Corazán

C

Darío se levantó derecho a la cocina y cuando fue a hacerse el desayuno, se percató que no le quedaba ni pan ni leche. Su esposa ya se había ido al trabajo, y con ella, sus dos hijos a la escuela. A él le quedaba una hora y media para que lo viniera a buscar su socio del estudio contable. La agenda le marcaba una reunión con un cliente que pretendía cerrar un negocio bastante importante. Pero ahora, más que nervios o ansiedad, tenía hambre. Así que, apenas se lavó la cara y salió a buscar comida.

Caminó hasta la panadería como un autómata, pensando en las necesidades del cliente y ensayando un discurso sobre los puntos altos del informe que redactó. El cerebro ya estaba enfocado en el trabajo. Pero el estómago, cada dos por tres le recordaba que se dejara de jugar con ideas y acelerara el paso. Darío entró a la panadería medio malhumorado.

“Hola vecino. ¿Qué va a llevar?”, dijo una voz de mujer joven. Y Darío se quedó en silencio. Entraron tres personas, mientras el contador libraba una batalla entre el informe y los jugos gástricos. La mujer ubicada del otro lado del mostrador, repitió la misma frase, suprimiendo la palabra hola. Y Darío levantó la cabeza.

—Perdón, estoy en otra. —dijo con una voz que pareció el sonido de una tuba afinada en do.
—Elija tranquilo. Si quiere voy atiendo a otra persona y después sigo con usted.
—No, no, ya sé lo que quiero. ¿Tienen pan porteño?
—No. Solo me queda: flauta, galleta de campaña y tortuga.

Darío se quedó mirando a los ojos de la joven. Era lo único que se podía divisar de su cara, entre el tapabocas y la cofia. Eran afinados, de color ámbar y serenos. Se percató de que le sonreían, casi como si lo conocieran de toda la vida. Darío a esa panadería no iba nunca. Esta vez, fue la urgencia por saciar el hambre lo que lo impulsó a entrar. Lo raro era que aquella joven, le parecía muy familiar.

—Mejor voy a llevar bizcochos. Me están tentando.
—Bueno.

La joven comenzó a moverse ante las indicaciones de Darío, dejando caer una risa que estaba a medio camino de la ingenuidad y de la malicie. Aquella mujer que no pasaba del metro sesenta, iba y venía detrás del mostrador, con una agilidad que la hacía parecer más liviana. Era como ver a un colibrí libando entre los bizcochos. Y Darío se quedó observándola. En el momento que la muchacha se agachó a sacar unos pan con grasa, a la muchacha se le desacomodó la cofia.

La joven terminó de atender a Darío y lo saludó. Mientras él hacía fila para pagar en la caja, aprovechó para seguir los movimientos de la muchacha. Ella, antes de atender al siguiente cliente, se tomó unos segundos para acomodarse bien la cofia. Durante esos instantes, Darío pudo ver cómo una cortina de pelo lacio color caramelo, la abrazaba hasta los omóplatos. Veloz, recompuso el rodete y le pasó los cordones de la cofia por debajo. Ya que había parado para acomodarse el uniforme, extendió la pausa para tomar un poco de agua. Lo que vio Darío, lo maravilló.

La muchacha mostró su rostro durante un lapso de aproximadamente veinte segundos. Ahí Darío hizo la conexión de ideas: Era igual a Daniela, su primera novia del liceo. Pero era evidente que no podía ser, porque el tiempo pasa y aquella relación fue aproximadamente cuarenta años atrás. Sin embargo, esta muchacha era exactamente igual. Tenía el mismo pelo, los mismos ojos, la misma estatura, la misma sonrisa y hasta la misma forma de caminar. Encima, cuando se corrió el tapabocas, se encontró con la misma boca de labios finos y esa nariz respingada que a él le gustaba acariciar.

La fila se movía, pero el contador no. Ya no se percató que los demás lo miraban, que tenía que hambre o que su socio estaba por llegar. Nada de eso importaba, cuando ahí enfrente, estaba la mujer a la que le dio su primer beso, escapados del liceo en plena rateada colectiva del 2°B, una tarde de otoño. Su mente le decía que era imposible que no tuviera ni una sola arruga, mientras que el pulso se le empezaba a acelerar y sentía un temblor extraño en sus antebrazos. Hasta que no pudo más. Darío rompió la fila.

—Perdoná. ¿Vos sos Daniela? —el contador se metió delante del cliente que estaba atendiendo sin darse cuenta.
—Sí —dijo ella con mucha timidez.

Y a Darío se le dio vuelta el mundo. Daniela volvía a estar frente a él. Y él se sintió una insignificancia. Un mostrador de vidrio lleno de corazanes dulces, le impedía acercarse y saludarla como merecía. Solo pudo esbozar una sonrisa estúpida que quedó oculta por un tapabocas común y corriente. Su emoción lo congeló. Las manos le transpiraron.

Se acordó automáticamente de la tarde de aquella fuga masiva. Ella le pidió que la acompañara a comprar unos ojitos a la fotocopiadora de la vuelta del liceo, solo para separarlo del grupo. Ambos se sonreían de una manera distinta, mientras caminaban hablando de cualquier cosa. Cuando estaban a dos cuadras, ella le confesó que no quería volver con los demás. Él se había quedado pasmado. Ella le agarró la mano, fría y un poco sudorosa. Los dos se rieron cuando ella comentó que tenía manos de cadáver.

—Son los nervios, que es casi lo mismo— soltó Darío a media voz, tratando de parecer ingenioso.
—¿Nervios de qué? —dijo Daniela con una sonrisa tímida.
—Te lo tengo que decir. Me gustás mucho.
—Yo también gusto de vos.

Eran dos paracaidistas que se estaban a punto de tirar por primera vez. Abajo, el abismo; arriba, el cielo. Y cualquiera de las dos opciones, si era juntos sería buena. Él, sin pensarlo, acercó su cara. Ella cerró los ojos, porque así era en las películas. Él la imitó. Y aquel contacto corporal, extraño y grotesco, les hizo vivir un vértigo nunca antes experimentado. Para cuando se abrieron los paracaídas tras el salto, solo podían verse los ojos. Unos ojos que sonreían.

—¿Daniela Martirena? —preguntó Darío con alegría.
—No. Daniela Gainza —dijo la voz al otro lado de los corazanes.
—Ahhh… ¡Qué casualidad! Sos muy parecida a una persona que conozco y encima tenés el mismo nombre. Perdoná… Pensé que te conocía.
—No pasa nada, vecino.

Ella le sonrió, detrás del tapabocas. Él se apuró para pagar y salir de ahí. Su mente había quedado en blanco. Luego, como si fuera un celular al que le está volviendo la señal de cobertura, empezó a recibir imágenes. Primero, la de su hijo menor. Atrás, su hijo mayor. Acto seguido, su esposa. Y a la media cuadra, su socio y la reunión con el cliente. Cuando estaba llegando a su casa, su estómago se acordó cual era el motivo de la excursión diurna por el barrio. Antes de abrir la puerta, metió la mano en la bolsa y sacó un bizcocho. Lo primero que encontró fue un corazán dulce.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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