La máquina de contar

I

Lo llamativo de aquel hombre era el sombrero Panamá. No era su barba espesa o la barriga enorme, que lo convertía en un Papá Noel fuera de zafra. Tampoco la parsimonia de la pose en el banco de la plaza. Ni siquiera era el meñique faltante en su mano derecha. Lo que hacía que todos se fijaran en él, con una mezcla entre la extrañeza y el asombro, era el sombrero de color crema con el lazo azul egipcio y el ala recta. Si ese ser humano fuera el monte Fuji, la pieza de tela equivaldría a las nieves perpetuas.

La plaza estaba bastante transitada para ser un miércoles a la tarde. En general, a esa hora los niños estaban en la escuela, los adultos que podían, en el trabajo y los desocupados, ocupados en conseguirlo. Incluso podría parecer raro que con tanto calor hubiera gente caminando bajo el sol. Pero era viernes de fin de mes y la plaza estaba cerca del distrito de casas de cambio, bancos y –en especial– financieras.

El hombre del sombrero Panamá estaba sentado en un banco de madera, ubicado debajo de un frondoso olmo, plantado decenas de años atrás con la finalidad de conmemorar algo que ya nadie recuerda de qué se trataba. Él era el único que, a pesar del trajín de la tarde, parecía estar esperando a alguien. Sin embargo, por más que pasaban los minutos, nada acontecía. No se le movía ni un músculo y siempre miraba hacia el frente, como desafiando a las miradas de desconcierto.

Las sombras y las horas se alargaban. El hormigón de la plaza comenzó a recibir la protección de los edificios, lo que hizo que la temperatura fuera un poco más benévola. Algunos transeúntes ya no iban tan enloquecidamente. Pero el hombre seguía sentado enhiesto. Desde un costado, uno de los encargados del cuidado de la plaza, se acercó lentamente al hombre para ver si se encontraba bien. Cuando lo saludó, el hombre se sobresaltó.

–Discúlpeme– dijo el guardián –No era mi intención asustarlo. Solo quería saber si usted está bien, porque lleva casi cuatro horas sentado acá.

–Buenas tardes, señor –dijo el hombre y complementando el saludo, se quitó el sombrero y se lo volvió a colocar.

–¿Se siente bien?

–Perfectamente.

–Me alegro. ¿Cómo se llama?

El hombre se quedó en silencio. Bajó la cabeza y miró sus pies. Emitió un pequeño ruidito con la boca, que no fue ni siquiera una letra.

–¿No me quiere decir? –retomó el guardián de la plaza.

–No. Ojalá pudiera, pero no me acuerdo.

Ahora era el guardián el que se sobresaltaba. Dedujo rápidamente que el hombre tenía alzheimer y se había perdido. Cambió su postura corporal relajada a una mucho más tensa y activa. Estaba por llamar a su compañero por handie cuando el hombre lo interrumpió para hablar.

–Espere. Mi problema no es que perdí la memoria –parecía que hubiera leído la mente–. Es algo mucho más complejo.

–Sí, le entiendo.

–No. No me entiende.

–Claro que lo entiendo –El guardián le ofreció el tono más paternal posible–.

–No. No. Usted no me entiende, porque nadie me va a entender si no me escucha con atención.

El guardián bajó la radio y se sentó en el banco junto al hombre. Con la vista intentó encontrar algo que pudiera ayudarlo a identificar de dónde venía o hacia donde iba, pero le fue imposible. El hombre esperaba pacientemente a que el guardián le prestara la debida atención como para retomar el diálogo. Cuando el uniformado lo miró a los ojos, el hombre le dijo la siguiente frase: «Entiendo que usted está trabajando, pero mi caso es completamente único en el mundo y de verdad necesito tiempo para poder explicárselo». El guardián pensó, “si claro, su caso se llama alzheimer y hay millones de personas igual de únicas que usted”, pero se guardó el comentario.

–Mi caso es distinto –prosiguió–. Yo no perdí la memoria: entregué mi identidad. Hice un pacto con un hombre siniestro, por el cual él me entregaba un artefacto mágico, a cambio de darle mi propia vida. Ahora estoy atado a una maquinaria endemoniada de la que no puedo separarme.

El guardián concluyó: “este tipo está re loco”.

II

El hombre se giró a la izquierda. Pegada a su cuerpo, casi escondida detrás de la panza, sacó una cajita de unos treinta centímetros de largo por quince de ancho. Era de madera labrada con incrustaciones en oro. Rodeando la caja y ubicadas en el orden correspondiente, se hallaban las doce constelaciones zodiacales. En la parte superior un sol ubicado en el centro, bañaba de luz a unas plumas diminutas, ubicadas a las esquinas del rectángulo. En uno de los laterales, había una ranura perfectamente tallada. En el resto, todas las partes de la caja estaban perfectamente selladas. El hombre estiró las manos y le mostró al guardián de la plaza esa especie de arca.

El hombre la miró con fascinación. Tanto los labrados como las incrustaciones tenían un efecto casi hipnótico. Era muy difícil dejar de ponerle el ojo encima. Debajo del sombrero Panamá, apareció una mueca que pareció una sonrisa. Vio que de pronto, el guardián empezaba a interesarse en lo que decía, aunque solo fuera curiosear más acerca de la misteriosa caja.

Fue así que le contó que una tarde de primavera, un caballero se paseaba por la calle como un sonámbulo, sin rumbo fijo, pero con determinación. Y cuando dijo la palabra caballero no fue casual. Según la descripción, bien podría ser un recién llegado desde 1930. Todo en él era infrecuente, pero lo que más llamaba la atención era un bastón colgado del brazo a modo decorativo. Y obviamente la misteriosa cajita.

La narración se cortó abruptamente. Desde el artefacto, un sonido de engranajes viejos comenzó a ganar fuerza. Se tornó enérgico, intenso y de golpe, cesó en seco. El hombre del sombrero esperó en silencio. Observó al guardián, que le devolvió una mirada atolondrada. Le sonrió. Y en ese instante, salió lentamente un papelito plegado. Antes de abrirlo, el hombre miró atentamente el título. «La vida de un custodio de plaza». Se lo mostró a su acompañante y este, sin darse cuenta, pegó un pequeño salto hacia atrás. El propietario de la caja, antes de ponerse a leer, le explicó el poder de aquella caja mágica.

III

–Esta es “La máquina de contar”. Es la maravilla más grande que usted pueda ver. ¿Sabe por qué? Porque esta máquina lo conoce todo –hizo énfasis en esta palabra con una voz cavernosa–. Sabe el pasado, entiende el presente y anuncia el futuro. Incluso conoce a cada habitante del planeta. Los que ya no están, los que aún viven y los que vienen en camino. Y me acaba de contar toda la historia de su vida.

El guardián largó una carcajada.

–Si usted quiere saber todo acerca de su propia vida, le puedo regalar este papel —prosiguió el propietario del artefacto—. Pero tenga cuidado porque abrirá una puerta peligrosa. No solo conocerá su propio destino, sino que además tendrá la posibilidad de revivir aleatoriamente los buenos y malos tiempos. Y atienda bien: no dije que recordará cosas. Las revivirá nítidamente. Con todos los detalles. Tiene que estar muy preparado para poder abrir este papel y no volverse loco.

–¡Pero si es un papelito de morondanga!

–No señor. El papel no dice nada. Se escribe a medida que usted va leyendo. Lo primero que leerá será una palabra suelta y siempre cambia. Su mente irá para cualquier tiempo y situación. Y usted, sin darse cuenta, estará alejado del tiempo y el espacio. Lo llevará a un plano mental y físico que ni el mejor simulador de realidad virtual podría alcanzar.

El guardián comenzó a transpirar. Hacía cinco minutos atrás pensaba que este hombre padecía alzhéimer, dos minutos más tarde, que estaba enajenado. Pero ahora por más que el hombre parecía estar fuera de sus cabales, se sentía incómodo. El hombre le ofreció el papel y cuando lo estaba por tomar entre sus manos, leyó de nuevo el título: «La vida de un custodio de plaza llamado Ramón Altezor». El guardián casi se desmaya. Y no por el calor.

IV

–Lo único que le digo es que no abra el papel ahora –dijo el hombre del sombrero Panamá.

–¿Cómo supo que me llamo Ramón Altezor?

–Yo no lo sé. ¿No le digo que yo no sé ni mi nombre? Es la máquina la que lo sabe. Se lo acabo de explicar.

–Yo vi que antes no decía mi nombre.

–Yo vi lo mismo que usted. Y en el mismo momento.

El guardián quedó en blanco. El papel seguía en la mano del propietario de la caja. Casi por un espacio de dos minutos, ambos ocupantes del banco de la plaza guardaron silencio. Hasta que la maquina volvió a hacer ruido y el guardián tuvo que reprimir un grito. Desde el interior, volvía a salir un papel plegado. Cuando el hombre tomó el nuevo papel, tenía inscripta una frase: «ninguna persona con miedo puede comprender». El dueño de la caja soltó una carcajada y se lo reveló al guardián, que se quedó meditando en silencio.

—¿Qué clase de truco es este? ¿Dónde está la cámara oculta? —dijo con evidente molestia el guardián.

—Me encantaría que fuera una trivialidad, pero no. No hay truco ninguno. Solo es un artefacto que lo sabe todo y no para de contar cosas al azar. O no.

Hubo una pausa que no se sabe si demoró minutos u horas.

—Mire, le voy a contar cual es mi desgracia por culpa de este aparato. Únicamente le pido que espere hasta el final.

El guardián dudó, pero finalmente movió su cabeza hacia arriba y hacia abajo.

V

—Estoy seguro de que usted piensa que estoy completamente loco. No lo culpo. De hecho, de a ratos yo también lo creo —la cara regordeta del hombre del sombrero Panamá se volvió un poco más roja que lo que ya era—. El problema es que estoy atado a esta máquina. Y antes de que usted me pregunte, me adelanto: no tengo forma de dejarla o perderla.

» Todo comenzó cuando me encontré con aquel caballero que le conté. Lo vi y algo me hizo que fuera a buscarlo.  Caminé casi como hipnotizado. Y cuando él me vio, su cara brilló de alegría. Conteniendo la ansiedad, pero siempre dirigiéndose hacia mí con absoluta corrección, me comentó que se había extraviado y que necesitaba ayuda. Pensé que su júbilo era por poder encontrar a alguien que le permitiera orientarse nuevamente, pero cada vez que repaso ese momento en mi mente, vuelvo a darme cuenta que no era así. Pasó muy poco tiempo cuando comenzó a hablarme de su inestimable máquina de contar. Estuvo parado frente a mí, casi unas tres horas. Hasta que me dijo es que yo era “el indicado para continuar su legado”. Y eso me hizo reír mucho. Él me seguía la risa, pero la suya era una risotada de gozo.

» Entonces me manifestó que ese artefacto era un dios en la tierra. Me explicó que esta cajita todo lo sabe, pero también que todo lo puede. Solo basta que emita uno de sus mágicos papeles, para que las personas hagan lo que ella quiera. El que lo lee, en verdad recibe unas instrucciones. Me endulzó con palabras: “Si yo tengo hambre, me regala la comida del restaurante que quiera. O si tengo sueño, puedo pasar la noche en el hotel que se me antoje. Le pido y me lo concede. Puedo viajar, puedo conocer personalidades, puedo darme todos los gustos que quiera”. ¿Quién no quiere esa vida? Pero luego entendí por qué: en verdad, pasaría a ser su esclavo.

» Antes de entregármela, hizo algunas pruebas del verdadero poder de la máquina y yo quedé fascinado. Luego de eso, acepté las maravillas de una vida despreocupada de horarios y dinero. Pero una vez que este artefacto cayó en mis manos, me dijo que a cambio perdería mi identidad. Fue como firmar un contrato sin leer la letra chica. Desde ese momento no supe más nada sobre mi vida. No sé cómo me llamo, qué edad tengo, donde vivía antes de que me pasara esto, si tengo descendencia o inclusive, si en algún momento supe lo que es tener una mujer a mi lado. La máquina absorbió mi vida y pasé a ser el cuerpo que necesita para llegar a su destino. Y para mí, esto se convirtió en un martirio.

» Estoy obligado a leer a todos los papeles que me manda. Según me reveló el anterior dueño, yo sabré cuándo llegará mi “cuento final”. Según él, en el instante que lo lea entenderé cuál será mi destino. Espero ansioso ese día, ya sea porque encontré al nuevo propietario o porque vaya rumbo a la muerte. A esta altura de las circunstancias, cualquiera de los dos desenlaces me sería grato. Y si la olvido, la dejo exprofeso o se la entrego a otra persona que no sea la indicada, comienzo a sentir falta de aire en mis pulmones. No sé cómo lo logra, pero lo hace.

» Mientras tanto, para que no pierda la cabeza, me disperse o no sepa nada de lo que me rodea, me escribe textos para mi entretenimiento. Pueden ser frases o cuentos de forma aleatoria. Y son en verdad muy buenos. Sé que de vez en cuando me regala momentos de mi vida, contados por ella misma. Pero no termino de saber si realmente los viví o me los está inventando. Ese es su juego perverso.

» Es que esta bestia de engranajes y papel nunca cesa. Es infinita e indestructible. Y eso que probé de todo. Quemarla, pegarle con un barrote, taladrarla, tirarla desde un octavo piso. Pero nada de eso surte efecto. Una vez dejé en las vías de un tren, y las ruedas la arrojaron con todas sus fuerzas hacia el costado, casi impactan contra un transeúnte que pasaba por ahí.

En este punto de la historia, el hombre se silenció, cerró los ojos y suspiró. Lentamente levantó su mano derecha y mostró al guardia el meñique amputado. Y le comentó que esa falange la perdió el día que quiso escarbar en el tallado por donde sale el papel. “La máquina es un dios incomprensiblemente implacable”.

El hombre se paró en forma casi tan parsimoniosa como había estado sentado todo ese tiempo. Al mismo tiempo que se giró para emprender el rumbo, miró al guardián que se encontraba sentado con la mente en blanco y la boca entreabierta.

—Todavía tengo su cuento. «La vida de un custodio de plaza llamado Ramón Altezor». ¿Qué hago? ¿Se anima a leerlo?

—No sé quién es usted, pero le pido que se aleje. No sé si es un chamullero, si está loco o si es un hijo de puta. Pero no quiero volver a verlo nunca más.

—No se preocupe. Nos vamos a volver a encontrar, pero después de que usted me busque.

—No. Le aseguro que no.

—Yo le aseguro que sí. Y quédese con el cuento. Lo va a necesitar.

El hombre del sombrero Panamá le dejó el papel doblado sobre la rodilla derecha, con las letras impresas hacia arriba y de cara al guardián. Caminó lento pero firme, yéndose para la avenida principal del distrito financiero. De pronto, un joven corrió por detrás del hombre y de un solo movimiento, le robó la caja que llevaba debajo del brazo, pensando que podría encontrar los ahorros de un viejo. El hombre no levantó la voz y siguió caminando sin inmutarse. Diez metros más adelante, el joven se pisó los cordones y cayó de cara al suelo. Fue una caída tan estrepitosa como llamativa. El ladrón, producto de la velocidad que alcanzó, impactó contra el pavimento partiéndose la frente y la nariz. El hombre paró al costado del ladrón, casi inconsciente y con la cara envuelta en sangre. Detrás de él, se aglutinó un enjambre de personas. Unos para descargar la furia de una sociedad crispada. Otros para separar y prestarle auxilio al joven. Pero ese hombre solo se acomodó el sombrero, levantó del piso la máquina de contar, la volvió a acomodar debajo del brazo y, sin mirar atrás, retomó su marcha.

Acerca del autor

Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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