Vuelos internacionales

V

¿Cuándo fue la última vez que te subiste a un tobogán? Quizás haya sido hace poco tiempo y lo puedas recordar, pero por lo general suele suceder que, sin saberlo, es el último día de algo que dejás atrás. No hay despedidas, no hay dolor. Siempre podés volver, claro. Pero sin que te des cuenta, el destino te tiene preparado el retiro. Te bajaste de ese tobogán y al mismo tiempo, te jubilaste. No hay partido despedida ni acto solemne. No hay adiós.

Yo adoraba las hamacas. Desde chico, me gustaba subirme y jugar a que estaba volando. Pero no como si tuviera un superpoder o fuera un animal. No, no. Yo soñaba que era un simple mortal que se subía a un avión de línea y lo conducía. Entonces, como si fuera el piloto, me ubicaba en la cabina y me disponía a emprender el viaje. Me agarraba de un lado, me agarraba del otro, sin prisa porque tenía que chequear que todo estuviera bien. Los controles previos son tareas muy importantes. En general consistía en analizar unos tornillos oxidados, que vaya uno a saber quién les hacía mantenimiento. Si alguien observaba la escena desde afuera, pensaría que simplemente estaba demorando antes de soltar los pies del piso, pero en mi cabeza dialogaba con la torre de control, pidiendo permiso para el despegue. Ponía los pies en posición mientras controlaba el tren de aterrizaje, los motores y esperaba las indicaciones de los controladores aéreos. Mientras tanto, anunciaba por megafonía interna a los pasajeros imaginarios las condiciones meteorológicas, la ruta y la inminente partida. Nunca demoraba mucho, ni el chequeo ni la orden, porque tampoco es que fuera tan exhaustiva. La ficción se permite ciertos lujos; la realidad no tiene tantos privilegios. O sea que impulso va, impulso viene, hacer carretear la aeronave y tomar altura.

Cada vuelo tenía algún condimento especial. Básicamente porque cada viaje es único. Recuerdo una hamaca en particular. Estaba frente a mi casa. Era una belleza. Cuando el movimiento pendular alcanzaba el máximo, hacía un chillido cortito pero fuerte. Casi como si pronunciara la letra i tres veces. Al llegar a ese nivel, ya tenía la posibilidad de entrar en velocidad crucero. Era el momento de encender el piloto automático y planear libremente. La aeronave ya podía hacer lo suyo.

Mientras tanto en ese instante y sin la necesidad de cambiar de lugar, soslayaba mis responsabilidades de piloto para convertirme en un pasajero más. La tabla de madera, que antes era cabina, pasaba a ser un asiento de primera clase (si vamos a soñar, que sea con todos los privilegios). Me disponía a gozar del vuelo tras haberlo pagado, haber hecho la cola e inclusive todos los chequeos previos. Debido a no sentir la presión de llevar a casi 100 o 250 vidas a mis espaldas, me entregaba a mirar por la ventanilla y observar el paisaje. En general, muy suelto de cuerpo, durante largas horas. Así son los viajes.

Y desde arriba la verdad que la vida toma otra dimensión. Aquel piso de pedregullo, ya sea con charcos o seco tras largas semanas sin lluvias, otorgaba generosas vistas desde el aire. Muchas veces, sobrevolaba ciudades con sus diminutas casas. Otras eran paisajes rurales. En pocas oportunidades sobrevolaba ríos u océanos. Pero cada trayecto tenía una intensidad propia.

En la gran mayoría, los aterrizajes eran en el punto de destino estipulado. Pero de tanto en tanto (ya sea porque me llamaba mi madre o porque encontraba a alguien más para jugar), tenía que realizar aterrizajes forzosos. En todas las oportunidades, eso sí, las maniobras culminaban bien. Es lo que tenemos los pilotos avezados.

Lo más curioso de todo era que nunca había volado. Mis pies nunca estuvieron más altos, de lo que un niño promedio de un barrio promedio de la periferia de una ciudad promedio puede estarlo. Pero aquel vaivén de cara al cielo o al suelo (según sea el punto en que uno se encuentre en el péndulo), resultaba lo más parecido a una travesía aérea. Y la imaginación hacía el resto.

Oficialmente nunca llegó el momento de la despedida. No recuerdo cuando fue el último vuelo. No hubo una pasada por debajo de los arcos de agua, no hubo un último sello en el pasaporte. Vaya uno a saber si el avión quedó en un hangar de Lisboa, Lima o El Cairo. Lo cierto es que uno termina por no saber en qué lugar dejó estacionada la niñez.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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