la barba. Lo que está por ocurrir es una tarea sencilla, si todo estuviera dentro de lo normal. El problema es que la máquina con la que habitualmente se recorta este tupido vello facial, se le terminó de romper hace ya cinco días. Caledrón prefirió realizar esta labor estética justo hoy, por la sencilla razón de que, sin la máquina funcionando debería disponer de mayor tiempo y concentración. El primero de enero, no tiene que ir al Complejo Hidroeléctrico.

No nos distraigamos que Silvano está llegando al baño. Ahí lo vemos encaramarse frente al botiquín, sacar las tijeras, el peine de bolsillo y analizar cómo y por donde va a comenzar. Puso música en el celular. Va a comenzar, amigas y amigos. Si el ritual Inca está en lo cierto, él no sabe que en sus manos está la estabilidad de lo que acontezca este año.

Silvano se dejó crecer la barba hace ya once años. Debería conocer cada pelo de su cara y sin embargo, si no es con barbero o a lo sumo con su máquina, aún no sabe manejar esa pelambre que le cuelga de la mandíbula en forma de estalactitas. Y ahí lo tenemos, haciendo cada movimiento con el peine y la tijera con cara de saber lo que hace, pero apenas puede improvisar.

Cuando se recorta el lado derecho, más o menos lo maniobra con cierta plasticidad. Pero cuando rumbea para la izquierda, no solo le tiembla el pulso y tira tijeretazos al azar, sino que directamente recorta donde no debe. Es como si al cruzar de hemisferio, la mano recibiera las instrucciones con un delay importante.

Ya van dos veces que la tijera se empeña en ir más allá de lo que Calderón quiere. El ingeniero, un hombre frío y acostumbrado a la presión, pierde el control y se enfurece con su propio pelo. Ahora se lamenta de no haber ido a la barbería de su amigo, de ser tan tacaño —”Deberías tirar eso y comprar una nueva”, le dijo su mujer señalando las partes desarmadas de la recortadora de barba— y hasta de tener dedos como chorizos.

Esto no pinta bien… Calderón está cada vez está más enojado. Se detiene y…

Silencio

Se acaba de sacar media barba en una sola recortada. Le quedó una mejilla casi a ras y la otra es una maraña de pelos. Calderón insulta. “La barba crece”, se repetía en medio de la bronca y la lucha para dejarla lo más simétrica posible. Pero lo cierto es que un recorte de un lado desempareja el otro.

Bueno, Silvano Calderón acaba de perder el poco de paciencia que le quedaba. Se está afeitando a cero. Ya no queda mucho de pelo. Apenas una pelusa en la punta de una pera que le pareció demasiado redonda y chica. El ingeniero sonríe mientras mira su nueva cara en el espejo. Parece una copia de su yo de la infancia, pero con arrugas y la piel curtida. Se ve a sí mismo, muy similar a su yo del pasado. Pero se acordó de aquella vieja frase: “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Y es verdad. No nos bañamos en el mismo río, ni somos los mismos después de meter la pata. Ni volvemos a vernos a nosotros mismos de la misma forma, una vez que pasa el desastre. Calderón se mira y se ríe. Se halla distinto. Después de todo, es solo un poco de pelo perdido. En el primer día de un año que seguramente no tenga nada de especial.

Acerca del autor

Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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