Divina foto

D

Lo bueno de “ser escritor”, es que nunca falta quien se ve tentado a ofrecerte sus historias. Historias, que muchas veces son el combustible y la chispa que enciende la escritura de toda novela que se precie de tal, o, llegado el caso, de un cuento breve. Lo delicado, y por eso mismo, lo no menos complicado de la situación, es que cuentan con que el escritor tendrá el talento necesario para parir un cuento a partir de cualquier detalle.

Siempre alguien se acerca con un gesto que va del pudor a la zalamería pura y dura y sin decir “agua va!” disparan un coloquial “vieras che, lo que pasó el otro día, resulta que iba en el bondi y…”, o un perentorio “ud tendría que haber conocido a mi tía Eufrasia, era un personaje de aquellos”. Y así sin mucha más ceremonia, le tiran encima una frase, una imagen, un nombre, como si esas cosas fueran una vaca lechera, y ud fuera el tambero.

Eso sí, a los dos o tres días, ya andan como moscas, revoloteando en el balde, a ver si uno ha ordeñado una historia espumosa y tibia, “como el apoyo aquel que usaba la abuela Sonia para hacerme el café con leche en mi infancia en medio de la campaña” 

Claro que en algún momento, la expectativa de este colaborador inesperado, tiene que ser correspondida, como ocurre también en el amor. Entonces, uno recorta, amasa, encola retazos, busca en algún desvencijado baúl mental todo lo que pueda encontrar. Un recuerdo aquí, una imagen más allá… Una melodía o un aroma, una evocación, lo que se cruce. Porque a veces, la estructura de un cuento se oculta en las palabras que no se dicen, en los ritmos que no se ven pero se escuchan, en alguna cadencia inexplicable.

Hace años ya, una amiga, una mujer muy ocurrente y dada a la fotografía, me contó del día en que se perdió la oportunidad de tomar una foto que hasta el día de hoy no logra quitar de su mente. Vio la escena, dice, la luz, pero nada pudo hacer. —Esa imagen estaba perdida para siempre, agregó, pues las fotos son un instante, y uno no anda con la cámara  calzada en el ojo todo el día, sino más bien lo contrario. 

— Una foto, me decía, es una conjunción mágica de luz, oportunidad, encuadre, y suerte. El viejo y querido azar que justo te coloca por delante una historia para robársela al olvido. 

Así que, cumpliendo con la noble tarea del tambero, hoy me levanté antes de que rayara el alba, tomé la vieja Remington, y mientras la cantora desgranaba milongas del Feo y tangos de Racciatti, de esos que con solo sonar ya le sacan viruta al piso, encendí un cigarro, aspiré tan hondo como un náufrago, y comencé a aporrear las teclas. 

Ustedes me dirán.

    ***

Era una de esas tardes perfectas de invierno en las que el tiempo se detiene en el aire helado y las largas sombras de los plátanos desnudos se dibujan nítidamente en las paredes descascaradas. Hasta hacía un rato, el sol había brillado alto en un cielo azul profundo, y ahora estaba en rápida huida hacia la noche larga de fines de junio. A las seis de la tarde, la oscuridad sería casi completa. 

Manuela adoraba esa luz viva y en retirada, que hacía rendir los nudos de los palo a pique de los postes de alambrado, o las cortezas de los escasos eucaliptus que a los bordes de la ruta vigilaban su paso. Su mirada, no del todo entrenada, tenía, sin embargo, una  exquisita sensibilidad para encuadrar escenas Un perro rascándose la sarna al sol, o un hormiguero levantándose apenas del suelo de la banquina, el rostro curtido del chacarero que camina tras el arado, eran una novela que se narraba sola.

Aquella tarde, volvía temprano del liceo. Bajó en las barreras y caminó el kilómetro de ruta hasta el pueblo. Rodeada de verde y azul avanzaba cortando el aire que despertaba su piel y la mantenía en una atención dulce a cada paso. La mochila pesaba en su hombro derecho, los auriculares llenaban sus oídos con una entrevista que no había podido escuchar en la mañana. 

Un par de cuadras antes del cruce donde debía doblar a su izquierda para tomar la calle de su casa, la iglesia resultaba un mojón, no solo geográfico sino de la vida del pueblo. “Desde que llegó el cura Rafael, la iglesia se ha vuelto fiesta“, repiten feligreses y ateos empedernidos.

Rafael tenía treinta y pocos, y era el cura más raro que jamás pisó la diócesis. Jugaba al fútbol en cuanto campito se le cruzara y hasta  en la liga. Era un puntero derecho, más rápido que el hambre y eso lo hacía tan querido por sus compañeros del equipo, como temido por las defensas de los rivales de la liga agraria.

Las canchas de gramilla despareja y tierra suelta alimentaban las bromas que intercala en las homilías. —“Nuestro Señor nunca dijo nada de perdonar los patadone que te revuelcan por el piso, o los codazo esos que meten a la carrera” disparaba con su picardía de canario de frontera, en medio de un comentario sobre cual otra mejilla es la que hay que poner.

“¡Claro!, ayer me surtieron a patadas y ahora vienen y arreglan con un “la paz sea contigo”. Cuando tenga que dar la misa en muletas, ya van a ver” decía sonriendo. La iglesia se había ido llenando de gente que, imantada por su don de conversación cálida, tierna y no pocas veces cercana a lo subido de tono; redoblaba cada domingo su apuesta por el buen Dios de los humildes..

El nuevo párroco, además de buen conversador, gran contador de chistes, y veloz puntero, tocaba la trompeta como el mismísimo Arcángel Gabriel. En poco tiempo pasó a ser un número fijo en varios casamientos y cumpleaños. Hasta un grupo local de cumbia lo apalabró un par de veces, pero Rafa tenía una negativa fija y simpática; —“¿Tas loco vos, cómo querés que haga? ¿Entro, toco, y entre ronda y ronda, me quedo en el rincón quietito y callado, como cura en el quilombo? Dejá quieto, muchacho”

Lo que más le divierte a Manuela del curita, es su enorme altura para tomar con humor su baja estatura. —Casi 1, 60‘ -dice siempre riendo- es que los ‘número redondo’ no me gustan.

La pesada reja de la iglesia, de negro hierro forjado hace ya más de un siglo, tiene una enorme cerradura, cuya llave cayó en desuso en tiempos en que las iglesias se vieron amenazadas de robo, vandalismo, o de convertirse en albergue transitorio para los pobres entre los pobres. Alguien -el párroco de esa época, o el obispo, tanto da-, decidió agregar una barra y un candado. Quizá llevado por esa culpa que la moral suele tildar de buen gusto, hicieron colocar el pasador a la altura de la barra horizontal que cruzaba las rejas, enmarcándolas en un horizonte plano, de hierro macizo a partir del cual cada barrote pasa a convertirse en una simbólica punta de lanza, a una altura de dos metros y cuarenta centímetros.

Al cura Rafael le resultaba un asunto serio empujar aquel pasador, embocarlo en el aro hecho a medida y luego llegar con el candado a atravesar los pequeños orificios hechos en las planchuelas de hierro y cerrar aquel enorme papaiz negro y pesado como una conciencia intranquila pendiendo sobre su cabeza

Realizaba aquella maniobra subido en dos bloques que dejaba a tales fines detrás del murito de la reja. “Mi pequeña escalera al cielo“, decía entre risas nerviosas. Luego de casi cuatro años, aquella rutina ya era parte ineludible de sus ejercicios diarios para la paciencia. Sabe dios que cada vez que venía alguna de las señoras principales del pueblo a confesar horas y horas de rencillas por la platería de una herencia, o la loza de la bisabuela traída de Inglaterra, mientras naturalizaban el destrato cotidiano a sus “muchachas que ayudan en casa” -como le llamaban ahora a las sirvientas-, el curita necesitaba paciencia en cantidades industriales. 

Su madre, nacida para puta de pueblo, había logrado zafar cuando el cura de su parroquia la semiadoptó como cocinera y limpiadora del colegio, hacía ya décadas. Rafa no había ingresado en la congregación al sentir el llamado divino… Eligió sentirse llamado al clero secular. Prefería no cruzarse en un retiro o alguna misa campal con aquel cura gordo y retacón de cara tan parecida a la suya. “Menos pregunta dios”, se repetía en cuanto la duda impenitente venía a habitar sus noches de insomnio. 

Siendo joven, había descubierto que nada como una buena paja para dormirse, extenuado, húmedo y abrigado por una culpa insulsa, mucho más llevadera que la curiosidad por aquel padre que nunca conoció. Ahora la paciencia y la oración alejaban la mano de tocamientos impuros  -al menos cuando la cosa no venía muy urgida-, pero esos temas quedaban entre él y su confesor, al que solo veía anualmente en el retiro espiritual.

Se sabía un hombre encantador, jovial, y extremadamente servicial. La codicia, la ira y la gula no arañaban el alma del cura Rafita, como le decían sus antiguos compañeros de seminario. Su santidad se veía solo amenazada por la soberbia.

Alguien debería escribir una novela con mis historias, pensaba en ocasiones, al salir de tareas tan inverosímiles como realizar un exorcismo en una tapera alejada de todo camino, donde vivía el Tano Fontevecchia, creyente de la antigua escuela que no iba a misa desde que no se rezaba en latín. O el casamiento aquel en Trinidad, interrumpido en la mitad cuando el gallego Gorostiaga se levantó y gritó al novio. —“No Gerardo, no te cases con esa chiruza, si vos sabes que nadie te va a dar lo que yo te doy“, y corrió a estamparle un soberbio beso de lengua al pobre novio que, palideciendo de vergûenza, veía desmayarse a la novia.

Pero no ha nacido aún quien se embarque en la tarea sin fin de darle profundidad literaria a las tres pinceladas que lo presentan al cura, petiso, con la camisa para fuera de la pretina del pantalón y el ombligo al aire helado de agosto mientras se estira en puntas de pie, llave en mano e intenta abrir el candado que tras años de intemperie está cada vez más rebelde.

En esa tarea lo divisó Manuela desde la ruta, colgado cuan largo era de aquel papaiz cabortero y pesado, con la mano izquierda aferrada al negro cuerpo del candado y la derecha buscando en vano entrar en la ranura; la cara roja por el esfuerzo, los dientes apretados y los ojos encendidos por el enojo. los pies pequeños apoyados en el filo del segundo bloque, al borde del desequilibrio.

***

Era una foto divina, te juro!

»Ahí como una linga, estiradísimo el curita, a punto de caerse, mirando pa’l lado del sol, con un ojo abierto y otro cerrado, y la llave que no entraba. El meta empujar como virgen con novia vieja, y nada.

»Y yo con la mochila, mientras me desenredé de los auriculares y logré abrir la cámara, el curita ya estaba como siempre, abriendo la hoja izquierda de la reja, y con el brazo en alto, saludando, como todas las tardes.

»Vieras la foto que me perdí. 

»Alguien tendría que contarla. 

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

2 comentarios

  • La pucha, que se me hace difícil ,,poder comentar lo que leí,. Porque es cómo estar con los muchachos, ,,hablando. de ,,,,bueyes perdidos,,,,,,que sé yo,,,Estos relatos,son del barrio,,, son nuestros,, bien nuestros,, Tienen el aroma del barrio,,la picardía de los muchachos,,,y el cura. que juega al fútbol,,,Y me hace acordar,,del cura,,Bidegain,,,muy buen delantero,,,de, Bristol,,y de mi amigo,,Juan Pablo,,el cura negro,,del Colegio. Salesiano,,,que los ” papas,,,y mamás” no lo querían, porque era ” negro

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