Muerte natural

M

En la pantalla del teléfono aparecía un nombre. Irina. Jorge cortó y volvió a sonar al instante. Miró al celular con fastidio. Estaba en medio de una reunión sobre los presupuestos de la empresa y tuvo que pedir para salir un momento. Señaló su celular y dijo “mi hermana”. Tres hombres y dos mujeres tuvieron que moverse un poco para que Jorge pudiera llegar a la puerta de la sala del directorio. Ni bien cruzó el umbral, el pulgar de Jorge atendió la llamada. Desde el otro lado de la línea únicamente se oía un llanto desgarrador. Jorge intentó calmar a su hermana, pero lo único que logró fue sacar tres palabras: Se murió papá.

El hombre de negocios, especulador y concentrado en ser la levadura que hace crecer los presupuestos de las empresas para las que trabaja, quedó estaqueado al piso. De golpe, todo se le fue de la cabeza y quedó procesando aquellas palabras que venían envueltas en gemidos. Fue la propia Irina la que cortó el cordón de plata y lo trajo de nuevo. “¡Venite ya!”. Y como si fuera un aparato que funciona con órdenes precisas, Jorge entró de nuevo a la oficina, para avisar que su padre había fallecido y se tenía que ir. El bullicio de veinticinco personas discutiendo y cuchicheando, se cortó en seco. Pero Jorge, que en otro contexto hubiera pagado en oro una situación de tanta atención como esta, ni siquiera le prestó atención.

Cuando llegó a la casa de su padre, Irina lo apretó lo más fuerte que pudo. Y él, que no había largado ni una lágrima, dejó que todas salieran en tromba. Ambos hermanos, ahora huérfanos, sentían el mismo dolor. Irina, un poco por haberse llevado la peor parte de descubrir el cadáver y otro poco por el hándicap que da más rato de sufrimiento, pudo calmar a Jorge. Ni bien se recompuso, un poco de la frialdad del hombre volvió a gobernar sus actos.

—¿Fabián ya lo sabe? —preguntó Jorge mientras se secaba con la manga de la camisa.

—Si. Ya lo llamé y viene para acá.

—¿Y papá?

—Vas a tener que seguirme. Pero preparate para lo peor.

Jorge comenzó a pensar en sangre. Litros de sangre discurriendo por el piso junto a su padre caído en el piso. O ver los sesos pegados a la pared tras un disparo. Y a medida que se iba imaginando una u otra escena, su rostro se descomponía cada vez más. Irina paró la marcha frente al baño. Un lugar que Jorge no visualizó en sus elucubraciones. Irina preguntó si estaba listo para abrir la puerta. Jorge dijo que si y se agarró del marco para tratar de no perder la compostura.

Pero lo que vio, no fue una escena horrenda sino más bien, asombrosa. En frente a los hermanos estaba el señor Ramón Gómez del Percal, sentado en el wáter, con los pantalones arremangados por debajo de las rodillas y recostado en unos 75 grados contra la mampara de vidrio del duchero. El muerto tenía la mano izquierda sobre el muslo, hecha una garra que apuntaba al cielo; la mano derecha, caía boba al costado del cuerpo. Los ojos tan abiertos que parecían pedir una explicación. La boca era un pozo oscuro en medio del bosque espeso y níveo que formaba la barba desprolija. Ramón Gómez del Percal, secretario de la Asociación de Jubilados y Pensionistas Bancarios del Uruguay, integrante de la directiva del Montevideo Wanderers Fútbol Club, padre de tres hijos y abuelo de siete nietos, encontró la muerte mientras cagaba.

Jorge miró a su hermana, casi con la misma cara de sorpresa con la que los miraba su padre desde el fondo del baño. Irina apretó los labios y levantó las cejas. Por unos segundos hubo un silencio lúgubre. Fue la mujer la que por fin rompió aquel bucle del espanto: “Tenemos que sacarlo de ahí”. Jorge quedó con la mente en blanco. Su hermana lo agarró del brazo y lo sacudió un poco.

—Jorge… Tenemos que moverlo. No podemos dejarlo así.

—¡Yo no te puedo creer!

—Si, ya sé. Pero tenemos que sacarlo. ¿Qué le vamos a hacer? Murió ahí. ¡Yo qué sé!

—¿Vos estabas en casa?

—¡Si, Jorge!

—¿Y vos no te diste cuenta que le estaba pasando algo? —preguntó el hombre con la misma voz que retaba a su hija menor.

—No, pelotudo. Solo sentí los sonidos típicos de alguien haciendo caca. Cuando vi que demoraba mucho, le pregunté como estaba. Entré y vi esto.

Jorge volvió a mirar el cadáver. Discutir ahora con su hermana era inútil. Debían sacar el cuerpo de aquel lugar, así que volvió a controlar el tono de voz y se dispuso a moverlo. Lo primero que hizo al acercarse fue cerrarle los ojos y ponerse a llorar. En cambio, su hermana profirió una exclamación: “¡Puta madre, qué olor!”. Jorge pasó del llanto a la risa.

Ambos deudos abrazaron los restos de su padre y comenzaron a sacarlo del water. Jorge no paraba de blasfemar al dios de los cristianos, mientras que Irina prefirió lamentarse de los kilos del finado. Jorge preguntó en voz alta, por qué directamente no lo tiraban al suelo en vez de tener tanta delicadeza.

—¿Vos sos idiota, mijo?

—Pero nena, a papá ya no le va a doler y yo me estoy por herniar.

—¡Respetá a tu padre, imbécil!

—A papá le hubiera divertido todo esto —dijo Jorge con un sollozo que se camuflaba entre los quejidos.

—Tenés razón — respondió luego de dejar en el piso al muerto. —Papá ahora nos estaría tomando el pelo.

Con cierta zozobra, lograron acostar el cuerpo de Ramón en el piso. Los hermanos se volvieron a abrazar para llorar juntos. Poco tiempo después, sonó el timbre. Toques cortos pero muy insistentes. Como si aún quedara prisa por solucionar lo imposible. Jorge acarició el rostro de su hermana. “Andá a abrir vos, que ese es Fabián”. Cuando Irina estaba por llegar a la puerta del baño, Jorge le pidió que antes de mostrarle el cuerpo, le contara de qué murió su padre. “¡No le hagas lo que me hiciste a mí, abombada!”.

La puerta se abrió y Jorge escuchó de lejos los lamentos de sus hermanos. En el momento que estaba por salir del baño en búsqueda de Fabián, se dio cuenta que tenía los dedos anular y meñique de la mano derecha embadurnados en la mierda de su progenitor. Jorge volvió a blasfemar contra el Padre, contra el Hijo y contra el Espíritu Santo, mientras se lavaba la mano con asco. Y así encontró Fabián a su hermano y a su padre. Al ver a su padre en el suelo, lloró más fuerte que antes. Jorge terminó de limpiarse los dedos y abrazó a Fabián. Por encima del hombro vio llorar a Irina. Luego de un silencio prolongado, ella les pidió a los vivos de la sala que por favor se retiraran del baño.

“Nos agarraste justo en pleno proceso de adecentar a papá”. El comentario de Jorge dejaba pasar algo de ironía por algunos resquicios de lo tremendo del momento. Fabián apenas entendió que era una broma interna. Entonces tuvieron que explicarle cómo habían encontrado a su padre. El hermano mayor se paró al lado del water.

—Siempre pensé que toda muerte, desde la más heroica a la más trágica, al final es una muerte ridícula. Pero morir así, con este grado de sarcasmo, es digno de papá. —Jorge hizo una pausa dramática y con voz muy solemne, agregó —Y ahora les presento el arma letal.

Sin dejar de mirar a sus hermanos, la mano derecha de Jorge apuntó al contenido que flotaba en las aguas del inodoro. Irina y Jorge se rieron fuerte. Fabián sonrió, pero la gracia no le cayó tan bien.

Los tres se retiraron del baño para sentarse en los sofás del living. Necesitaban un poco de calma. Jorge empezó a hablar de los trámites que debían realizar, de los deudos a quien avisar y de las cosas que se podían repartir. Los tres convinieron que Irina se quedaría con la casa, ya que era la que menos tenía. Y mientras Jorge sacaba cuentas e Irina pensaba en el vacío de la casa sin su padre, la mente de Fabián había conectado con su infancia.

—¿Se dan cuenta que no solo se murió papá, sino que se fue mucha parte de nosotros mismos con él? —el silencio de sus hermanos alentó a que Fabián continuara—. Se acaban de morir todos nuestros relatos de niños. Mamá y ahora papá, se llevaron esos recuerdos de nosotros que ni nosotros mismos sabemos. Jorge… ¿Vos te acordás de tus primeros pasos? ¿De tu primer diente caído? ¿Y vos Irina…? ¿Cómo fue tu primer día de escuela?

El aire mudo agrandó aún más el living. Nadie supo cómo volver al hoy; al padre muerto, a la casa vacía. Los tres se pensaron niños. Intentaron retener aquellas ideas que sus mayores les contaron sobre sí mismos. Se percataron que, junto a Ramón Gómez del Percal, se iba también una parte de su propia historia.

Irina intentó descifrar cuál era el recuerdo suyo más lejano. Jorge, en cambio, se quedó pensando si sus padres pudieron disfrutar a pleno de sus primeros años o se les escapó entre los dedos, como le había pasado a él con su hija mayor. Fabián, por su parte, se estaba viendo a sí mismo andar en bicicleta impulsado por padre. El silencio duró un rato largo.

El ambiente que sin querer había armado Fabián, se rompió cuando sonó el ringtone de un celular. Irina, al escuchar el ruido pensó en voz alta en la tía Elvira, hermana de su padre. ¿Quién le avisa a la tía? Los ojos apuntaron a Jorge. Jorge, en cambio, miró al techo. Pero Fabián le arrimó su celular y lo tocó para que la llamara. Maldijo su fama de frialdad.

El dolor de la tía se hizo patente en el oído del mayor de los sobrinos. Jorge se paró y deambuló por la habitación, tratando de contener a la mujer al otro lado de la línea. Pero solo podía articular monosílabos y frases hechas. El problema se generó cuando la mujer preguntó de qué había fallecido su hermano. Luego de un improvisado concilio, Jorge sentenció

—Elvira, tu hermano murió de un infarto por hacer esfuerzo físico.

—Yo siempre le dije que se cuidara, sino un día iba a cagarla feo.

—Justamente tía. Justamente.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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