Visita

V

If I could through myself

Set your spirit free, I’d lead your heart away

See you break, break away

Into the light

And to the day

U2- Bad

El viento helado era un silbido cada vez más agudo en la claraboya del patio central en la pequeña casa de Palermo. La lluvia nocturna, había sido una música delicada y potente sobre los cristales, abrigando el sueño. Pero ahora, a mitad de la mañana, la respiración inmisericorde del cielo ceniciento, y las ganas de mear me arrancaron de la cama. 

Como cada mañana, rumbo al baño pasé por la cocina y dejé encendida la hornalla con una caldera llena. El agua helada en la cara, y un buen día dicho con descuido al espejo completaron el primer ritual. De vuelta en la cocina, mordisqueé una galleta marina, les dí de comer a los perros -que seguían cada uno de mis pasos moviendo las colas como si fueran timones de un barco al garete-, y me cebé el primer mate.

Tenía un guiso para recalentar, un resto de vino, y una novela sobre una mujer que había preferido una condena por genocidio a confesarse analfabeta. La vanidad humana es una comarca que siempre me resulta intrigante; como si allí hubiera algo por aprender, sobre todo en ese rincón donde se cruza con la vergüenza y la humillación sin sentido. 

Sobre el mediodía, la novela no lograba morderme la carne ni la atención, así que la dejé sobre la mesa ratona junto al sofá donde me había echado. La tormenta, lejos de irse, se había tornado una borrasca furiosa que caía a plomo sobre Montevideo. Los párpados me pesaban como si no hubiera dormido en toda la noche. Mi sueño, habitualmente sereno por aquellos años, había sido leve, interrumpido por el juego de luces de la tormenta, en medio de una cama enorme, como cada vez que ella no estaba. 

La casa, alta y vieja, típica subdivisión de los caserones de 1900, era un remanso fresco en los veranos, cuando la claraboya abierta permitía el libre juego del viento y la luz filtrada por una malla sombra que abría y cerraba con un dispositivo casero de alambres y argollas; pero en días grises como éste, sin ventanas hacia ningún sitio, aquella caja de paredes encaladas, era un espacio más cercano a un sepulcro que a un remanso fresco bajo los sauces de la costa en el pueblo en que una vez fui niño. 

Harto del tedio sin acomodo que ganaba el día, coloqué el Black sabbath en el tocadiscos y me dejé llevar por aquella colección de canciones que me acompañan desde los trece o catorce años. El crepitar del vinilo se fundía en el de la lluvia… La campana apenas audible marcaba un compás fúnebre a los lentos pasos de la guitarra. 

Estaba casi dormido, cuando el timbre, estallando en un eco agudo y brutal me sacó del ensueño distorsionado en que la música me envolvía como un sudario. Me incorporé lento, y sin siquiera chequear en la mirilla, ladré: 

– ¿Quién?

– ¡Yo, pajero! Abrí que estoy ensopado.

La llegada de Horacio, como siempre desde que nos conocimos en el patio de la escuela, resultó imperiosa, irrevocable. Entró sin ceremonias, y en dos segundos la vitalidad de su risa de habitante de otros mundos llenó el breve espacio del patio de claraboya. Ocupaba el centro de la escena sin proponérselo, como cuando pedía el sacapuntas para ir a recuperar de la papelera un soplamocos que la maestra le había incautado, o cada vez que con la pelota bajo el brazo se dirigía al centro de la cancha. Su presencia, tan familiar como ajena en ese momento, cortó de un tajo preciso el tedio de ese fin de semana en soledad. 

Hacía dos eternidades que no nos veíamos. En mi memoria, Horacio era una sucesión de aguafuertes pobladas de admiración y desconcierto, desde siempre. No teníamos aún ocho años y ya nadie lograba seguir los dibujos que sus pies hacían con la pelota en el piso de hormigón del patio de la escuela. Esas imágenes de la infancia, como gitanas inquietas, han habitado por años los bordes de mi conciencia, sin coagular jamás en una palabra o una sentencia que pueda conjurar al recuerdo, diciéndolo.

“Será la sorpresa”, pensé mientras subíamos al altillo por la escalera empinada y resbaladiza,  “después de todo hace como diez años que no nos vemos”. Los perros, que habían armado el escándalo habitual al oír el timbre, ahora se habían apartado, y miraban desde abajo, sin decidirse a subir.

–  ¡Diez años che, cómo pasa el tiempo!  dije, abriendo la puerta a lo que fuera, mientras me sentaba en un banco dejando la reposera de mimbre a la visita. “Sí, hace un tiempo que no nos vemos,  respondió, lacónico.

– Supe que vivís aquí y quise verte. Verte otra vez ¿qué has hecho todo este tiempo acá?.

Con los años su voz se había tornado un tanto más grave, nunca había largado el pucho, y eso que para el fútbol en Montevideo y en un cuadro grande necesitaba toda la capacidad de sus pulmones como motor de sus piernas de encantador de serpientes y tribunas. Su conversación era pausada, cada silencio movía más a la confesión que al relato. La mirada ya no tenía la chispa de atorrante que brillaba como un sol en el banco de la escuela, ni la picardía de ganador que era un imán para la mitad de las gurisas del pueblo cuando recién cumplíamos 15. 

En medio de la cascada sobre la claraboya, yo trataba de sostener la conversa, mientras una buena parte de mi, hacía apuntes mentales, buscando algo difuso como las formas de los árboles desnudos bajo la lluvia. La mirada de Horacio era una perforadora -muda, insoportablemente expresiva- que pulverizaba en el aire todo el oropel de mis respuestas, mis palabras sonaban  irremediablemente torpes, errantes en un mar de sonidos que no sabe nada de lo que dicen.

– Poca cosa, ¿sabés? Dar vueltas, laburo, estudio, vivir, bah… dar vueltas. Conocer gentes y lugares… en fin ¿y vos?

Por los ojos de Horacio cruzó una nube, aun más oscura que las de fuera

– No mucho. La verdad, un poco perdido.

¿Vos perdido? ¡No me jodas, Horacio!

Hay exilios más definitivos que la muerte, ¿sabés?.

¿Cómo saberlo?

Siempre querés escapar a otro lugar, ese impulso se te cuela en la sangre; no te lo quita nada -ni la misma muerte-, y ahí vas, siempre extrañando, siempre queriendo estar donde ya no estás. Es como ir coleccionando los boletos a las escalas de un viaje a ninguna parte. 

– …  –no supe qué responder, y Horacio volvió al ataque, 

– Pero decime, te casaste, es buena ¿no?

– Sí, bah, ¿qué te puedo decir?

– ¿La querés?

– Supongo. ¿qué querés que te diga?. vivimos juntos, ¿no?

– Si no sabés qué decir, andate, es de pajero estar con alguien que no sabés si querés.

– No, no es eso, es sólo que… No sé…, Vos ¿te casaste?

– No seas mongólico. Sabés que nunca me casé. Ni quise, ni tuve tiempo… soltó como si debiera ser lo más obvio del mundo. 

– Ah, el tiempo, ¡cómo pasa! Por dentro digo, vos estás igual, pero yo… es muy raro, como que pasara y no. A veces me doy cuenta, estoy más envejecido, y otras me veo como que nada cambia.  Siempre volviendo a lo mismo, como dando vueltas en una noria gigante.

– Fue fácil encontrarte, eso es cierto. 

Encendí un pucho, y mecánicamente le extendí el paquete.

– No, gracias. Ya no fumo, echaría humo por todas partes, pero ¿tenés whisky? Tragar todavía puedo a veces, aunque sólo si llueve mucho, como hoy. 

– Tiempo de mierda… cuatro días de agua y viento, me querés decir para qué?  

– No pierdas tiempo repitiendo bobadas. El tiempo no es de mierda ¿sabés? Ni de futuro, ni de pasado, mucho menos de presente, sólo transcurre. Se vuelve momentos para los vivos, los que están cada día, si no, es sólo un viaje que no va ni viene, sólo viaja.

 – Sí, puede ser…

***

Tres horas permanecimos frente a frente ante la atenta mirada de los perros -echados juntos contra la pared del fondo, siguiendo cada movimiento de Horacio-, tratando de llenar con palabras los años sin vernos, reviviendo memorias añejas en el altillo entibiado solo por la charla.

Tres horas intensas, sintiendo la furia del cielo en la terraza anegada hacía dos días, recordando al profe de literatura que lo miraba con lascivia contenida mientras recitaba diálogos de Quiroga o versos de Quevedo; la pelea con el ruso Gordienko en el baile de la primavera del 88, cuando con dos patadas desarmó al matón del pueblo que revoleaba la cadena en medio de los gritos de pánico de las gurisas. Los recuerdos le iluminaban la cara, por un momento se vió mucho más vivo que cuando llegó. 

El whisky bajaba en la botella fogoneando discretamente aquellas horas fuera del tiempo. Con una sonrisa socarrona, y la mirada que viajaba entre la complicidad divertida y la compasión más lastimera me oyó regurgitar mis pocas cuitas. Mi relato, con el pico cada vez más caliente, era un caldo de amores en fuga, soledades añejadas frente al espejo, tristezas y alegrías cosechadas en las calles. El hastío y la melancolía de vivir en un país encallado en otro tiempo, de la bronca de tener que pelear por cada puto movimiento, cada curiosidad, cada ocultamiento, cada puto descanso.

Pobre tesoro el que le ofrecía a aquel amigo, que siendo el centro de todas las miradas, siempre había hecho un lugar en la suya para mi presencia esmirriada, triste y silenciosa en las sombras del grupo. En la escuela, en el liceo, en la cancha, en las pocas parrandas compartidas.

Sin aviso, amainó la lluvia. Tan súbitamente como había llegado, Horacio se levantó de la silla, escudriñó hondo en mi mirada y se despidió con un gesto que señaló la distancia infranqueable que siempre nos había reunido.

– No me abraces por favor, disculpá, los abrazos son muy para siempre, y vos no estás listo… y yo, yo… yo quisiera volver a verte en un tiempo, otra escapada. Eso sí, quiero que me cueste más adivinarte, en realidad quiero verte un poco más difícil de adivinar, de predecir, no sé, me gustó verte así, y me gustaría verte distinto. Cuidá a tu mujer.

Saludó a los perros, que se abrieron silenciosos a su paso. Se calzó la campera, la eterna campera de cuero marrón y sonrió. Me miró con ojos luminosos, de ese amor infinito de los amigos de la infancia y se fue.

Quedé en la puerta, viéndolo irse, sonriendo, sorprendido…

…Helado al recordar la vez anterior. Diez años antes una mañana lo había visto por última vez, con la sonrisa más beatífica del mundo, el gesto reposado, y un paño blanco enmarcándole la cara; descansando tras la noche anterior, cuando con el caño del máuser abierto a su boca y el índice tembloroso en el gatillo había ejercido su definitivo derecho a irse.

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

4 comentarios

  • Relato que te lleva a la imagen de comodidad con esos reencuentros, amistades eternas que han dejado de ser cotidianas y sin embargo, siempre están…
    El final le da una vuelta imprevista, que te deja chan… Y eso siempre está bueno!
    Buenísimo Edh!

  • Otro Horacio,,me visito,y al igual que éste, tú Horacio, también se fue,Pero él mío,no vuelve a visitarme, él se fue para siempre,pero la pucha,sin embargo lo tengo presente,cada dos por tres

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