Kilmon de Buenos Aires

K

Era la hora en que Buenos Aires se tiñe de dorado y lentamente, las luminarias de los comercios comienzan a encenderse. Ese punto justo en donde la tarde le da el paso a la noche. De fondo, el sonido denso de motores, bocinas y sirenas, llena los pocos espacios libres del microcentro porteño. Es la hora pico, en el epicentro de una ciudad siempre fervorosa. Hay quienes sostienen que las ciudades fueron creadas para escapar de Dios. Pero la París de América tiene el don particular de alejarnos de cualquier divinidad. 

Y si para Ernest Hemingway Paris era una fiesta, Para Julio C. Kilmon Buenos Aires era una fiestita. Sentía que ese lugar era su patria adoptiva. Él decía que era como su casa pero cuando vienen visitas. Hay ruido, color y un desborde de vida. Muy distinto a la calma de su Montevideo natal que, según Kilmon, era como estar en un perpetuo velorio. Apenas si había lugar para algunas risas en medio de tanta solemnidad. 

Para el escritor de Las tres viudas de Tulio, el lugar indicado para disfrutar de aquella jarana bonaerense era el Café Tortoni. Sentía que la mezcla del estilo tradicional junto con lo recargado de objetos de las paredes y el mundo de turistas de ese excéntrico café, era lo más parecido a su propia existencia. Es por eso que cada vez que cruzaba el Río de la Plata, le pedía a sus amigos reunirse ahí. 

Cuando Kilmon llegó, “la barra” lo estaba esperando hacía ya un buen rato. El escritor tenía por costumbre ir tarde a todos lados, mitad porque odiaba los horarios y mitad porque era una forma de que todos estuvieran presentes para ver sus entradas triunfales. La puerta de calle se abrió y el contraste de luz fue grande. Kilmon sintió que el sonido frenético de los motores, se convertía en una amalgama de voces, movimiento de sillas, pasos, cubiertos que chocaban contra la vajilla y gritos de los mozos. Un frenesí que borra el anterior. 

Vio a la barra de amigos al otro extremo del salón y se dirigió hacia ahí, con una sonrisa amplia que dejaba ver una muela de oro. Marchaba con un paso tan raro, que no se sabía si estaba pretendiendo desfilar con aire altanero, era un paso de comedia o tenía callos en los pies. El saco abierto del traje a cuadros en tonos de marrón y beige, dejaba ver por debajo un chaleco marrón tan apretado que revelaba algún que otro rollo cervecero. Antes de llegar a la mesa que lo convocaba, pegó algunos gritos como para que no quedara nadie sin que lo viera. Sus amigos festejaron la gracia con aplausos y se ganaron el acompañamiento de algunos turistas que creyeron que era un cumpleaños o una costumbre típica del lugar. 

Kilmon se sentó y comenzó su show particular. Contó los pormenores de un viaje exageradamente problemático desde Lima, donde pasó unos días en un congreso de letras. Habló de los problemas con un guardia de seguridad en el aeropuerto limeño, los líos de comunicación con uno gringos en el Free Shop, que no hablaban ni español ni inglés y la bandeja de comida que le sirvieron en el avión. Pero lo que arrancó verdaderas carcajadas, fue el momento en que descubrió que la vecina de asiento en el vuelo tenía dificultades para pronunciar la letra R. El escritor, contó con detalles precisos, cómo llevó la conversación para que la mujer tuviera que pronunciar esa letra una y otra vez.

Las horas pasaron. Si bien Kilmon lo estaba pasando muy bien con sus amistades, decidió que lo mejor era salir de manera tan intempestiva como había llegado. Es siempre preferible que hablen de uno cuando no está presente, aunque sea mal, a que su presencia pase tan inadvertida como un libro en una biblioteca. Fue así que el escritor se paró de golpe en medio de las risas y los comentarios acerca de una anécdota de las tantas. Como si estuviera haciendo un truco de magia, dejó ambas palmas de las manos expuestas para que todos las vieran y avisó que se retiraba porque a la mañana siguiente debía partir a la ciudad de Rosario, para dar una conferencia. Inclinó levemente la cabeza y encaró hacia la puerta de calle. 

En el momento que giraba, Kilmon tuvo la mala fortuna de empujar el codo de un hombre que estaba tomando un chocolate con churros. El hombre se estaba llevando la taza a la boca y el golpe lo hizo volcar. El tipo se tiró para atrás, lo miró con cara de querer asesinarlo y comenzó a protestar para que le pagara un nuevo chocolate. Kilmon no se inmutó. El hombre siguió con el berrinche, mientras él lo miraba de arriba abajo con repulsión. 

Ya se estaban parando un par de amigos de Kilmon, cuando les hizo un gesto corto con la mano para tranquilizarlos. Sin mediar palabra, sacó una pluma estilográfica que llevaba su nombre grabado, del bolsillo interior del saco. Se estiró por encima de la mesa y sacó una servilleta. Corrió un pocillo y se puso a escribir. Demoró poco más de medio minuto . Cuando terminó de escribir, lo dobló y se lo dio. El hombre lo abrió y leyó lo siguiente:

Cuando uno abre la ventana
y mira al cielo,
celeste o gris
lo mismo da,
lo único que ve
es que Dios nos miente
todo el tiempo.  

Julio C. Kilmon

Guardó lentamente la pluma y lo miró con ojos exaltados. Se inclinó un poco y dijo casi en un susurro:

—¿Te gustan los escritores o solo los que están muertos y en la vitrina? —señaló el busto de Jorge Luis Borges—. Dentro de unos años, una mesa de las que están acá va a tener mi nombre. Te dejo esto de mi puño y letra para que vengas a cobrar tu chocolatito. Con lo que va a valer eso, si querés te vas a tomar 400 chocolates con churros. Infeliz.

Automáticamente giró, metió las manos en los bolsillos del pantalón y rumbeó a la salida saludando con la cabeza y una sonrisa. El tipo seguía protestando, pero eso a Kilmon le pareció lo mismo que el caño de escape de una moto de segunda. Al salir, se detuvo unos segundos para darle paso en la puerta a unas turistas alemanas. Por el rabillo del ojo, vio cómo la gente lo miraba con asombro y de fondo uno de sus amigos y el hombre del incidente, discutían por la propiedad de la servilleta. Saludó a las alemanas y se fue, casi como uno más, por la Avenida de Mayo en dirección al Congreso. 

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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