¿El Delta o Chicago?

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El músico argentino Severo Bisio, oriundo de Avellaneda, Buenos Aires, falleció en la madrugada del 16 de agosto, en la clínica psiquiátrica Villa Carmen, situada en la Avenida Garibaldi 2680, en circunstancias que se busca esclarecer. Fuentes no oficiales señalan como hipótesis más probable que se trataría de un suicidio.  El multi instrumentista había formado parte de la primera ola de músicos de blues y rock, que saltara a la fama a fines de la década del 70

La voz monótona del locutor continuó recitando datos vacíos sobre la vida del guitarrista argentino cuya participación como arreglista había resultado crucial en la grabación de dos discos de El Sabalero a inicios de la década del 80. 

De los oyentes de aquel informativo tempranero, posiblemente nadie tendría elementos para ubicar a Bisio. 

Carmelo Gurméndez, luchando con la modorra como cada amanecer, sintió en el pecho la descarga eléctrica del recuerdo. Descalzo sobre las baldosas frías se dirigió al baño. Abrió la canilla de agua fría, se mojó la cara cinco veces, colocó pasta dental en un cepillo de cerdas abiertas y vencidas y,  deteniendo el gesto de llevárselo a la boca, se miró en el espejo. Sus ojos gris pizarra le devolvieron una mirada dura, inapelable.

Había conocido a Bisio en un centro de rehabilitación para adictos situado en la zona de chacras del Montevideo rural, donde las quintas de frutales alternan con viñedos y salones de fiesta. En aquella época, Gurméndez era un enfermero recién recibido, que había ingresado al centro de rehabilitación por recomendación de su tío, psiquiatra asesor del equipo técnico. 

Gurises pobres de la Aguada o los cantes de la Curva y Cerro Norte, hábiles declarantes, hidalgos desheredados de familias dueñas de cafetales ecuatorianos o astilleros portugueses, sostenían en paralelo batallas contra sustancias varias, y sobre todo contra la ilusión de que todo mejora siempre, en el mejor de los mundos posibles. 

Poco después de hacer la recorrida inicial y presentarse, había llegado el porteño canchero, de modos delicados, palabra ácida y mirada cortante. 

—Severo Bisio, multiinstrumentista, bluesero, borracho, y socio vitalicio del Rey de copas, como corresponde. 

—Gurméndez, enfermero. ¿El delta o Chicago?, deslizó con un guiño cómplice. Ambos supieron sin decirlo que aquellas cuatro palabras sellaban ex-ante una amistad larga y sinuosa.

—Tendrías que haber nacido en Londres querido, vos sos muy Mayall con esa barba y esas lanas -se burlaba Bisio, en medio de la helada de las siete de la mañana-,  pero sos tan cristiano que viniste a nacer al sur, donde vivimos los pobres.

Gurméndez rió con ganas. Aquel hombre canoso, de dedos largos y hombros anchos lo hacía reír, y en pleno 2002, con el país hundiéndose sin remedio, la risa compartida era un lujo, tanto o más que la carne que comían religiosamente cada domingo, asada por los internos más viejos, pagada por el INAU, y engullida entre risas livianas y silencios de plomo. 

Bisio iniciaba su enésima internación. Una sucesión de éxitos juveniles como bajista o pianista en proto bandas de blues en el gran Buenos Aires, la noche y la escena lo habían encadenado a kilómetros de merca —siempre bien peinada-, y barriles de whisky. Con los años la merca había huido con la plata, y el alcohol no llenaba los huecos que la partida de su mujer había dejado.

Los fines de semana, a la hora en que la piara -Bisio no cesaba de bautizar a sus compañeros de internación, víctimas no siempre involuntarias, de su desprecio irrenunciable por la humanidad- se instalaba a dormir la siesta o vegetar frente a la enorme pantalla de la TV, él tomaba su pequeña caja de pesca y se iba al tajamar. 

Llevaba consigo un pequeño grabador a pilas y disfrutaba de la música o el silencio, esperando con paciencia el pique de las tarariras. Casi siempre las devolvía al agua, aunque con el tiempo comenzó a llevarse alguna que hacía a las brasas o marinada en harina, ajo, perejil y pimienta, frita en una vieja sartén de hierro fundido, aparecida misteriosamente en la cocina. 

Una de esas tardes en que el sol de las dos apenas si alcanzaba a disimular el frío de inicios de setiembre, viendo a Bisio instalarse a orillas del tajamar, Gurméndez se arrimó en silencio, con una guitarra colgada al hombro. 

—Compré un encordado nuevo, de acero, y pensé que a lo mejor me ayudás a afinar. Me pierdo un poco con el sonido de estas cuerdas, es como muy agudo.

—¿Sos violero, Gurméndez? Nunca habías dicho nada. Al final me resultaste todo un gourmet, mi enfermero favorito!

—Apenas rasco, y poco, tengo dedos de piedra.

Bisio le pasó la tanza, y con una sonrisa sospechosa de ternura le pidió:

—Atiéndame la pesca, enfermero. Tengo que encordar una viola. 

Abrió el estuche y sus ojos se iluminaron. 

Epiphone pro 1, y negra ¡una belleza! 

Con una delicadeza pocas veces vista, Bisio fue cambiando las cuerdas, una a una. Afinó, escuchó, soltó un sol mayor, luego un do, y un re. Paseó por esos acordes con lentitud, hasta que comenzó a incluir las séptimas

—¿Ves? agarrás un acorde mayor cualquiera, y lo llevás a la séptima y el sonido solo, así limpito, ya te da blues cuadrado. Los acordes en séptima tienen olor a barro del Mississippi, Gurmé de mi alma, son como el tango; te espera, te pastorea y se te mete en los huesos.

A las cinco oyeron a lo lejos el llamado de los demás internos. La borregada que aquel fin de semana no había salido a ver a sus familias, no se había animado a interrumpir, ni a acercarse, intuyendo que aquel encuentro en torno a una guitarra era una conversación privada.

Bisio era un vagón de talentos desperdiciados. Cuando tomaba la guitarra, le hacía llorar milongas y blueses, le arrancaba un par de sones flamencos, y por un momento, era el tipo más admirado y querido del centro. Los internos y los terapeutas se llenaban de admiración viendo sus dedos desgranar pentatónicas, o marcando con las manos los compases mientras improvisaban versos de rimas llanas y siempre al borde de lo soez.

—El blues es música de lupanar, gurises, si yo les digo ‘angulo’, ustedes mejor se cuidan -decía riendo a carcajadas-.

Severo hacía honor a su nombre de pila tanto como a su apellido. Los cincuenta y tantos, las canas, las referencias de otra época lo ubicaban en ese frágil sitio donde la veneración y el desprecio se reparten los momentos por igual.

Su humor de perros, su destrato con los más jóvenes, su impúdica manera de reírse de los internos y los intentos del equipo por sacarlos de la droga, eran un golpe en el estómago. El “viejo” era el profeta anunciando que la bestia se come a sus hijos.

Gurméndez hacía su trabajo pero no se esforzaba en disimular el cariño labrado a fuerza de gustos compartidos. 

En poco tiempo se organizó entre los dos  un tráfico de cassettes que derivó en un montón de vinilos en casa de Gurméndez, desde el Living in the past hasta el Guitarra negra. Bisio atesoraba cassettes con mixes de blues de Chicago, las tormentas eléctricas de los hermanos Winter en Texas, o las grabaciones casi inencontrables de Peter Green. Allí donde hubiera dolor filtrado por seis cuerdas, estaban ellos, vibrando juntos.

En el equipo, lentamente todos fueron asumiendo que Bisio era asunto del flaco Gurméndez. Las decisiones difíciles, las sanciones, las prohibiciones de salidas, los cambios de tarea asignada, se tomaban en el anonimato del equipo, pero el encargado de comunicárselas al viejo, era Gurméndez. Las puteadas furibundas contra todo y todos, las aguantaba estoico, filtradas por el gesto de niño grande que decía, “sabés que no es con vos, pero son unos malparidos”.

El viejo era, además de borracho y músico, un cocinero hábil y delicado. Pero la cocina era, por decisión del equipo, una tarea colectiva. El día que el viejo, cuchilla en mano, amenazó con castrar a Aníbal, el gordito de 14 años que no sabía distinguir una crema pastelera de una salsa blanca, ni en cual poner la pimienta y en cual el azúcar; el equipo resolvió que el viejo, además de no salir por un mes, se haría cargo de la lavandería. 

Aquella solución de conveniencia resultó la crónica de una muerte anunciada. Solo, en la lavandería, con la radio eternamente sintonizada en El Espectador o el Sodre, rodeado de máquinas, productos de limpieza y sábanas limpias, el viejo tuvo el mayor de los tiempos para emberretinar botellas de vodka, y dejarlas limpias y secas.

Cabortero viejo, sabía tomar sin que se le notara. A no ser que uno fuera tan borracho viejo como era Gurméndez, que tenía sus gustos y vicios discretamente ocultos bajo el manto de seriedad profesional que manejaba en las entrevistas, y la campechanería de barrio con que se manejaba entre los jóvenes. La calle de Gurméndez, su don de gentes, tenían muchas más horas de estaño que de campito.

Una mañana de principios de una nueva primavera, aprovechando la lluvia mansa y la tranquilidad de un domingo con el centro casi vacío por las salidas de los internos, Gurméndez -tras pensarlo mucho- decidió encararlo. Afirmándose en un año y medio de verse a diario, casi amigos, no gastó energía en rodeos.

—O te dejás de joder con el vodka, o voy a denunciarte viejo cabrón, soltó sin anestesia

—Borracho inmundo, fue su única respuesta. ¿Desde cuando se me nota?

—Hace un tiempo ya.

—¿Los demás, saben?

—No

—No pienso dejar el trago, vos hacé tu trabajo le dijo.

—Sos una pesadilla, Bisio, un porfiado. Aflojale un poco, si te descubren se va a armar.

—No sea cagón, enfermero. Nadie lo va a delatar.

—Andá a la mierda.

Se miraron sin decir más nada. Gurméndez se fue al parrillero, a cerciorarse de que los dos gurises que habían quedado a cargo no arrebataran el asado. Lo enfurecía la necedad del viejo, sobre todo cuando dejaba claro que en última instancia, aquello era, ante todo una relación de laburo.

Esa tarde, después de la siesta, el viejo no fue a merendar. A la mañana siguiente la familia aún no sabía de su paradero. Gurméndez guardó un conveniente silencio sobre el diálogo de la mañana. 

Tres meses después, Bisio lo llamó por teléfono y lo citó en el bar de la calle Paullier y Gonzalo Ramírez. Cuando llegó, el viejo iba por la mitad de la cerveza. Le llenó el vaso, y espetó

—Ni se te ocurra dejarme tomando solo, hijo de puta.

Intercambiaron comentarios varios sobre la colonia, el país que se seguía hundiendo, lo bien que suena el vinilo… 

—Mirá lo que tengo, dijo, señalando un estuche. Memphis, eléctrica, no es una Fender, pero el cubito suena lindo. 

Gurméndez reparó en el amplificador apoyado contra la pared, semitapado por el estuche de la guitarra.

—Te compraste una eléctrica, sabandija.

—Sabelo, enfermero. Estuve emberretinado tres meses en un hotel de mala muerte. Vendí la biblioteca de mi viejo. Con eso y unos ahorrillos, pegué el hotel, el pasaje y la viola. Linda pa despuntar el vicio

—¿En qué andas? ¿Qué vas a hacer?

—¡Pare la mano cochero! Menos pregunta dios. Mozo! otra birra, que el amigo vino con sed.

Siguieron hablando de bueyes perdidos y grabaciones que solo ellos podían conocer.  Luego de dos horas y varias cervezas, el viejo fue al baño. Al volver, como al descuido, le anunció que se iba a Brasil. 

Apoyó la mano en el hombro de Gurméndez, se dirigió al mostrador, pagó, y al salir le dijo al mozo,

—La guitarra se la lleva él.

Muchos años después, lejos de los años de la colonia, en medio de la guardia como nurse en una mutualista, recibió la llamada del viejo. —Enfermero del alma, estoy internado y necesito un amigo, venite por favor.

La tristeza urbana del psiquiátrico era aún más triste en el frío oscuro de junio. El viejo babeaba pastillas. La lengua, trabada, apenas permitía un balbuceo penoso

—No doy más, dijo. Sacame de acá o me saco yo.

Gurméndez, saliendo de un nuevo divorcio, lleno de deudas, y más tiempo que para nada que no fuera lamerse las heridas, no supo qué hacer. 

—No puedo, creéme que no puedo

—Está bien. No tenés obligación conmigo. Anda tranquilo, yo veré cómo salir de esto.

—…

El enfermero, mucho más curtido y atento que años antes, se vio enfrentado a una disonancia persistente y molesta como un acople. El insomnio se le había instalado nuevamente tras la visita al músico, pero esta vez no eran las voces de sus ex, ni las cifras de las deudas lo que lo desvelaba sino la urgencia en la voz de Bisio, el tono amargo con el que había soltado las últimas palabras de su encuentro.  

A la semana siguiente llamó a preguntar por él, le dijeron que estaba en aislamiento porque había intentado matarse abriéndose las venas con un vidrio. Lo encontraron casi desangrado en el piso del cuarto cuando la muchacha de la limpieza había ido a cambiar toallas fuera de horario, por casualidad.

Gurméndez lo visitó apenas pudo. Sostuvo las visitas por tres semanas, y luego encontró siempre excusas para no ir. La escuela de su hijo pequeño, una audiencia de divorcio, el cansancio de dos guardias seguidas, alguna ocasional resaca. Cualquier cosa era mejor que la tristeza de ver a su antiguo interno con la mirada vacía, la boca torcida, el hilo de baba cayendo por la comisura de sus labios, las manos torpes hasta para saludar.

Cambió de número de celular, suspendió las llamadas a la clínica, y con el paso de los meses logró olvidarlo. 

Siguió trabajando como enfermero en la misma mutualista, se especializó en CTI; el vértigo lo hacía sentirse vivo,  los pacientes no hablaban, y así no había riesgo de trenzarse en historias de gente a punto de morir o que si lograban zafar de un trance, adjudicaban la gloria a dios, la pachamama o su propia porfía, jamás a la paciente tarea de aquellos hombres y mujeres de túnicas blancas y gestos certeros que batallaban a la muerte una pelea siempre perdida, y sin embargo siempre bella de dar.

Gurméndez apagó la radio, buscó con dedos torpes entre los vinilos  hasta encontrar uno de sus discos más viejos y más queridos. Lo desenfundó y lo colocó en la bandeja, sintiendo que los ojos le ardían. Ubicó la púa delicadamente sobre el surco.  La placa negra comenzó a girar, crepitó como una fritanga de fonda y los acordes de  la guitarra inundaron la pequeña habitación. Cuando Pappo cantó “yo que soy un hombre desprolijo”, Gurméndez levantó su vaso lleno de vodka hacia la luz mortecina que entraba por la ventana del tragaluz y dijo “Al músico argentino Severo Bisio, oriundo de Avellaneda… Salú”. Con un  golpe seco y solemne, dejó que el líquido transparente inundara su boca.

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

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