El momento de Julio C. Kilmon

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La Feria del Libro de Cartagena estaba próxima a culminar. Como suele suceder en esta clase de eventos, se aprovecha el espacio para realizar charlas y conferencias con los autores más destacados o las nuevas promesas. De esta manera no solo se dejan ver en público, sino que, además, toman contacto con sus lectores. Están los que se sirven de la plataforma para lanzar un mensaje al mundo. Otros que, por el contrario, sienten que su deber está con la posteridad. No faltan los que son una verdadera máquina de regalar títulos y tuits para los medios o los que se olvidan hasta del motivo por el cual están sentados en esa mesa de expositores. Pero el que más dio que hablar fue Julio C. Kilmon.

Quienes lo conocemos, sabemos que Kilmon (prefiere que lo llamemos por su apellido) es un hombre que no está dentro de los estándares ni la etiqueta. Se viste de forma extravagante, camina con un paso altanero, grita o susurra según sus estados de ánimo. En suma, puede hacer cualquier cosa con tal de ser el centro de atención. Él lo sabe y hasta lo ensaya. Ninguna de sus acrobacias sociales son fruto de la casualidad. En algunos ambientes culturales es tomado como un enfant terrible. Para otros, es apenas un loco suelto. Para los medios, sus aspavientos son como la miel para un oso.

Kilmon había sido invitado a Cartagena por dos motivos. El primero era que del evento ya se habían bajado tres autores importantes, entre ellos, la gran candidata al Premio Cervantes, Felicia Rubiales. Y el segundo, porque la presencia de Kilmon traía una cuota de espectacularidad en un mundo tan acartonado, como lo es el de los literatos.

Un dato interesante es que fue el propio Kilmon el que le comunicó a los curadores del evento que no tenía nada nuevo para publicar. Pero, aun así, le insistieron en que su presentación engalanaría las conferencias y que podía leer lo que quisiera de su vasta producción. Esa premisa fue la chispa que encendió el polvorín.

Si bien el autor de Los días más horrendos de Tomás Gutiérrez Carrizo y Cofradía de cobardes, sabía que tan solo tenía que apelar a algunos de los cuentos que lo llevaron a la fama, prefirió lucirse con un texto experimental. En honor a los hechos, no fue por explorar un camino nuevo. El texto que presentó, lo escribió entre el trayecto que iba desde su casa al aeropuerto, la sala de espera del vuelo, el viaje en sí y la llegada al hotel. Más que la búsqueda de una nueva narrativa, fue apenas una maratón de escritura. Un juego con el que divertirse entre el punto de partida y de destino.

Llegado el momento de aplastar sus nalgas en la silla destinada a los expositores de lujo en el Teatro Heredia de Cartagena de Indias, Kilmon divagó en su lucha personal contra el cigarro, la vez que habló con Julián Dorrego, los secretos del Camino del Inca y el uso excesivo de metáforas simples para explicar los misterios de la vida. Pasaban los minutos y en el auditorio comenzó a gestarse las condiciones para lo que luego fue el desenlace ya conocido por todos.

Kilmon no dudó en anunciar que expondría una de sus obras experimentales más importantes “a consideración del gran público”; una floritura que, entre los que conocemos a Julio, sabemos que era gesto para la tribuna. Pero el auditorio lo tomó como un reconocimiento. Se paró, se ubicó en el atril y con voz segura comenzó a leer:

«Cual canción que prorrumpes de mis entrañas, rememoro las taciturnas jornadas diurnas de remembranza de tu semblante. Mañanas que el acíbar néctar de la retentiva, ajumaba mis fauces y mi bofe. Yermo tras tu leva, como la deprecación a un demiurgo vacuo y estulto, atinaba a encabezar la alborada con el resol que ingresaba por el intersticio que quedaba entre el alféizar y el cotelé rojizo, que vestía con tu mismo arrebol el aposento. Una metempsicosis que me encarama al rebato de tu fungida inmisericordia”.

Hizo una pausa dramática para calibrar cómo caían estas palabras en el auditorio. Hubo murmullos. Aprobaciones y reproches surgieron casi en simultáneo. La gente se miraba entre sí, como esperando una explicación que nunca llegó. Para hacer tiempo, tomó un poco de agua en forma bastante teatral. Antes de retomar la lectura, el micrófono del moderador (prendido por descuido) logró captar una voz de la primera fila que se preguntaba por qué tanta vuelta rocambolesca para decir que extrañaba a la mujer que se le había ido. A la vez que se escuchó otra voz que apuntaba: “seguro que se fue con otro”. Y algunas risitas ahogadas. Pero Kilmon prosiguió:

«Quiero en este proemio ofrendar mi voz a modo de palinodia. Me confieso un matasiete que no alcanzó a comprender el tornasol de tu joyel. Anhelo que mis rozagantes soflamas alcancen encomiar la prosapia de tu estirpe. Es menester para quien versa estas glosas que mi oblación tercie cual lábaro de mi loor. Espero que tu sindéresis condescienda en volición de apropincuarme a tu caletre y filis, para así lograr una ampulosa amplexación y que tú, puedas jipiar como lo concebías en mi alcázar doméstico».

Kilmon pretendía continuar hasta el final, pero palabra tras palabra el ambiente se iba caldeando. De golpe, dos personas de la tercera fila, se pararon y comenzaron a gritarle. Uno de los dos lo trató de “petulante” mientras el otro prefirió una metáfora un poco más directa: “retardado mental”. Esto enfureció a los que sostenían que Julio C. Kilmon era el nuevo genio del panorama literario latinoamericano. Mientras que los detractores del disertante, aprovecharon la interrupción para abuchearlo. Alguno llegó al insulto.

No se sabe quién provocó la ira de un fan, identificado por la policía local como Lorenzo García. Lo cierto es que, en medio del tumulto, este le dio una patada al respaldo del asiento de adelante. El ocupante del asiento se giró y discutieron. De fondo, el ruido de los murmullos se elevaba. Cuando el hombre pretendió darse vuelta, García no le dio tiempo y lo volvió a sentar de una piña. Y ahí empezaron a sumarse varias personas más a una batalla campal. Las piñas y las patadas volaron como palomas sueltas en una ceremonia de Juegos Olímpicos. De los dos púgiles iniciales, pasaron a ser seis y luego quince, veintiocho, cuarenta y uno, cincuenta y siete…

Los curadores de la Feria corrieron de acá para allá, intentando apagar el incendio de golpes en base a gritos que (paradójicamente) pedían calma. Se iluminó por completo la sala y se subió la música funcional. Aterrado, el moderador se escondió detrás de las bambalinas. Gastón Díaz Hoyola, el autor que compartía disertación con Kilmon, huyó por el foro del escenario y demoró casi diecisiete horas en volver a ser visto por los organizadores del evento. Y mientras tanto, Kilmon seguía parado en el atril, con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando esta escena fue vista en las cámaras de seguridad del teatro, Kilmon parecía estar disfrutando todo, como el piromaníaco que ve la casa de su vecino arder en el fuego, mientras los perjudicados intentan salvar sus pertenencias. Costó aproximadamente media hora culminar con la batahola. Tuvo que intervenir la policía y hubo cerca de cuarenta detenidos.

A la mañana siguiente no hubo diario, programa de televisión o de radio colombiano, que no hablaran de los desmanes del Teatro Heredia y el abrupto final de la Feria del Libro. En las redes sociales explotaron los memes con la cara de Kilmon y fotos del escándalo. Y si bien todos se burlaban del autor, él no dudó en aumentar la apuesta. Ya prácticamente expulsado de la Feria y rumbo a Bogotá, Kilmon afirmó ante la prensa, que esto que hizo fue presentar una nueva corriente literaria denominada elevismo. Según él, se trata de exaltar los valores de las personas o situaciones de la vida mediante palabras poco frecuentes, en desuso o arcaicas para remarcar lo inusual de lo que se está relatando. Cuando lo consultaron sobre los desmanes causados por su lectura en la Feria del Libro, no dudó ni un segundo en manifestar que estas cosas siempre suceden cuando la gente no está preparada para los avances y que esto era una prueba “irrefutable” de que su nueva corriente era la vanguardia de la literatura latinoamericana. Solo al periodista que le había caído más simpático, Kilmon le aseguró que en breve sacaría su Manifiesto elevista.

Una vez instalado en el hotel en Bogotá, un amigo mexicano le escribió preguntándole sobre las repercusiones de su “particular broma”. Y el escritor le respondió: «Hay veces que se entra a la gloria por mérito. Otras veces por dedicación. Y otras, que se llega por puro culo. Te cedo el honor de que elijas la que más te parezca».

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

2 comentarios

    • ¡Muchas gracias! Le voy a hacer llegar sus salutaciones a Julio C. Kilmon. Seguro estará contento de saber que tiene una nueva adepta.

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