El poeta maldito, la rubia millonaria y Delmira Agustini

La necesidad de estar alejado de la imbecilidad es un sentimiento que me come las entrañas desde niño. El problema, como siempre, es ser un imbécil. Uno no puede elegir serlo, es parecido a las enfermedades autoinmunes. Estoy atrapado entre dos cosas imposibles, un deseo de fuga tan visceral como lo real de ser exactamente eso de lo que quiero escapar. No soy un iluminado en cuestiones metafísicas o comportamentales, en realidad no soy un iluminado en nada, solo soy alguien con muy poca tolerancia a la imbecilidad, pero paradójicamente, atraigo a la imbecilidad porque lisa y llanamente, soy un grandísimo imbécil. 

Conocí al poeta maldito, músico, novelista, tatuador, filósofo, psicoanalista, pintor, director de cine, cantante de tango, performer, en fin, artista contemporáneo,  Arturo Sastre  en París, en la universidad de la Sorbonne. Tal vez usted, querido lector, piense que exagero. Pero no. No exagero en lo absoluto. En París estos seres abundan y redundan y al ser yo un imbécil de astronómicas medidas me veo atraído a este tipo de personajes. Conversamos. Me invitó a su casa a comer sushi, tener una velada poética y presentarme a su esposa franco-chilena-colombiana. Es rubia, me dijo, y fue la única descripción.

Durante los treinta minutos que duraba el trayecto en el metro me habló de la familia rica franco-chilena-colombiana de su esposa rubia y hermosa. Mencionó que lo consideraban un poeta maldito en el ámbito underground chileno. Me contó que él, el poeta maldito y filósofo (¿ya lo dije?) se vinculaba con Gonzalo Rojas en sus tiempos mozos y era parte de una generación rota. Antes de mudarse a París vivía en un teatro abandonado en el centro de Santiago donde realizaba interminables fiestas. Me habló de su boda imposible, entre la muchacha rubia hija de empresarios mafiosos y él, el poeta maldito. Agregó como corolario la historia del secuestro de su esposa rubia para internarla en un psiquiátrico en Colombia y así separarlos. Luego ahondó en su lucha encarnizada contra esa familia clasista franco-chilena-colombiana para volver con su amor rubio. Me habló de su dinero, de sus viajes en jet privado al Gran Rex en Buenos Aires y también me habló de la trágica historia de su familia, rica, riquísima y también maldita, que lo había desheredado, a él, el  poeta rebelde. Me habló del suicidio de su padre que se pegó un tiro en la tumba de Gardel y me contó de su pronto suicidio: o bien se iría a Suiza a morirse de frío en un bosque, o se pegaría un tiro en la tumba del poeta Trakl.

Cuando llegamos a su casa, que quedaba en el centro de París en un apartamento minúsculo, pero a doscientos metros de la ya gastada torre Eiffel, pude comprobar que Arturo estaba loco y decía la verdad.¿Quién soy yo para despreciar la realidad de los demás? Yo estaba encantado con lo que escuchaba. Mi vida nunca había sido más interesante que el minuto de realización de escape de la trampa mortal que era Uruguay (estaba esperando el 104 en una calle que gracias a dios olvidé el nombre). La rubia nos recibió. Era bastante bonita, y si, era rubia, pequeña y con un acento dificilísimo de encasillar debido a su triple nacionalidad. Me sorprendió su naturalidad y sencillez (al hablar con Arturo me imaginaba una Yoko Ono franco-chilena-colombiana, pero era por demás amable y parecía muy inteligente). Ella sabe todo lo que sabe por mí. Ella no sabía nada antes de casarse conmigo. Bailaba reggaeton con sus amigas y vivía en los centros comerciales. Y claro, pensé. Ahora están en el centro del mundo cultural occidental comiendo sushi entre cientos de libros de poesía.

Hablamos de música, pero nada de mis gustos musicales bien simples (que se reducían al blues del Mississippi, el Texas flood de Stevie Ray y el Hard rock autraliano) cumplían los requisitos del poeta maldito para una velada digna de llamarse “velada poética”. Así que solo me limitaba a escuchar las bandas alemanas nazi de música electrónica que Arturo colocaba en el tocadiscos. Son nazis. Me encanta todo lo nazi y todo lo kawai. Yo soy un nazi-kawai. Me reí, porque de eso se trataba todo con Arturo: de lo ridículo y de lo estúpido hacer una cultura. Lo admiraba por eso. Estaba encantado.

La rubia se llamaba Emilia. La veía cocinar, caminar de aquí para allá con una especie de ligereza inexplicable que tienen todas esas mujeres nacidas en familias millonarias (si creen que miento acerca de la “ligereza” de niñas ricas, es porque jamás vieron a un espécimen de estos frente a sus narices). Arturo me contaba con orgullo que ella había dejado todo para estar con él: su Chile, su dinero, su familia, su herencia, su vida entera. Veinte años de diferencia. Se habían casado en secreto y escapado a París para alojarse en un apartamento que le sobraba a una de sus tías millonarias. “El apartamento nos es suficiente”, me decía Arturo muy serio. Un poeta maldito, filósofo y director de cine underground que rozaba las cuatro décadas y la hija única de una familia millonaria franco-chilena-colombiana. Era un matrimonio Homérico, de las tragedias, de las historias imborrables que adornan las líneas de la historia. “Qué dúo, mamita”, pensé. 

-¿Y qué haces tú en París?, me preguntó Arturo mientras Emilia se sentaba a su lado con sus ojos verdes clavados en los míos.

-¡Sí, dinos! Quiero saber que haces aquí, Martín, me dijo ella sonriendo, como si bromeara y nos conocieramos de toda la vida. 

No supe qué responder. Yo era un uruguayo con la suficiente suerte de haber escapado de Uruguay. Mi exilio no tenía un background político, no escapaba de ningún régimen dictatorial o por mis ideas aliadas al Kremlin, tampoco era un estudiante modelo becado por la Université. Yo era un tipo sin nada que decir, ni nada que contar, sin ninguna historia más interesante que la inminente separación y la inminente pérdida de una amiga y una gata de tres años que había encontrado en las calles sórdidas de Durazno. No tenía ningún deseo de estar en ningún lado. Lo más importante había sido dejar el Uruguay y ahora parecía que la nada me había tragado.

-Vine a hacer un Máster, ya sabés. 

-Sí, ya sé, me respondió Arturo riendo. ¿Pero qué es lo que realmente haces aquí?

Lo miré, luego miré a Emilia. Dos personas totalmente ajenas pero que se sentaban con sus ojos duros esperando mi respuesta. Pensaba que estaba bien, que así la gente tendría que tratarse. Sentía que era bienvenido en su vida bizarra, rodeada de libros y cuadros pintados por él, el poeta maldito. Recordé las juntas en Durazno con mis amigos, los chorizos y los chistes y las partidas de truco que miraba de lejos porque nunca aprendí las reglas. ¿Cuántos abismos había de diferencia entre las situaciones? No lo sabía, pero calculaba que bastantes. No estaba aún decidido en concluir sobre “mejor” o “peor” panorama, pero era una pregunta cien por ciento válida para cualquiera que se encontrara en esas situaciones tan dispares en tan corto periodo de tiempo. Pensé en una respuesta acorde para esta gente rica y de cultura. Quería dar una respuesta digna de un joven latinoamericano en París que no vino a prostituirse en un bosque ni a casarse con una vieja francesa solitaria. Quería ser ese rioplatense de ojos tristes, culto, con dudas existenciales y profundas. Quería remover las aguas y hacerlas pasar por profundas para mis anfitriones y pensaba, con la velocidad anímica que traen los encuentros raros, que tal vez ahí, entre la pareja imposible, tenía un lugar. Solo pensé en la respuesta más honesta que podía dar.

-Estoy esquivando la muerte, dije.

La casa de Arturo y Emilia de repente se vio colmada de otros amigos, todos latinos. Buscaban donde hacer la fête, donde cobijarse ese noviembre helado. Arturo los recibía con un gran abrazo y dos besos bien pronunciados, uno en cada mejilla. Emilia sonreía y los abrazaba con el mismo espíritu hospitalario. La música electrónica dio lugar a una versión bastante animada de Miles Davis, y entre el barullo compuesto de diferentes acentos latinoamericanos, se colaba la trompeta del Dios del Jazz, sin pedir permiso, golpeando con cada soplido en los tímpanos de todos. El disco giraba y Arturo me miraba sonriendo. “Lo compré ayer” dijo y me guiñó un ojo. No entendía la necesidad del gesto, pero lo acepté sin pensarlo demasiado. “Conoces Miles Davis” me preguntó desde el otro lado de la habitación. “No”, le respondí aunque sí sabía quien era. Adoraba el Jazz y lo escuchaba casi que a diario desde hace varios años, pero jamás me involucré en sus detalles. Mi relación con el Jazz, al contrario de Arturo, era puramente romántica y no intelectual. Miles Davis recalentaba la habitación con su soundtrack de un filme francés antiguo y yo observaba a la pandilla latina afrancesada con ojos fijos.

En un momento entre tanto español se colaron algunas palabras en francés: “Bonsoir”, “ça va”, “tu vais bien ?” Lo entendí, alguien no latinoamericano había entrado al pequeño apartamento a doscientos metros de la ya nombrada torre. La vi, más rubia que Emilia, blanquísima y de ojos celestes. No me pareció atractiva, sino extraña, muy ajena. Tenía esa seriedad tan normal en las jóvenes parisinas y esos ojos de miles de años de antigüedad, un alma vieja, dirían los que creen en esas pavadas. Era un poco menos que fea. La observaba rezando para que no se me acercara a conversar (me transmitía el mismo miedo que los policías) pero lo hizo casi inmediatamente. Me habló muy rápido y no entendí absolutamente nada. Arturo se nos acercó:

-Martín, ella es Sophie. Es filósofa, pero es mi traductora al francés. Es mi mejor amiga, también. 

Je suis désolé, je ne parle pas français, dije repitiendo una de mis tantas frases armadas para esquivar conversaciones en la lengua de Céline.

-¡No pasa nada, weón! Yo te traduzco. ¿Qué era lo que hacías aquí en Francia? ¡Ah! Es verdad. Sophie, Martín está aquí esquivando la muerte. Il est là en train de fuir de la mort.

Bah, tant mieux, alors, Martin, respondió la francesa.

Can you speak english, le pregunté rezando para que no lo supiera hablar

Of course

Mierda.

Me comentó que estaba traduciendo la última novela de Arturo: Las ratas púrpuras, una especie de ensayo novelizado que ponía de relieve la simbiosis entre la máquina y el humano, lo estéril y lo fecundo, lo púrpura y lo negro, cosas así. Una especie de épica surrealista con algo de narrativa. Arturo volvió con una copia en sus manos y me lo dedicó. “Vale diez euros. Me lo pagas la próxima, no te preocupes, weón”.

De repente se escuchó “¡Es la medianoche! Detengan todo”. Todos se callaron, la música se detuvo y las luces se apagaron. Solo se veía el reflejo de las luces de la torre Eiffel giratorias que alumbraban cada veinte segundos. Al parecer estaba presenciando un ritual ya conocido por todos. Yo solo observaba a estos seres delicados, latinos europeizados, cual naturalista en mis tierras purpúreas observaba a un gaucho bruto comer un asado. “Es hora de la poesía. Emilia, pásame el libro de Rimbaud, por favor” dijo Arturo mientras se acomodaba en el suelo. No recuerdo cuál fue el poema, y no desearía mentirles citando un poema, todos valían lo mismo, Arturo elegía los poemas al azar. Decía que el destino estaba anclado en sus dedos, él era solo una hoja que era arrastrada por lo hermoso del arte y las palabras. Terminó de leer el poema y luego escuché lo que no quería oír: “Martín, como es tu primera vez en nuestra soirée de poesía, te toca leer un poema, el que quieras, weón. Animate”. De repente todos esos seres amorfos con peinados cool se volvieron demonios con dientes afilados. “Qué mierda leer” me pregunté, pero me engañaba. La pregunta era: qué mierda leerles a esos personajes. Qué carajos era digno de ser repetido en voz alta frente a estos seres intelectuales de salón. Sacudí la cabeza y pregunté: 

-¿Conocen a Delmira Agustini?

Silencio. Un alma prendida y apagada rapidísimo, como un fósforo, Delmira, me había regalado un milímetro de ventaja. Me apresuré a leer algún poema desde mi smartphone, pero inmediatamente sentí un escalofrío, cual premonición: no debía leerles a Delmira. Ellos eran de otra especie, no terrenal, como ella, aferrada al amor y a las pasiones. Ellos eran la otra cara de la especie humana, la maquínica, electrónica, llenos de circuitos y hechos en serie. Recité un poema de mi autoría sin avisar el cambio de planes, ya que el resultado sería exactamente el mismo leyendo a Delmira, Rilke o el cartel de la carnicería del barrio Sur. El tema no era el poema en sí, era dónde se estaba leyendo y bajo qué decorado: París, la medianoche, la luz de la torre Eiffel invadiendo intermitentemente la habitación, el aura de importancia, la pose, los cuadros y los libros que adornaban, literalmente, desde el suelo hasta el techo. Todo creaba esa especie de teatro donde ya nada quedaba para la verdadera poesía. Todo estaba planeado y saturado de sentido.   

Luego de terminar el último verso el silencio volvió a la habitación. De repente todos comenzaron a aplaudir con justo vigor el desastroso poema que había escrito con quince años. 

Perdoname, Delmira, dije en voz baja. Perdoname.

Acerca del autor

Martin Lamadrid

Nació en Durazno, Uruguay.
Su abuela fue maestra, su abuelo alcalde, su madre es archivista y dicen que su padre es taxista.
Psicólogo de profesión. Doctorante en la Universidad de la Sorbonne en París.
No fuma ni se droga. Lleva una vida aburrida.
A veces escribe.

4 Comentarios

  • Qué ca’ de risa está historia. Me sentí todo el tiempo en el lugar de protagonista… Desde que indicó su relación con la imbecilidad, hasta su remordimiento por profanar a Delmira Agustini. Muy bueno!!!!

  • Extraño relato y al principio pensé dejar de leerlo, pero tozuda seguí y no pude dejarlo hasta que lo termine. Quede envuelta en una magia parisina de poetas. Gracias

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