El último recurso

E

I

—Necesito hablar urgente con el teniente coronel Garamendia.

—Nadie puede pasar. Está hablando con el capitán Zudáñez.

—Sargento, le exijo que me permita el paso. Nos invaden los godos.

El hombre pareció derrumbarse. Se puso pálido y miró al suelo, en busca el ánimo perdido. El alférez dio un paso adelante y apartó con su mano aquella molestia en el camino. Entró en la habitación dando un portazo cuando la cerró. Ambos hombres miraron al alférez como si lo fueran a matar por aquel trato descortés con la puerta. El alférez no dudó ni un instante y se acercó con cuatro pasos firmes.

—Señores. Traigo malas noticias. El ejercito realista tomó Jujuy. Superaron a los nuestros con un amplio despliegue de hombres y artillería. Nuestra caballería apenas pudo sostener los primeros embates. El batallón jujeño no pudo con el combate cuerpo a cuerpo. Los españoles vinieron desde el Potosí como una tromba. Dice el chasqui que el objetivo es Córdoba. El único ejercito que queda entre los godos y Córdoba somos nosotros.

—Ya me lo temía. Zudáñez— comentó el teniente coronel entre suspiros—. Prepare a la tropa. Pero no se vaya todavía. Alférez, ¿qué más le dijo el chasqui del ejército realista?

—Que eran como tres veces más hombres que los jujeños y traían una artillería muy fuerte. Dicen que cada cañonazo retumbaba con más potencia que cuatro de los nuestros. Hubo muchas bajas y tomaron el fuerte de la frontera.

—Puede irse, alférez.

Cuando el hombre volvió a dar un portazo, Garamendia miró a Zudáñez con notorio malestar.  El teniente coronel se despachó con un a serie de insultos sobre el responsable del batallón jujeño, tachándolo de “inepto”, “escorbuto”, “burro de carga” y “pedo de gallina”. Una vez culminada la batería de maldiciones a su par norteño, el tucumano se apoyó con las dos manos sobre el escritorio y miró fijamente el mapa de la zona. Luego de algunos minutos y sin mirar al capitán, dijo con voz apagada:

—Tenemos que detener el avance a Córdoba. Si es necesario, con nuestras propias vidas. Son las órdenes de Buenos Aires. Mande al baqueano Sánchez a pedir ayuda al Chaco y al chasqui Fulgencio que vaya con las novedades a Córdoba. Que le pida auxilio al Cuerpo de Blandengues del teniente coronel Recalde.

—Nosotros no tenemos nada, Garamendia. Y la tropa está con la moral por el suelo.

—No tenemos más remedio que apelar al hombre que dice venir del futuro.

El silencio duró casi un minuto.

—¿Usted dice al loco que cree que puede mejorar la vida de las personas?

—Si. No nos queda otra alternativa.

—Pero cuando yo le pregunté de donde venía me dijo que su país se llamaba “Uruguay” y me señaló a la Banda Oriental. ¡Este tipo está enajenado, Señor! O nos está engañando.

—Pero parece que su prédica es poderosa. Según me contaron, puede hacer que la gente se sienta mejor y de buen ánimo con solo escucharlo.

—¿Cómo me dijo que se llamaba la supuesta alquimia espiritual que practicaba?

—Él se presenta como “Life Coaching”. Una disciplina que viene de un lugar muy lejano llamado “Iutúb”. Me mostró un símbolo cuadrado rojo con un triángulo blanco dentro.

—¿Está usted seguro que no es un moro disfrazado?

II

—¡Hola chicos! ¿Cómo están? —preguntó el hombre rubio, alto y vestido con unas ropas estrafalarias que se ceñían al cuerpo. Ni el más forzudo y joven de los hombres de la tropa tenía músculos tan marcados como lo de este hombre. La palabra “chicos” generó malestar entre los paisanos.

—El señor —interrumpió Zudáñez entre el murmullo de sus soldados —viene de lejos a enseñarnos una nueva técnica militar. Escuchen atentamente sus palabras.

—Muchas gracias, señor Ibáñez.

—Zudáñez

—Perdón. Zudáñez. Cierto. Bueno… Me gusta comenzar siempre mis conferencias, preguntándole al auditorio: ¿cuántos de ustedes, mientras se toman su café de las mañanas, piensan cuál será el propósito que me traerá este nuevo día? A ver… Levanten las manos. ¡Vamos!

Al unísono, las manos de toda la tropa estaban arriba. Estaba claro que entre aquel ejército que apenas estaba aprendiendo a ser regular, en medio de una campiña hostil, no había tiempo para el desayuno. Mucho menos café ni tiempos para la reflexión sobre el devenir de las horas. Todos levantaron las manos porque entendieron la invitación como una orden de este ser traído desde Buenos Aires, al menos por su forma de hablar. Toda exclamación era una orden. No había tiempos para sutilezas del idioma. Pero el hombre quedó gratamente sorprendido por la reacción de la tropa.

—¡Guau! ¿Meditan todas las mañanas? ¡Namasté! —el capitán miró con mayor desconfianza al hombre que ahora pronunciaba palabras de una lengua rara.

—No sabemos lo que es eso, pero seguramente lo podemos hacer mejor que nadie —comentó un soldado, que vio la posibilidad de ganarse un reconocimiento de aquel bonaerense.

—Seguramente que sí, porque ya van a ver que cualquiera puede hacerlo. Incluso ustedes. Hoy vengo a contarles las tres claves para desarrollar, lo que yo llamo “el arma supersecreta de las mentes poderosas”.

De golpe, el hombre detuvo su charla y pidió al capitán que dejaran pasar al esclavo que había traído. Llegó cargando unos cueros de vaca. Lo pararon al costado. El blanco lácteo y el negro caoba de ambas pieles, no eran naturales de estas tierras. Solo que uno, no corría con la misma suerte que el otro.

—Me gusta siempre tener un cartel que nos deje la idea flotando en el aire. Por favor, primera diapo.

Miró al capitán y le comentó más bajo “haga click con el puntero para que pase la presentación”. El capitán le dio un pequeño golpe con una vara en la espalda del esclavo y este desenrolló un cuero que tenía escrito la palabra “optimismo”.

—¡Optimismo! —gritó el conferencista, con una sonrisa sin alma. La masa analfabeta casi no sabía distinguir una letra de la otra —. El optimismo es lo que nos mueve todas las mañanas a enfrentar la vida con energía. Es eso que nos distingue entre la multitud. ¿No les pasa que ven a una persona enchufada por la vida y les transmite muchas más ganas de estar con ella? Es porque son personas con un brillo distinto. ¡Y esas personas pueden ser ustedes mismos! Solo se necesita despejar lo malo de nuestras vidas. Y si no podemos, (porque a veces no podemos), hay que tomarse un tiempo para hacer algo que nos gusta. ¿Caminar por el valle? Caminar entonces. ¿Nadar? Nadar.  ¿Un crucigrama? Un crucigrama… A mí, por ejemplo, me encanta hacer trekking.

La tropa miraba a Zudáñez. El capitán, por su parte, hacía esfuerzos por mantenerse impasible, mientras trataba de descifrar si “crucigrama” o “trekking” eran términos militares o alucinaciones de un loco.  El segundo cartel que hizo desplegar al esclavo, tenía la palabra “actitud”.

—¡Acá empieza lo bueno! Ahora van a comenzar a entenderme. ¿Qué es la actitud? Se los voy a explicar así.

Pausa de unos segundos. Se escuchó alguna tos.

—¿Ustedes pueden con todo lo que se les propone?

—Ssssí —dijo tímidamente un soldado.

—Vamos de nuevo. ¿Ustedes pueden con todo lo que se les propone? —alentó con las manos al auditorio y una sonrisa enajenada. 

—¡Sí! —dijeron algunos ya más firme.

—¡No los escucho con la bravura que necesita un ejército! ¿¿¿Ustedes pueden con todo lo que se les propone???

—¡¡¡SÍÍÍÍÍÍÍÍ!!!—rugió la tropa completa.

—Pero ¿¿quiénes son los mejores?? ¿¿ustedes o los invasores??

—¡¡¡NOSOOOOOOTROS!!! —Gritó la tropa. Y acto seguido levantaron las lanzas y los trabucos entre vítores.

Luego de unos minutos de griterío generalizado y una risa histérica por parte del forastero, los ánimos se sosegaron un poco.

—La verdad que su batallón me asombra, Saldaña.

—Zudáñez.

—Estos hombres ya casi están preparados para todo. Pero les falta algo, con lo que nadie va a poder dominarlos nunca. Por favor, la siguiente diapo —le dieron un nuevo golpe con la vara en la espalda al esclavo. Apareció un nuevo cartel: “confianza”.

—Quienes saben lo que quieren, pueden con todo. Solo van a poder ser invencibles si además de pensar que todo va a estar bien y de que ustedes son los mejores, sienten que nada los va a detener. Ahí está el verdadero poder para derrotar al enemigo. No importa si es el estandarte o el teniente coronel. Cada uno sabe muy bien lo que tiene que hacer. Pero en esto, lo que se requiere es trabajo en equipo. Pensar que ustedes y todos los que están a su lado, son indestructibles. Si sienten que nada los va a detener, por más que el enemigo haga lo que haga, ¡nunca los van a poder vencer!

La tropa gritó como nunca y se fueron a prepararse para el combate. Mientras Zudáñez comenzaba a dar las órdenes y la tropa se pertrechaba para defender la Plaza Mayor, Garamendia hablaba con el gurú.

—Yo no sé qué hizo usted, pero estos hombres tienen la sangre crispada por la libertad. Ya se sienten vencedores y venían de perder varias batallas. Sea lo que sea, se lo debo a usted. Mis gratitudes por siempre para vos.

—Bueno, entiendo que sea nuevo para usted, pero para mí es un desafío. Yo quiero reescribir la historia. Mi anhelo es que en el futuro cuando miremos al pasado, yo pueda decir que viajé desde el año 2020 al 1807 y fui el que le dio el valor suficiente al inquebrantable Batallón de Tucumán. Garamendia, cuando estén dando el paso a la preciada independencia, recuérdeme. Y escriba en la Declaración de Independencia que sigan mi canal, que activen la campanita y me dejen sus opiniones en la caja de comentarios.

III

Garamendia sería todo, menos tonto. Lo primero que hizo fue asegurarse que el forastero no se pudiera ir hasta después del combate. Y sin que se enterara, le mandó robar aquella cajita de cristal que emitía luces y que este hombre llevaba a todas partes. Según el propio visitante, este artilugio le permitía viajar en el tiempo. Gracias al rapto de su preciado bien, Garamendia pudo detectar la maniobra detrás de la derrota.

Los tucumanos salieron a pelear con un brío inusual. Ante los primeros cañonazos de la artillería, corrieron hacia el ejército realista sin pensarlo. Pero el ejército invasor ya se había abierto en tres columnas. Cada una igualaba en número de hombres que la totalidad de la tropa tucumana. Al cabo de media hora de batalla, los hombres de Garamendia se percataron de que aquello era un fraude. Quedaron peleando en medio de tres batallones y los rodearon.

Las balas de los cañones españoles destrozaban sin distingos muros, hombres, árboles o caballos. A su vez, los godos tenían una puntería descomunal. Ante cada metro de la avanzada tucumana, morían varias decenas de criollos y apenas un par de invasores. Zudáñez, en un intento desesperado, mandó a una parte de la caballería a atacar la retaguardia española, pero no sirvió de nada ya que tenían una serie de lanceros apostados en formación de espera. Garamendia retrocedió como pudo, dejando el paso libre a la Plaza Mayor. Los realistas controlaron Tucumán con facilidad.

Mientras los que quedaban que se retiraban a Córdoba, el teniente coronel mandó a buscar al forastero. Luego de varios meses, los baqueanos lo encontraron en un monte, con la ropa en girones, desnutrido y pálido. Lo primero que pidió cuando lo capturaron, fue comida con nombres raros.

Zudáñez quería matarlo. Garamendia primero quería sacarle información. Entonces, Zudañez le puso una daga afilada en el cuello y lo obligó a hablar.

—Nos hiciste pelear sabiendo que el enemigo estaba preparado —murmuró Garamendia con amargura.

—No. No, sabía nada.

—¿Y para qué les hiciste creer que podían vencerlos si sabías que eran mucho más fuertes que nosotros?

—Es que en el futuro, la técnica que tenemos los youtubers es decirle a la gente que todos sus males se arreglan con el pensamiento. Y la gente nos cree y nos paga por eso.

El miedo hacia que las palabras del forastero fueran cada vez más quejosas. Largaba pequeños gemidos y algún que otro sollozo.

—Esto es todo mentira de este vil traidor —dijo con furia Zudáñez, que apretó un poco más la daga.

—No, no, no… Lo juro por Dios que no soy traidor. Solo quise ayudar para ganar más seguidores en el futuro.

—¿Y eso por qué? —preguntó Garamendia con cierto interés por lo que decía el hombre.

—Porque mi canal estaba bajando en visitas y no sabía qué más hacer.

Los militares se miraron desconfiados y en silencio, por unos segundos. Zudáñez retomó el interrogatorio.

—¿Qué es eso del canal?

—Es el lugar por donde transmito a mis seguidores mis conocimientos.

—¿O sea que usted le cuenta todo lo que conoce por ahí?

—Si. Y me pagan para hacerlo. Gano muy buena plata por hacerlo. Pero como no me estaba yendo bien, tuve que venir hasta acá para documentar todo y con eso ganarme nuevos seguidores.

—¿Y cuantos seguidores tiene?

—Más de dos millones de personas.

Los militares se volvieron a mirar incrédulos. Garamendia ahora sentía que la ira lo desbordaba.

—¿En serio me tengo que creer que es verdad todo esto que usted dice?

—Si, si… Yo no tengo ningún bot.

—¿De qué me habla?

—Que los bots son seguidores falsos. Yo no compro seguidores. Todo lo mío es orgánico. Mis seguidores son todos reales.

—¡REALES! —gritó Zudáñez — Yo le dije desde un principio que este charlatán nos estaba engañando. ¡Es un espía godo!

Garamendia le sacó la daga de la mano al capitán y él mismo le abrió la garganta de lado a lado. Luego comenzó a romper el aparato que traía el espía. Zudañez le pidió a su teniente coronel que se detuviera, pero Garamendia se negó. “Nada de lo que pueda traer esto me es útil”, gritó entre lágrimas mientras no paraba de golpear el vidrio templado del celular con una roca.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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