Quince abriles

Q

La vida tiene momentos que se dan en una forma tan extraña que parecen premeditados, guionados por la invisible mano del destino. Un poco cruel, otro poco juguetón. ¿Por qué nos hace esto? No lo sé. Pero algo raro hay, al menos para una mente tan poco iluminada como la mía. Solo puedo describir lo acontecido, con más sombras que luces.

La cosa es que entre idas y vueltas, arreglos y desarreglos de una semana muy tensa, tuve que salir de mi casa y llevarme a mi hijo a pasar la noche en la casa de sus abuelos. Para mis viejos, momentos así son de pura felicidad: hijo y nieto en el nido. Para mí, implicaba un viaje de punta a punta de la ciudad, un desahogo para el botija y una ayuda para mi pareja que debía concentrarse en el estudio.

Mis padres llevan el verbo agasajar en la sangre. Otrora grandes anfitriones de múltiples eventos sociales, planifican con esmero todos los detalles con los que hacer sentir bien a las visitas. Momentos como éste, tienen altas dosis de organización, por más simples y hasta casi improvisados que puedan parecer. Nosotros tenemos Gramajo para la cena. Mi nieto, patítas de pollo y papas fritas. ¿Te tomas un whiskycito? ¡Mirá que buena está esta selección que encontré de Jaime! ¿Les armo la cama marinera? Este libro está muy bueno. Todas frases que mis viejos soltaban, midiendo tiempos y calculando como si fueran productores de un programa de televisión, midiendo el rating. Años manejando con soltura el mundo del convite, lleva a que una vez puesta en marcha la maquinaria, cada uno de los engranajes se mueve con la misma soltura de antes.

Apareciste entre la gente.
Los labios rojos sangre
te hacían juego con el vestido marfil.

Política. Siempre un tema recurrente en nuestras largas charlas. Obvio que aceitados por un farol de etiqueta roja, el tema se vuelve más apasionante. Y si bien con mis viejos hay temas coyunturales en los que no coincidimos, las cuestiones de principios, esas que te marcan el rumbo y la pisada, sí. De ellos aprendí que el debate, por más acalorado que sea, nunca se puede volver personal. También, que el argumento es el arnés con el que se sostiene el pensamiento y una vez que se quitan del debate, quedas como un limpiavidrios sin los elementos de seguridad, trabajando a 40 metros de altura. Mejor no hacer un movimiento en falso. 

Esa noche no sería la excepción. Mi hijo andaba de acá para allá con su abuela mientras mi viejo, ubicado en un sillón alto y de un solo cuerpo, comandaba la tele y la conversación. Mi madre, desde lejos, opinaba a los gritos, profiriendo algún insulto a algún integrante del amplio espectro político, cada vez que mi hijo se desentendía de su presencia. Mi padre en cambio, apostaba a mantener un tono sereno pero firme. De a ratos nos turnábamos con mi madre en el cuidado del Demonio de Tasmania que sigue sin percibir que su abuelo ya no está como para andar jugando a los superhéroes. Y es muy chico como para entender que hay héroes que se disfrazan de simples mortales.

Hablamos de tus quince años,
del vals interminable
Y del paseo del 19 de abril.

Podría haber sido una noche como cualquier otra. De hecho, casi se puede decir que lo fue. Pero cada vez que vuelvo de esa casa, salgo con una tormenta de ideas y sensaciones. A veces me cuesta días y hasta semanas poder procesar toda esa información o quiero poder poner por escrito todo lo que surge en estos encuentros en que apenas puedo asimilar todo el caudal de palabras y gestos. No siempre es fácil.

Pero siempre logro, no sé aún cómo, dar con verdaderas joyas que me traigo de ahí. En general están sepultadas entre anécdotas conocidas y repetidas, frases sueltas casi por el azar, digresiones que aclaran alguna otra cuestión o vaya uno a saber qué. Me las quedo sin que lo sepan. No es necesario agradecer estas cosas. O sí, pero quizás ya lo saben. O se enterarán de alguna manera indirecta. No lo sé.

Esa vez, no fue ni un nombre de un político para mí desconocido ni el descubrimiento de un nuevo suceso del pasado. Fue abrir una puerta para hacer un viaje en el tiempo. Más en concreto, a mi adolescencia.

Y poco a poco comprendía
que no estabas
mirándome a mí.

No fue que lo descubrí en ese mismo instante. Tuvo que pasar una semana para que mi cabeza apretara el gatillo. La bala tenía nombre, pero no lo sabía en ese momento. Solo sentía el martillo percutiendo contra el tambor del revolver. Sabía que algo andaba cerca.

«¡Mirá que buena está esta selección que encontré de Jaime!» Mi padre, que a sus 85 años pone una recopilación de canciones de Jaime Roos en Youtube, en una tele con conexión a internet y tantas pulgadas como una sábana de dos plazas, sentado en su trono a casi tres metros de la pantalla. Cuando era chico, en casa había un casetero con tocadiscos y así me crie escuchando música. La escena me pareció una maravilla. Aquel hombre, que sobrevivió a mil batallas, que tuvo mil oficios, que nació al poco tiempo de que Carlos Gardel muriera en Medellín, ahora retirado de todo, utiliza la tele para buscar videos de música y entrevistas on demand. Si se lo contaban a su yo del pasado, aquel que iba a las matinés en el Cine Hollywood, se le reiría en la cara.

«¡Mirá que buena está esta selección que encontré de Jaime!». Otra vez mi viejo, mostrándome canciones de Jaime Roos. Como si fuera un disco recién editado. Pero, entre los clásicos, apareció una canción distinta. No la conocía (o al menos no la recordaba, por no ser de las populares).

Y poco a poco comprendía
que los Beatles
no hablaban de ti.

“Quince abriles”, decía el penúltimo tema. Se trata del relato de las vivencias de un muchacho en un cumpleaños de quince. Y él, junto a toda la clase del liceo, estaban en pleno baile luego de haber bailado el riguroso vals. Año 1967. De fondo de esta historia se escucha Fixing a hole. Mientras los Beatles se preparan para el Mistic Tour y la colorida psicodelia gana terreno en Europa, Sudamérica está turbia. Pero eso, nuestro protagonista no lo sabe ni le interesa. A él solo le importa una compañera de clase. Y se palpa su timidez, su inexperiencia, su angustia. Dos minutos cuarenta y siete segundos que me llevaron décadas atrás en un baile entre compañeros de clase, del liceo en Sayago, en el salón comunal del edificio donde vivía “el gordo” Marcelo.

Y de golpe supe que la bala era esa.  Me encontré dando vueltas entre veinte congéneres que peleábamos contra el acné y la moda de 1994. «Y bien sabía que mis vueltas eran falsas. / No lo iba a intentar. / Otro cumpleaños que miraba de reojo / Sin saber bailar». Era el mismo cuento, con los nombres y lugares cambiados. Pero el hecho era el mismo: igual gurí que descubre el amor, iguales timideces, igual dolor en el alma. Una herida que costó años cerrar y cicatrizar. Sufrimientos que solo se sanan con tiempo y vida.

Y las columnas de la pista se derrumban
De desolación
Y los amores imposibles se sumergen
En esta canción

Por un ratito estuvieron frente a frente, el adolescente lastimado y el hombre encaminado. Se abrazaron, se emocionaron, se rieron y se separaron. Me doy vuelta y me detengo a observar la lucha de mi crio para ponerse solo un champión. Vuelvo al 2020. Agradezco a mis viejos por este improvisado y casual regalo, aunque para ellos habrá sido solamente un comentario más, mientras disfrutaban la presencia de su nieto. Del hijo del hijo que en un salón comunal en Sayago conoció el dolor de amor.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

7 comentarios

  • Espectacular! Realice el
    Viaje junto al protagonista y me sumergí en su mundo. ¿Quien no sufrió su primer dolor de amor en la adolescencia?

    • Muchas gracias Nair. Lo lindo es que hayas podido compartir este viaje. Quizás te dispare viejos recuerdos de personas que nos negaron pero que nos hicieron más fuertes sin quererlo. No?

  • MAXITO!!!Te leí en el celu de tu madre realmente me gustó mucho y me emocioné, por ese pibe que se convirtió en buen padre,compañero de tu pareja gran hijo y por sobretodo autentico y buen ” cuentista ” con base para ser un gran escritor.
    Ahora si, creó que ya estas en tú caminó.!!!!!

    • Este es, sin lugar a dudas, el comentario más difícil de hacer. El elogio, siempre que viene desde la sinceridad, toca en lo profundo. Pero cuando viene de parte de las personas que te formaron, te educaron y te criaron, con todo el cariño que se pueda dar y recibir, las palabras no alcanzan. Decir “muchas gracias” es quedarse corto.

  • Qué lindo. La sensación que deja la nostalgia es incomparable. Me dejaste un largo suspiro interior con tu historia. Ver que la vida no se detuvo nunca, y todo lo pasado es pasado y no volverá. Después ahonda más en el “dolor de amor” jeje. Me quedé con ganas de más detalles de los desamores de ese pibe.

    • Muchas gracias por compartir tu viaje como lector. Entrar en la historia y salir con esa sensación, con ese suspiro, es el premio que recibe el tipo aquel que no llegó a estar con la gurisa que le gustaba. Es haber encontrado a alguien con quien compartir los sinsabores que dan los rechazos.

  • No es propiamente un cuento en el sentido canónico de la palabra. Es más bien pincelada lírica tratando de rescatar una emoción, que también conozco y por eso siempre quise mucho esa canción de jaime ( De hecho, cuando pude dar Literat Uruguaya 2 en IPA- después solo pude dar la I- sugería un trabajo que yo llamaba “La lírica del perdedor ( en J Roos)” y que incluía “mis quince abriles”, “una vez más”, “Colombina” y alguna otra)que ha cantado como pocos la adolescencia.
    El resultado funciona muy bien, conseguís el clima necesario y la emoción de entonces y la de ahora. Te imaginé en ese baile. Y casi seguro que sé quién es el gordo Marcelo.

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