El viejo tenía razón

E

Casto Morales da Grazia levantó la vista hacia el espejo y suspiró. Las bombitas de otro tiempo enmarcaban su rostro, ya blanco de base, mientras con un gesto delicado se pasó el rimel cuidando de no salpicar sus ojos negros, profundos, llenos de una tristeza tan honda como el canal de salida del puerto, que había surcado infinitas noches ajustando boyas y señales.

En la mesa, además del maquillaje, blanco y bermellón para la piel, negro para ojos y labios, habìa un pequeño doble cassetero, de teclas y detalles cromados, con las marcas de  mil camarines, y un sonido irremediablemente agudo, vibrante y con la distorsiòn propia de los parlantes en agonía.

Una voz a medio camino entre la histeria y el ridículo “ustedes nos ponen salvajes, nosotros los enloquecemos” y el coro repetido al hartazgo estalla, “quiero rocanrol toda la noche, y fiesta todos los días”. Casto suspira, tomando el labial. Su pie izquierdo sigue la batería cuadrada y diáfana de la canción tan vieja como su público. La camisa negra con un par de botones aun desprendidos brilla como si fuera de lentejuelas. A la derecha, prolijamente planchadas y en una percha, las piezas del traje a rayas descansan, esperando la fiesta sobre el escenario. Es la tercera noche en el Metro, y se está registrando todo, para el DVD en vivo “25 años”.

La puerta se abre sin golpes, y se oye la voz del representante, 

-¿Cómo estamos, tigre? ¡Acá afuera, esto explota! 

-Dame diez que me visto y ya casi estoy. ¿La banda, alistó ya?

-Si, ya están calentando la garganta y aflojando los dedos.

El Oreja Artola, representante de Casto desde que dio el salto del circuito clubes de mala muerte y whiskerías de olvidadas en cada caserío de la provincia, cerró la puerta, y recordando, abrió y volvió a la carga. 

-Para luego ¿querés una tetona o andas con ganas de comer carnita contra el hueso? Está llena de vedettes y modelos calentonas la zona vip de hoy

-Después veo… Hoy tengo ganas de tomar un champú bien frapé con la banda, y después vemos. 

-Como gustes, campeón. 

La puerta se cerró, y el cantante se puso en pie, buscando el pantalón. “Pensar que ahora cada noche puedo elegir la mina y el servicio, y encima ellas copadas. En esta escena el que no garcha se hace dar, mismo”.

Lo invadió un segundo de melancolía, mientras el cassetero insitía en un zumbido de guitarras chirriantes y voces agudas que relataban hazañas sexuales, peleas callejeras, y ríos alcohol.   

Si me viera el viejo, no podrìa creer, al final tenìa razón, como siempre. Se metió la camisa dentro del pantalón ajustó el cinto. Del sillón situado a la izquierda de la mesita del camarín, tomó la vieja criolla y acarició las cuerdas. Sin pensarlo sus dedos encontraron una ritmo de milonga, en do menor. 

No hay dolor más atroz que ser feliz, canturreó. Carraspeó, encontró el sol y soltó la voz con fuerza, Sé más mujer Estefany, cantó por encima de la estridencia del grabadorcito, que pareció empequeñecerse aun más si eso era posible. Se calzó los zapatos blancos, brillantes, encendió un cigarro, y caminó de ida y vuelta aquel breve espacio. Tomó una petaca, enjuagó la garganta en ginebra,  y entreabrió la puerta. Desde fuera la expectación llegaba en un murmullo creciente. 

Se volvió, y con el saco calzado, impecable, se puso en marcha ensayando la sonrisa. De la puerta de enfrente, salió la banda. Jorgito el pianista, el único que estaba con él desde el inicio, Alberto abrazado al bajo, Julián con la guitarra eléctrica colgada hacia atrás, y el Tano Trossero, con sus manos enormes y tibias, que hacían hablar a las tumbadoras. Del camerín de la izquierda, emergieron las hermanas Rostán, Pierina y Marcela, encargadas de los caños de la banda desde hacìa diez años. El flaco Zubeldía, ansioso como siempre, fumaba recostado a la pared empapelada de un rojo furioso, marcando con el pie un ritmo preciso, de reloj, que en breve daría el pulso a la banda.

Mientras dejaba pasar a los músicos viéndolos desaparecer de a uno hacia la derecha, recordó la húmeda noche de febrero, 28 años antes. Tras el enésimo fracaso con la banda de metal, en medio de un club semi vacío y hostil, se había enfrentado a la decisión clave de su vida. O persistir contra viento y marea con la distorsión y los power chords, o aprovechar el caudal amplio y oscuro de su voz, para zambullirse en algún género que le permitiera vivir del arte.

El viejo tenía razón -pensó nuevamente-, a mí solo me importan los aplausos y las minas. Cuanto más, mejor. 

Subió lentamente la escalera detrás del escenario y se instaló un segundo detrás de la batería. Delante suyo el público estallaba en una ovación, mientras la banda tomaba sus lugares y comenzaba la zapada super ensayada para sonar siempre a improvisación y calentamiento. Las luces creaban una atmósfera de verdes y anaranjados que a una señal del guitarrista se transformó en un mar de flashes blancos y enceguecedores, para dar paso a un azul marino que invitaba a nadar en aquel enjambre de gritos, y acordes precisos que ponían los corazones al borde del estallido

La voz del locutor de radio contratado para la ocasión anunciaba:

-¡Lo que todos estaban esperando! ¡Diversión, calor y sentimiento! Luego de su gira por toda América Latina, en su tierra nuevamente, con ustedes y nosotros, sras y sres; el indiscutido, el número 1, el Elvis Presley de la movida tropical, Casto Morales, da Gra zia!!!

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

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