Cococho

C

—Bo Charly, enseñame a sumar.

Charly en verdad se llamaba Flavio y en ese momento cargaba cajones sobre la chata de un camión Leyland, tan viejo como su dueño. Los compañeros del puesto le llamaban así, porque su parecido con el exfutbolista de Peñarol, Carlos Bueno, era tan grande que más de una vez lo habían saludado en la calle pensando que era el delantero artiguense. Eran las cinco menos diez de la mañana de un sábado invernal y Charly no paraba de acarrear cajones de verdura. En unos minutos, saldrían de aquel gélido y bullicioso Mercado Modelo rumbo a la feria del barrio Colón, al norte de Montevideo. No había tiempo para ponerse a charlar.

—¡Dale, bo! ¡No seas sorete!

El que insistía era “El Cococho”. Un hombre de edad indefinida, negro y con una aureola de nieve perpetua alrededor de las sienes, que simulaban ser motas. Cuando reía, se le podía ver el canino derecho en el maxilar inferior y dos premolares en el maxilar superior. El resto, era todo una lengua rojiza, que se sacudía frenética. El Cococho, uno de los tantos changadores del Mercado, perseguía a Charly como esas moscas molestas que se empecinan en volver una y otra vez. Y el feriante lo espantaba como podía mientras empujaba un carro el doble de alto que él, cargado hasta arriba de cajones de madera con una inscripción pintada: el apellido Bardesio.

—¡Correte abolla’o! Ya te dije que otro día. Hoy no jodas porque el Tano anda infumable. 

El Tano era el dueño del Leyland y de uno de los puestos más grandes de la feria de Colón. Cada sábado, ese mercado a cielo abierto congregaba a miles de vecinos del barrio y de barrios vecinos. Hacía ya 23 años que el Tano, comandaba un fuerte levantado con lonas, cuerdas y cajones. Su séquito era, en su mayoría, gente joven y fuerte. Con excepción de tres hombres mayores de 50 años, con los que comenzó sus andanzas en las ferias barriales allá por los años 90 del siglo pasado. Ahora era uno de los puesteros más importantes del norte montevideano, tanto los sábados en Colón como en la del barrio Peñarol los domingos. 

—Bo, el Tano me dijo que me pone fijo si aprendo.

Cococho era analfabeto. Nacido y criado en Caraguatá, un pueblito al sur de Tacuarembó, era el quinto hijo de una familia de once hermanos. A los quince años, se fugó de la casa paterna. Primero rumbeó a la ciudad de Tacuarembó. El esfuerzo físico llegó pronto, cuando consiguió un lugar más o menos estable en los almacenes de Don Rogelio Tiscornia. En aquel lugar se dedicó a cargar y descargar camiones. Con la mayoría de edad, vinieron las ganas de progresar. Y junto a Geremías, un amigo tres años mayor que él, decidieron probar suerte en la capital. El shock fue grande.

—Dejá de hincharme las bolas, Cococho. ¡Correte! ¡Me vas a hacer tirar todo! 

En aquel sitio, cuidar la mercadería era importante. Pero cuidar los cajones, más importante aún. El sistema era el siguiente: los puesteros compraban cientos de kilos de frutas y verduras por día. Para el traslado y exhibición de los productos en las ferias, se utilizaban cajones de madera (de aproximadamente cuarenta centímetros de ancho por 60 de largo y 25 de profundidad) que se alquilaban. El dueño de los cajones anotaba cuántos le alquilaba a cada cliente. Y como contrapartida, les daba un papelito, hecho a mano de manera muy rústica. Si el cliente perdía el papelito, por más que devolviera los cajones, no cobraría la garantía. Entre los puesteros se decía que se pagaba más de cajones que de mercadería. 

—¡Dale Charly! Ya no pue’o má’ de changador. Ya toy viejo y no doy má’. Y vos sabé’ que si el Tano dice que me lleva, me lleva.

Cuando Cococho y Geremías llegaron a la capital, estuvieron a la deriva, siendo dos auténticas almas en pena. Fueron rechazados en todos los lugares donde se presentaron para pedir algún empleo zafral, como hacían en Tacuarembó. El apremio los llevó a robar carteras a las viejas en fechas de cobro de la jubilación. Luego, con un poco más de confianza y algo de experiencia, asaltaron comercios. Era el año 1972 y vivían en un conventillo por la calle Gaboto. Los tiempos se volvían cada vez más difíciles y pensaron que no tendrían lugar donde caerse muertos. Hasta que Geremías lo supo pronto: cayó asesinado en la esquina de Siena y Juan Arrieta, una mañana en la que el dueño del comercio que pretendían asaltar, lejos de amilanarse sacó una escopeta y tiró. Cococho, que había ido de campana y estaba más lejos, huyó corriendo por las callecitas del barrio hasta meterse en el Mercado para camuflarse. Aquel lugar era ideal para esconderse. Una superpoblación de carros, camiones o cajones, pero sobre todo, de gente de lo más diversa, servía para perderse de la cana.

—¡Ahora no puedo, loco! No seas malo… Si me pongo a boludear con vos no salimos más de acá. 

El Mercado Modelo nació para concentrar la mayor parte de la producción agrícola del país, con el fin de suministrar alimentos a una ciudad pujante como lo era la Montevideo de los años treinta del siglo pasado. Se pensó, como su nombre lo indica, como el arquetipo de los futuros mercados de abastecimiento. El espacio era considerado una obra faraónica. que se distinguía desde lejos. Y como todo lo que por aquel entonces simbolizaba modernidad en la capital uruguaya, fue construido en un riguroso estilo Art Decó. Pero como suele suceder, el paso del tiempo tiende a empequeñecer lo que antes fuimos y solo nos queda como consuelo, rememorar los logros de antaño. Para principios de la década del 20 de este siglo, el Mercado se tendría que mudar por falta de espacio. De todas maneras, aún es el año 2012. Cococho y Charly seguirán cargando cajones por un tiempo más en ese mundo de carros, montacargas y gente que va y viene a toda velocidad entre pasillos estrechos. 

—¡Dale bo! Hablá con el Tano pa’ que me lleve. Yo voy y dispué que termine la feria hasta me vuelvo solo. No jodo pa’ nada, Charly.

Cococho, a pesar de ser un mercenario de la carga del Mercado, hacía once años que batallaba casi en forma exclusiva para el Tano. En todo ese tiempo, el puestero lo llevó a la feria como jornalero en tres oportunidades, más como premio que por necesidad de trabajadores. Siempre en ocasión de las fiestas de fin de año. Los changadores como Cococho eran útiles para la logística. Pero el Tano tenía una política bien clara: La gente que trabajaba en su puesto, tenía que estar en condiciones de colaborar si la cosa se complicaba. Por lo tanto, para tener un lugar en la feria, el dueño exigía tener nociones mínimas de escritura y aritmética. Si Cococho lograba aprender, formaría parte del staff de un top. Si no, seguiría sacando lo mínimo en el Mercado. 

—¡Claro que jodés, pelotudo! Aprender a sumar no son cinco minutos. ¡Andá y decile a tus amigas que te ayuden!

Cococho, como buen analfabeto, tenía una lección marcada a fuego: lo que no se consigue con conocimiento, se consigue con simpatía o violencia. Él prefería la primera, aunque de vez en cuando utilizara la segunda. Esa estrategia le salvó la vida. Sobre todo ahora, que su cuerpo ya no era el mismo y que la vitalidad se le diluía con la calma tortuosa de una condena firme. Para un hombre sin más propiedad privada que lo que llevaba puesto y los cartones que consiguiera para amortiguar el frío de las baldosas de la calle, su tabla de salvación era el refugio nocturno de las inmediaciones del Mercado. Y las trabajadoras sociales, el remo con el que llegar a algún destino. Para ellas, Cococho era su materia prima laboral. Para él, sus amigas. 

Pero Cococho siguió ahí. Hablando, metiéndose delante del carro, fustigando al empleado del puesto, implorando atención. Y Charly, solo quería terminar de atravesar aquel gigantesco galpón para descargar los cajones y salir cuanto antes.  

—Cococho… La concha de tu madre. Sos más pesado que sordo con tambor. 

Dicho esto, Charly suspiró y paró el carro a unos treinta metros del Portón 1. Escondido detrás de un montacargas vacío, bajó el cajón superior de la columna. Cococho miraba asombrado la escena. Cuando lo apoyó en el piso, Charly sacó una manzana y se la puso en la mano. 

—¿Qué tenés en la mano? —Preguntó Charly con una mezcla de fastidio y ansiedad.

—Una manzana.

—Perfecto. Una manzana. —Charly resaltó la palabra “una” con la voz y levantando el dedo índice de la mano derecha. Sacó otra manzana del cajón y repitió el procedimiento, pero dándosela en la otra mano.

—¿Que tenés en esa otra mano?  

—Otra manzana. 

—Otra manzana —dijo Charly como un eco. —O sea que tenés una manzana en la mano izquierda y una manzana en la mano derecha. ¿No?

—Si. —respondió Cococho con timidez. 

—Bueno. Ahí tenés una manzana con otra manzana. Son dos manzanas. Eso es una suma.—Charly agarró la mano izquierda de Cococho, con manzana y todo, y la intentó juntar con la mano derecha. 

—Ahhh.

—¿Sabés los números?

—Hasta el seis la tengo clara, porque el cinco de febrero era cumpleaños del Geremías y el seis siempre seguía la joda.

—Cococho, vas a tener que aprender los números —Dijo Charly con voz paternal. Por lo menos hasta el diez para empezar. 

Cococho suspiró y bajó los hombros. Charly vio aquel rostro curtido de sol, soledad y tristeza, sin posibilidades de progreso. Un hombre que solo tenía apodo, con manos desfiguradas por la artritis y heridas mal curadas. Charly pensó que a pesar de sobrellevar una vida sacrificada, comparado con la angustia de ese veterano, él lo tenía todo. 

—Aguantame acá. Dejo los cajones y vuelvo. 

Charly retomó el rumbo con los cajones. A unos treinta metros, vio a una de las cafeteras que andaba haciendo equilibrio con su canasto del super, lleno de tortas fritas, termos y bandejas, mientras que en la otra mano llevaba una bolsa de nylon blanca con decenas de bandejas de medialunas. Le pegó un grito por su nombre y la muchacha se le acercó. En un mundo sumamente machista y hostil, estas mujeres, en general jóvenes, deambulaban dentro del Mercado ofreciendo comida y recibiendo acoso. Charly le preguntó si conocía al Cococho. Ella le dijo que sí. Le hizo un pedido y ambos retomaron sus caminos. Cuando volvió, Cococho tenía un café por la mitad y le extendió el otro. Se repartieron una torta frita cada uno y se pusieron a comer. 

—¿Vos entendés que aprender a sumar es mucho? —dijo Charly tratando de ser amable pero realista.

—Sí, ya sé.

—Y te das cuenta que por más que yo me ponga ahora a explicarte, vos no vas a saber como para estar en el puesto. 

—Si, ya lo sé. 

—Hablá con tus amigas. Ellas sí tienen tiempo y se dedican a eso. 

—Lo que pasa es que vos sos el único acá, que me da pelota. 

Se quedaron mirando a los ojos unos segundo. Charly trató de sostener la mirada de aquel veterano pero no pudo. Hizo un intento de explicación que murió en un goteo de sílabas inconexas. Cococho lo paró en seco. 

—Dejá botija. No te gaste’. Ya sé que no ‘toy para aprender. Pero lo que sí sé, es que vos sos un tipo muy bueno. Gracia’ loco. 

Cococho apuró el cortado y arrancó a caminar rumbo a la calle. Charly lo quedó mirando cómo se iba. Sentía que tenía que hacer algo para generarle una nueva oportunidad a aquel  linyera. Cuando ya estaba a unos diez metros, Charly le gritó: 

—Yo hablo con el Tano para que te lleve. 

—Si querés… Pero sabés que es al pedo. 

Levantó el hombro derecho y retomó su rumbo. Sin mirar a Charly, Cococho le dijo que el próximo sábado ahí estaría para seguir cargándole los cajones. 

Más de...

Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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