Un elefante fosforescente

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“El río es un espejo que devuelve en largas líneas anaranjadas y brillantes las luces de la rambla. A sesenta metros de la costa, la chalana lenta transita aguas arriba recorriendo el espinel. Las manos curtidas de Justino Roa levantaban los sedales. La pesca había resultado normal; bogas, bagres y alguna tararira se amontonaban en dos baldes que una vez fueron de pintura.

»Metros más adelante en una canoa añosa y llena de parches de fibra de vidrio, Bernardo, su sobrino fumaba en silencio tras haber lanzado un par de aparejos. La canoa, colocada de forma perpendicular a la costa se mecía suavemente. Aguas arriba el reflejo de la luna era una estela plateada vibrando levemente en la superficie”

—¿Viste? -se dijo- es simple, ya tenés el escenario y no te tomó diez minutos hacerlo.

—Veo sí, veo…-se respondió en voz alta, riéndose de sí mismo-.

—Ahora es bien sencillo, los ponés a hablar en un tono costumbrista. Si pescan tanto seguro es que viven de eso; los llevas caminando o en bici a la casa, que va a ser en las afueras, o una tapera semiabandonada de esas que quedan en el lupanar, de las de adobes bien gruesos. Ya veo, un primus, o derecho viejo un tanque con un fuego dentro y los bagres esos saltando en grasa. ¿Sentis el olor?

—No no siento nada. ¿de qué olor a grasa me hablas? No seas fastidioso, que tengo que tener el cuento pronto y corregido para mañana a la mañana.

—No seas quejoso. Sabés bien cómo seguir. Se miran entre ellos; tienen claro que la pesca o se come rápido o, mejor aún, se vende. Se cambia por esas cosas que vos escribís siempre; harina, arroz, azúcar. Si tenés el recetario del pobre metido en cada gramo del cuerpo. Es bien simple.

—”Es simple” decís, ¿Y qué hacen, genio? Llegan, cuando el alba raya en el horizonte, comen y duermen. O llegan molidos de cansancio y frìo, duermen y cuando amanecen se desayunan un par de bagres fritos, con mate y galleta ¿y entonces, qué?

—No sé querido, el escritor sos vos. Yo estoy acá para ayudarte.

—Me tiene paspado lo costumbrista, prefiero que pase algo raro en el río… No sé, que encuentren algo; un cuerpo, un tesoro… o que vean alguien tirando algo del puente. No sé… una luz cegadora, un disparo de nieve, que los saque de esa cosa leeentaaa “el río era un espejo y la luna se reflejaba en estela plateadas y boludeces así”. Parece Corin Tellado, solo falta la empleada dejándose enamorar por el hijo de la dueña de casa.

—¡Ah! ¡Tu cuento quiere acción! Entonces pensá como en el cine. Seguí la cámara. O bien se oye el chasquido de algo que cae en el agua, y nos volvemos todos a mirar, tomados por la sorpresa; o bien ponés al más joven, el que fuma, mirando la nada, y de pronto ve unas luces que se detienen en mitad del puente y sacan un bulto de la maleta del auto.  Hasta  podes tener un policial ahí, porque si lo tiran al agua seguro es un cadáver o algo muy comprometedor, nadie tira un bulto de veinte metros de altura ¿no?

»Y ellos descubren y tienen que debatir y debatirse sobre qué hacer. ¿Acudir a policía, o no? Ya de paso aprovechas y dejás un poco en ridículo a los milicos, como hacés siempre, que a cada rato tirás mierda contra la autoridad.

—Pero me repito, viste. Miralos, ahí, uno en una chalana con dos baldes llenándose de pescado de río, que es un asco además -pura grasa-, se nota que nunca comiste. Y de golpe el cuerpo sale flotando a la superficie, porque va a ser un cadáver.

»Una gurisa joven, con la cara llena de moretones. Se ve que la mataron a golpes, hasta podria relatar los detalles de la violación y alguna cosa más. Algo de gurises ricos, de los nenes bien del pueblo. O podemos meter al hijo de puta de Simoncelli, el diputado ese, gordo alcahuete de los estancieros desde que iban a la escuela. 

»Cómo salió de pobre el chupapija, juntando votos entre el pobrerío a pura sonrisa y tragos pagados en el bajo y haciendo todos los mandados de los dueños de los mejores campos del país. 

»Una de esas festicholas de políticos con algunos invitados de Montevideo, gerentes de banco, directores de empresas públicas, otros diputados. Y la pendeja que se pasa de merca, o alguno de estos animales que se entusiasma y la revienta. Hasta podemos meter políticos y gurisitas argentinas ahí, bien “Samantha, toda la noche se la banca”. ¿Ilya Kuryaki o Rodrigo? Hay que armar una banda de sonido.

—¡Ahi va! Truculento y con un toque bien de película clase b, con políticos bien gordos, corruptos, babosos, como pa escandalizar a las conchudas de las feministas. ya lo tenés

—No… con todo eso terminan siendo como 20 páginas, y ni así zafa de ser un panfleto

»Este hombre, el locutor que nos graba pidió algo cómico, “nada de draaamas chicos”. Y hace días que ando pensando. Una profe de letras me dijo la semana pasada “probá la técnica del elefante fosforescente”

—¿La qué?

—Es sencillo parece, solo tenés que meter algo inesperado e insólito, que te saque de los lugares comunes. 

»¿Te imaginás? Un elefante fosforescente, hasta te cambia la iluminación de la escena. Los rostros verde neón, brillando intensos, con las sombras super exageradas. Casi como en un cuento de terror de campamento juvenil.

—Un elefantito así, chiquito, que iba en la maleta que tiraron del puente y se abrió al caer, y queda ahí flotando -porque tiene que flotar-, si se te hunde ya tenés que escribir “Nemo y Dory van al río negro”

—El elefantito flota en el agua, y cuando Roa y el sobrino llegan ven que está lleno de peces, que se juntan casi con las manos, como en un milagro de pesca a la encandilada. Haceme acordar de poner un par de calderines en la chalana, que solo llevan los baldes, el vino y los aparejos.

—O es un elefante más grande que de golpe brilla, y flota cayendo. Ponés niebla en la noche, y desde la ciudad, si anda alguien, solo se ve un resplandor. Al otro día todo el pueblo habla de las luces nocturnas sobre el río, en el informativo, en los programas de la mañana y la tarde, tejen hipótesis y nadie sabe. Hasta informes para los canales de la capital. 

»Abrigame bien a esos dos en el bote, que se van a engripar, muchacho. Viste como se pone el río en invierno ahí. 

—Ta, o mejor no es un elefante, es un chancho volador, que llega desde Battersea, la planta de electricidad de la cubierta del Animals, y tenés todo. Si se pudiera describir los pasajes de sintes de Sheep, ¡estaría divino! Pero es tan difícil escribir de música…

—Sí sí, dejate de joder con los discos. Además al pianista ese, nadie le va a dar pelota, a quién se le ocurre meter eso en un cuento. Dejá la pavada para otro día, volvé a lo que sabés

—Tendría que probar algo cómico.

—¿En el río ese, a la noche? Hacelos caer al agua, como en una de los tres chiflados. Y que se digan disparates, en párrafos largos llenos de palabras mal dichas, o de un lenguaje que no hablarían, como si fueran los dos tipos del Ulises, pescando en el río de tu pueblo. Lo veo todo al Mulligan, sentado en la chalana, esperando el amanecer para afeitarse, desayunar una buena boga frita con cebolla y panceta, un té bien cargado y dulce y volver al libro, que ya anda Joyce preocupado de que no los encuentra.

—Ahí va, y los puedo juntar con otros. No sé, uno de los gurises del entierro del Faulkner, el joven atropellado del caballo ¿cómo se llamaba ese? O el Marlowe del cuento de Soriano, ese que es recio y triste, como un Humphrey Boggart millenial, que siempre parece a punto de llorar porque alguien pisó una hormiguita.

—O el infeliz del cuento de los astronautas, el que cae a la tierra de nuevo, ese que escuchamos en el podcast el otro día. ¿Cómo se llamaba el tipo? Ni del nombre del cuento me acuerdo…

—¿Ves? Ahí tenés tu cuento! El tipo cae al río negro al lado de los dos pescadores estos tuyos que están emborrachándose con un vino, y contando historias de fútbol y quilombos,  mientras recorren el espinel, porque son dos ingenieros que en verano se van siempre a pescar al río negro, Y de paso ven el festival ese de Jazz en la calle.

»Viste que no era tan complicado. Solo tenés que traerlos juntos y seguro algo cómico se dicen entre ellos. Mirá si no terminás hasta pescando un cuento.

Con ojos cansados leyó de nuevo las dos páginas, se vio por un segundo reflejado en la pantalla, y suspiró. 

A lo mejor el cuento no estaba oculto en sitio alguno, sino simplemente titilando en las asociaciones que hacía entre un mate y otro. Recordó el final de uno de los cuentos de Juceca, cuando a segundos de darse de frente contra un tren, sin escapatoria posible, la voz el relator había gritado “¡Paren el cuento!”.

Soltó una carcajada, cerró la laptop, abrió el whatsapp y escribió “ya tengo el cuento para mañana”.

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

4 comentarios

  • Bien cuento de locos,,buscando mentalmente y en voz alta, causas y cosas para armar un cuento,,,Que entre tantas ideas,idas y vueltas,,,se armó,mientras los pescadores fueron protagonistas sin querer,,,y sin enterarse, Me gusto,,, ésta locura,de escribir, así,sin contar nada,,,

    • nunca mejor dicho, “cuento de locos” “que cuenta sin contar nada”. Gracias por la paciencia de leer, y el gesto tan lindo de comentar.

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