Destierro

I

Le dolían todos los huesos y el cuello, rojo de sol, ardía como una brasa.  La silla del escritorio le resultaba un potro de los que se veían en los documentales sobre la inquisición y el calor de febrero no ayudaba en nada a aliviarlo. A fuerza de hojas de laurel mantenía a raya las moscas de la tarde y los mosquitos por la noche. El cuarto en semi penumbra no era fresco, pero con voluntad, y unas hojitas de menta en un vaso, engañaba un tanto.  Hubiera querido conseguir aloe, pero irse hasta el centro a robar alguno a los jardines de las casas enrejadas de los dueños del pueblo le daba una pereza enorme.

Había apostado que podía escribir un cuento en un día, y desde las ocho de la mañana la pantalla era un pantano blanco, con una barrita que se le antojaba una mueca irónica en su tintineo permanente. Ya había tomado un termo y medio de mate, con un resto de galleta de campaña. Necesitaba yerba, pero no saldría hasta la tarde, con el cuento ya avanzado, o cuando se le terminara el tabaco, lo que sucediera primero.

La situación era ridícula, y más aún en medio de aquel sopor, pero para el vasco Julián Irigoytía, la apuesta era de vida o muerte. Un cuento en un día contra los seis meses de alquiler que debía en la pensión de la Negra Bethania. Ni ella, ni sus dos hermanos eran gente con la que uno quisiera estar de malas. El farwest siempre fue un poroto comparado con la justicia por mano propia en el bajo de Melo.

La Negra, -dueña de la pensión- era una mujer en sus cuarenta, hecha y derecha; con cierto gusto por las historias bien contadas -o leídas-, los guisos picantes, la naturaleza en estado casi salvaje, y -en ciertas ocasiones- la caña blanca, sin hielo. Siendo joven se había casado con el hijo de un médico reconocido, cuyo amor por esta beldad afroamericana nacida en las calles del bajo y criada en un colegio de monjas, no fue suficiente para evitar que se enredara en cuanta pollera se le cruzara en la sociedad melense. 

Cuando tres años después del matrimonio, apareció con la cabeza destrozada a la salida de un motel, la policía no hizo preguntas, la familia del difunto tapó como pudo las circunstancias de la muerte, y Bethania heredó un caserón de ocho habitaciones y dos patios. A fuerza de laboriosidad e ingenio, lo convirtió en un hospedaje para viajantes médicos y polìticos en giras de campaña, que con los años mutó en pensión para algunos habitués. Tras la manera horrible en que enviudó, no se le conoció hombre alguno. Ni mujer.

Sentado, Julián bocetaba situaciones que duraban lo que un lirio. Nada que deviniera en el cuento necesario para saldar su deuda. Desechó por imposible el relato de un hechizo que robaba las palabras a un novelista famoso. No dejaba de ser un muy mal chiste.

Jugó un rato con la descripción de una orgía protagonizada por dos lobas marinas y un sireno macho, mudo y con una verga enorme. Imaginó un segundo a Bethania leyendo aquello y vio su reacción destemplada. La cosa entre ellos no estaba como, pa que viniera este culo roto y mal pagador a joderme con una sirena con pija. Bien sabía Julián que era mejor no encender la fantasía de aquella mulata que podía ser tierna como un bambi, o una bomba casera de mecha corta, pronta siempre a estallar en manos torpes. 

Desechó prudentemente cualquier cuestión gauchesca o de pintoresquismo local. Estos abombaos, que se mamaban y brindaban a la salú de Aparicio tanto en un cumpleaños como en un velorio, podían tomar como burla de montevideano cualquier palabra mal entonada. Ser de Montevideo en tierras arachanas era sinónimo de ser puto, cagón, agrandado, o cualquiera de sus posibles combinaciones.

II

El calor de las siete de la tarde se resolvía en un caldo espeso. Irigoytía se levantó de la silla con toda la parsimonia que los 37 grados imponían, salió de la pieza prendiéndose la camisa sucia de tres días, y se dirigió al almacén de don Antognazza, un tano que atesoraba en la mirada el registro de casi 75 años de la vida del pueblo, y que jamás erraba una suma.

Volvió con un trozo de tabaco naco envuelto en un nylon, seis medidas de caña blanca en una botella de Coca-Cola 600, y una cebadura de yerba brasilera, verde fosforescente, y con un retrogusto dulzón, a la que se había acostumbrado como al apero el más bagual de los tordillos. Armó un mate chico, con el agua hirviendo, como acostumbraba a hacer desde épocas mejores, cuando era cronista del Diario de la noche. Con el primer mate, se prendió un tabaco; la caña quedó en el fondo del ropero, apostada y a la espera en el sitio más fresco de la habitación.

A la derecha de la puerta doble que se abría al patio de claraboya, una pequeña mesa hacía las veces de escritorio y mesa de comedor. Una laptop descascarada, su eterna radio Hitachi y una discreta torre de libros y papeles sueltos convivían en un delicado equilibrio con una pila hecha de platos llanos y hondos, tazas de latón esmaltado, vasos de requesón, y dos juegos de cubiertos.

En la pared opuesta, la banderola -única entrada de aire-, permanecía abierta desde octubre hasta abril o mayo, apenas cubierta por una cortina que una vez fue oscura y poblada de hibiscos rojísimos sobre un fondo de hojas verdes y ahora era un pingajo descolorido que apenas ondeaba cuando el viento se dignaba a cruzar el pueblo.

Sobre la pared de la izquierda el respaldo de la cama de hierro y elástico de resortes contrastaba con la cal blanca que cubria los ladrillos sin revocar. Un cajón de feria, barnizado por Julián y coronado por una portátil de otra época, era su mesa de luz. Recostado a la pared de la derecha, un ropero viejo de tres puertas era el sitio de todas las pertenencias de Irigoytía, oriental, soltero de cuarenta y pocos, periodista montevideano, llegado a Melo siete años antes, como corresponsal de un diario de derecha en franca decadencia.

En la pared del fondo, bajo el halo de luz de la banderola, Julián había pegado un par de posters añejos, aprovechando un retrato de Yupanqui clavado allí quién sabe cuándo y por quién, para montar un altar de utilerìa pagana. A la izquierda, sonriente la Cicciolina, mostraba una teta perfecta, redonda, firme. Una manzana madura, coronada por un pezón duro y rojo. Desde que colgò la foto en la pared -hacía ya un par de años-, había observado que por algún misterio de la luz siempre escasa, el pezón no desteñia, sino que estaba cada vez màs rojo. Cierta noche en que retornó bastante entonado, hasta le pareció notar una mordida abajo de la aureola, pero estaba tan borracho que ni siquiera se arrimò al papel brillante a comprobarlo. 

Se había traído esa foto consigo cuando se fue a Melo a vivir con una gurisa que conoció en una ocupación del IPA, que él cubrió para el diario que agonizaba. Desde gurí atesoraba aquella foto, siempre bien guardada en algún cuaderno o carpeta, para que no perdiera color. Uno se encariña con esas mujeres planas y de papel brillante a las que les ha dedicado alguna furiosa paja siendo guacho.

En el centro, entrajado en sepia, Yupanqui lo medía con una mistura de ceño fruncido, mirada taladrante y una sonrisa tierna, como de abuela mimosa. Tenía eso don Atahualpa, soltaba las verdades más duras, y los dolores más lacerantes con voz dulce, acariciando las cuerdas como nadie podría hacerlo jamás. Uno sentìa el tibio cariño de esos dedos enormes haciéndole el amor con una pasión ardiente y delicada a las bordonas que latían, entregadas a las caricias.

A la derecha, enmarcado en un cielo atormentado y azul, bajo una luna intensa de brillos amarillo anaranjados, un árbol antiquísimo de ramas nudosas y desnudas -de bosque europeo-, ennegrecido por el contraluz, cobraba forma humana, y amenazaba dejarse caer en cualquier momento sobre el caminante desprevenido. Fear of the dark, rezaba un escrito que podría haber sido hecho con la sangre de una de las desgraciadas que se encontrò en la niebla londinense con Jack the ripper… La imaginería de los discos de Iron Maiden era la mejor del mundo. Al menos eso había creído Julián cuando era un purrete que atesoraba vinilos y sacaba en la criolla los acordes de esas cabalgatas distorsionadas que tanto le gustaban.

III

Miró la pantalla con desesperación. Puta madre Julián! Vos viviste de esto por años. Crónicas, entrevistas, sindicales, sociales, hasta deportes hiciste. Y eras bueno. Firmabas con otro nombre, ¿cómo era? ¿MW? La gente decía que era por tu condición de bohemio incurable: pero era apenas el pudor de usar tu nombre para comentar aquellas batallas campales entre Sportivo Italiano y Cerrito, o entre Goes y Aguada. La impunidad del seudónimo le permitìa despacharse con frases como “el medio campo se vuelve una maraña de piernas, y las acciones resultan más entreveradas que orgía de lombrices”, o “dentro del área, a los manotazos, la expectación por el córner era más conversada que asamblea estudiantil” y otras delicias que hacían reír al editor jefe, y a mucho lector que agradecía en cartas que nunca se publicaban, pero le valían algún viático extra.

Pero nada; ni sirenos machos, ni Martines Aquinos, ni palabras desaparecidas. Nada cobraba cuerpo en aquel ir y venir de los dedos sobre el teclado ya grasiento de tanta falta de inspiración. La tarde lenta se hizo medialuz y tedio habitado de espectros. La noche se cerró sobre los hombros caídos de Irigoytía que caminaba de un lado a otro de la pieza, buscando una idea prometedora. 

A las diez la banderola era ya una boca oscura y desdentada. Tomó el último mate del termo, armó otro tabaco y salió a la cocina a pescar un vaso de vidrio Durax color ámbar que la Negra Bethania atesoraba en la última fila de la alacena.

Pocos conocían aquellas gemas huecas a las que él había llegado luego de varias noches batallando cuerpo a cuerpo con la dueña de aquella pensión de mala muerte. Nadie antes le había enseñado a ella su propia anatomía tan bien como la delicada porfía del Vasco. En cada round sudoroso, después de irse en un grito desesperado, Bethania pedía que trajera caña y dos vasos. La mayoría de las veces, cuando regresaba, canchereando con la botella de Velho Barreiro y los Durax, ella lo esperaba pronta a dar otra batalla hasta dejarlo seco como una pasa de uva. 

Era entonces, en medio de la noche cuando Julián le leía cuentos cortos de Poe, Balzac, Cortázar o Soriano. Más de una vez, en lugar de leerle, improvisaba para ella historias que al calor de los cuerpos saciados sonaban deliciosas. Tenés que escribir esas cosas lindas que decis, vasco, pedía Bethania a la mañana siguiente, frente a una enorme taza de café a la turca endulzado con dos cucharadas de azucar, y -en algunas ocasiones en que la noche había sido particularmente memorable- perfumado con canela.

Pero aquellos combates en la pieza de Bethania, las monumentales tazas de café de las mañanas, los cuentos leídos y las historias inventadas ya no pagaban el alquiler de esa pieza infame. La deuda de Julián crecía y el cuento prometido seguía sin tomar forma.

Irigoytía volvió a la pieza, llenó el vaso dejando que el aroma de la caña lo tomara, y bebió un sorbo lento que hizo reposar bajo la lengua. Un fuego dulzón y picante le inundó la boca. El sabor de la caña se sentía como un magma vivo cuando respiró nuevamente antes de tragar. Encendió el tabaco y pitó profundo. La nariz le ardió deliciosamente.

Se entregó a la escritura, soltando todas las palabras que acudían a su mente. Una salsa picante de retiradas de murga, anécdotas de redacción, consignas polìticas, memorias de la puta gorda y sabia que lo había desvirgado hacía siglos en una pieza de quilombo, y letras absurdas de bandas como Yes o Rush. Un amasijo de frases inconexas, que con suerte podrían funcionar. Si eso le impedía dormir, valdría la pena.

Para las cuatro, ya con toda la caña entre pecho y espalda, volvió a dirigirse al baño. No lograba quitarse de encima la imagen de esos muslos firmes, entreabiertos, ofreciendo su sexo. En el baño usó las manos en cuenco para beber agua en abundancia, y refrescarse la nuca y el rostro. Meó largo, espumoso, tarareando bajito el inicio arpegiado, como de milonga: 

I am a man who walks alone

And when I’m walking a dark road

At night or strolling through the park

Mareado, caminó hasta la pieza. No había comido nada desde la mañana, y sintió el contraste entre el fresco fugaz de la nuca mojada y el calor aun en plena madrugada. Desde el día anterior se formaba una tormenta que cargaba el aire de estática y humedad, pero no se decidía a caer sobre la ciudad aplastada contra el hormigón de las calles. La temperatura no bajaba desde hacía varias noches, la humedad seguía subiendo y no había una brizna de viento. Al salir del baño, oyó el lejano ronquido del trueno; con suerte, el alivio llegaría esa misma noche.

En la puerta de la pieza, lo sorprendió un gemido. Se volvió unos pasos atrás, deseando oír alguna partuza de su vecino, el más gris de los habitantes de la pensión. Pero solo escuchó el ruido blanco de las noches de Galíndez, el cincuentón de pelo hirsuto, peinado a la gomina -de izquierda a derecha- buscando inútilmente tapar una calvicie tan rotunda como cenicienta. El bigote fino, aun castaño, acentuaba la tristeza de aquel rostro sepia esculpido en la arcilla de una tierra yerma donde ninguna simiente germinaba.

Irigoytía entró finalmente al cuarto puteando porque se había quedado cortísimo de caña. La canción de Iron Maiden, pesada, lenta y eléctrica como la tormenta de esa noche, martillaba aún en su cabeza.

When the light begins to change

I sometimes feel a little strange

A little anxious when it’s dark

Desesperado, se instaló en la silla y tecleó frenético una versión cursi de La tía Julia y el escribidor, libro que jamás había leído para no arruinar el recuerdo de la miniserie vista en la segunda mitad del 85, cuando el Uruguay fue por un rato una promesa de libertad y trabajo. 

En medio de una frase en que describía el aburrido encuentro de despedida, el crujido de la parrilla elástica de su cama lo hizo volverse. Julián apretó los ojos con tal fuerza que la cabeza le estalló de dolor, y lentamente volvió a abrirlos…

En la cama, sentada a horcajadas sobre la cabeza del hombre/árbol del Fear of the dark, Ia Cicciolina ronroneaba de placer. Una lengua larga y negra lamía su sexo abierto y rosado. La actriz miró a Julián, le sonrió y se inclinó sobre el demonio de madera, buscando el glande azabache que brillaba en la penumbra, como una brasa en la noche.

Irigoytía pestañeó de nuevo, y dirigió la vista a la pared, buscando las fotografías que adornaban su pieza. Don Atahualpa impávido seguía mirándolo a los ojos. Las láminas satinadas, mostraban una habitación vacía a un lado, y una luna de otoño brillando sobre un campo sin árboles, al otro.

IV

Tres horas más tarde, cuando Bethania, implacable, llamó a la puerta esperando encontrar el cuento prometido, cada póster ocupaba su lugar en la pared y la cama seguía tan vacía y tendida como siempre. 

Borracho, con un gesto de horror labrado en el rostro y tirado sobre la laptop, su inquilino de lengua larga, manos veloces y promesas incumplidas roncaba entre vapores rancios de caña y tabaco fermentado.

Hecha una furia fue a por un balde lleno de agua y lo hizo estallar en la cabeza y la espalda de Julián. 

– ¿Así escribìs vos, maricón? ¿En pedo y babeando arriba de esa maquinita tuya?

El Vasco, chorreando agua desde el pelo a los talones, con la camisa empapada pegada al cuerpo, apenas atinó a decir 

Negrita, no se ponga así. Ya va a estar. Tráigase un café y se lo termino…

– ¿Café? ¿Café? ¡Palo te voy a dar, jue puta! ¿Cómo que ya va a estar? ¡Usté me tiene que dar las hojas con el cuento en este mismo momento!

– Pero está casi pronto…

– Siempre es “casi”, con usté. Hasta hoy, que “casi” se me queda otro mes. Junte todas sus porquerías y me va poniendo patitas en la calle. ¡Vamo’! Vamo’ rapidito, que encima me toca a mí limpiar este relajo…

– Negrita…

– ¡Qué negrita ni negrita! ¡Se ño ra! Usté me debe un cuento o un alquiler de medio año. Negrita será su madre ¡sabandija!

Irigoytía supo que aquello era irrevocable. El adiós definitivo a la Negra, a la pensión, a los polvos más lindos que se había echado en sus cuarenta y pocos; y a ese pueblo infame al que llegó siguiendo un mal sueño.

V

Dos horas después, con la bolsa de plastillera llena con sus pocas ropas, y la mochila con la laptop y libros al hombro, el Vasco detuvo un camión que iba hacia Montevideo. Cuando el baldazo y los gritos lo arrancaron del sopor de caña barata, tabaco y alucinaciones de árboles garchando actrices porno, había juntado sus bártulos y sus herramientas de trabajo, rápido y sin chistar. Tuvo especial cuidado de olvidar las láminas que habían adornado las paredes. Algo le decía que si cortaba las amarras de un tajo, era mejor que no cargara consigo el puñal. Había llegado el momento de volver.

En la pensión, Bethania, entre llantos e insultos, limpiaba con creolina y rabia. Quería desterrar el olor Julián de la pieza y de su vida. Montevideano puto de mierda, maricón aprovechado, gritó, arrancando las láminas de la pared y tirándolas en una caja llena de papeles que irían al fuego.

Hecha un huracán, fue a comprarse una esponja nueva y se bañó frotándose todo el cuerpo hasta el dolor. Se perfumò y se instaló al fresco bajo la parra, a tomar un café bien cargado y endulzado hasta la náusea. Sentada en uno de los sillones de hierro del patio, miraba los ligustros del fondo meciéndose con la brisa que comenzaba a dispersar la tormenta luego de una noche de lluvia intensa y una mañana irreparablemente gris. No hay peor tristeza que empezar a olvidar.

Sobre el parrillero, las láminas del cuarto de Julián se movían ritmicamente con el viento, y mezclado en el susurro de las hojas del paraíso, a la Negra le pareció escuchar un gemido de placer. Este desgraciado y sus fantasías casi me vuelven loca, pensó, menos mal que ya se fue. 

En la hoguera donde ardían los papeles, la Cicciolina se mordía el labio inferior hasta sangrar y se apretaba con la mano los pechos, mientras un fuego la recorría desde los muslos hasta la nuca. Desde el árbol en llamas, los ojos de madera brillaban endemoniados.

En la ruta, Julián suspiró resignado y trepó al camión con matrícula de Sao Paulo, que devoraba kilómetros rumbo al puerto de Montevideo. Sonrió al brasilero gordo que le señaló el cimarrón y el termo mientras daba vuelta un cassette. Irigoytía cebó el mate en silencio y lo extendió con su mejor sonrisa. Desde los parlantes, como un enjambre de mangangás en vuelo, la intro de Fear of the dark desgarró el aire que el vasco respiró con dificultad antes de preguntar

– ¿Le gusta el metal, amigo?

Acerca del autor

Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

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