Ya no tengo más poemas de amor

Y

Una cara masculina con perfil de Adonis latino, desencajado, insulta a la cámara que lo filma en primer plano. Él, le protesta a una mujer que se va, que está en un lugar que no vemos. Que en verdad nunca vamos a ver, porque la actriz que hacía el papel de la pareja de este actor, falleció por sobredosis nueve días atrás.

En el parlamento, el actor lanza amenazas pero habla como si no tuviera alma. Repite las palabras que escribió un guionista para poder terminar historia, hace algunos ademanes. Es un ser alienado que pronuncia palabras vacías. Está forzando la máquina para cumplir con el rodaje. Y a unos siete metros de él, el director mira el monitor que le muestra lo que ve la cámara. Pone cara de que algo está raro. La toma sale mal. El gesto no es el adecuado. El director pide que se detengan todos y el actor deja de hablarle a ese ojo de Cíclope, dónde se podría ver a sí mismo de lo cerca que está, si no estuviera tan concentrado en insultar a una muerta que se debería estar alejando en este momento.

—Gastón, yo sé que esto nos remueve mucho, pero tenemos que volver a trabajar. Ya lo hablamos.

—El show debe continuar —ironizó el actor.

—El show es una mierda, Gastón. Pero ya lo hablamos. Comemos de esto.

—¿Y si no quiero seguir?

El director va hasta el set dónde esta parado el actor. Lo mira y después de unos segundos, le pone una mano en el hombro. Le pregunta si prefiere salir un poco a tomar el aire de la noche. El actor accede y se van a un patio enorme. Hace frío. El director le pasa una caja de cigarros. El actor saca uno, lo huele y lo prende. Deja que el humo quedé en sus pulmones un poco más. Lo suelta, junto con un suspiro.

—Sabiás que ella y yo…

—Si.

Silencio.

—Le quería decir muchas cosas. Pero siempre me la jugue al tipo duro. Ahora todo lo que le iba a decir, me lo tengo que meter en el culo.

—¿Ella sabía que vos…?

La frase queda abierta. Nadie remata. Entra el asistente del director que pregunta cuánto dura la pausa improvisada. El director le hace un gesto con la mano, apenas perceptible. Entiende el gesto y se va. El actor sigue mirando un horizonte que está a cuatro metros de distancia en el patio interior, de una casona estilo casco de estancia del siglo XIX.

El director le apoya la mano en el antebrazo. Lo apreta un poco y le pide comprensión, antes de volver al set. El actor sonríe tímidamente. Asiente. El director se va. Ahora solo, el actor vuelve a suspirar pero mucho más fuerte que antes.

Se endereza, casi de un salto. Se levanta. Tira el filtro del cigarro y entra. Se para en al costado del camarógrafo y este le comenta al pasar que él puede. Le aconseja que se suelte y que deje que su hablen sus sentimientos. El actor, le da la razón y le agradece el consejo. Se escucha que el director da las indicaciones para volver al rodaje. Cada uno hace movimientos acordes a su labor. Hay murmullos. Todos se cuadran, como un ejército a punto de atacar. El director da la orden y la cámara se enciende. El actor mira fijamente el reflejo de su cara en el vidrio del lente.

Quiero que sepas que te amo
Y que te ame.
Que siempre te ame.
Desde que te vi cruzar la puerta
por primera vez.

El director mira al resto sorprendido y revuelve sus apuntes. Se saca los auriculares, mientras mira a su asistente con ojos extraviados. Ambos se dan cuenta que el actor está improvisando.

Con tus ojitos escondidos en tus lentes,
tu diente apenas torcido,
tu voz dulce,
tu mirada lasciva,
y tu sol escondido detrás de un mar de calma.

Me diste tu alegría
Me diste tu calor
Me diste los mejores consejos
y me enseñaste a vivir.

Todo lo que fuiste, era hermoso.
Pude ser parte de vos
Y ese es mi orgullo.
Pero ya no estás.
Te vas.
Y lo único que me quedará es tu ausencia y mi dolor

El frío, de golpe se vuelve más frío. Todos sienten que ese hombre no le habla a la mujer que se va. El silencio se materializa en una concentración profunda. Ese hombre está procesando el duelo, frente a todos sus compañeros de trabajo. Y ellos se están percatado que las sonrisas y los abrazos, eran de una complicidad mucho mayor que la del resto de los actores. El director estira el brazo, y con la palma de la mano apuntando al suelo, les hace una señal a todos para que nadie se mueva. Está resolviendo dejar este monólogo como final de la historia.

Hoy te vas de acá,
de estás paredes
que cuando vos estabas
dejaban de ser de cartón y madera,
Para ser nuestro refugio inexpugnable.

Hoy te vas de acá
y ya no puedo seguirte diciendo
las cosas que nos dijimos.
Ya no me quedan palabras.
Ya no tengo más poemas de amor.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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