Escribir después de Moby Dick

Cuando los acordes de Entre dos aguas de Paco de Lucía llegaron a su fin, recuerdo, no sin vergüenza, haber jurado jamás tocar la guitarra. No tenía caso, ¿para qué continuar si este hombre había existido? Cada intento tímido y apresurado con la guitarra española sería de ahora en más solo un ruido. La paralización frente a la genialidad me es tan brutal que intento olvidarla, como si no fuese de este mundo. Tarea imposible el solo hacer cosas si recordamos a los grandes genios. Por eso intento olvidarlo, minimizarlo, bajarlo de ese pedestal que solo yo y otros miles le fabricamos. Cuando el talento es más que talento no es inspirador, como creen esos mortales tan horizontales con el resto de los humanos. Ese tipo de talento es destructor. Tal vez los griegos siempre tuvieron razón y los dioses caminan entre nosotros, jugueteando con los mortales a su capricho. ¿Cómo tocar la guitarra después de escuchar a Paco de Lucía? Tal vez olvidándolo, a medias. 

Ayer terminé de leer la gran novela de Melville. Hace años no sentía esa extraña sensación de mortalidad, ineptitud y de enojo. La ballena blanca se llevó más que toda la tripulación del Pequod de Nantucket (salvo Ismael, disculpen el spoiler), sino que se llevó todas mis ganas de escribir, así como el español se llevó todas mis ganas de tocar la guitarra. El enojo llegó antes, cuando en esos primeros capítulos el autor se anima a comentar sobre la humanidad toda en solo cinco o seis líneas, al final de cualquier capítulo inofensivo sobre velas, direcciones a sotavento o barlovento, y que golpean tan fuerte que el aturdimiento puede durar hasta días. Tal vez se pueda debatir sobre su actualidad o no, de su calidad literaria, pero no voy a eso, sino que voy al poder destructor de su genialidad como un coletazo del cetáceo blanco. Nadie podría continuar con su estúpida tarea o idea de ser un escritor al enfrentarse con esas líneas, nadie, solo un loco. Pero aún así el impulso de crear es tan ciego que muchos seguirán a sabiendas de su ineptitud. Les habla un inepto que tiene conciencia de su pequeñez. Muchos perseguirán ese lugar oscurísimo de la escritura, muchos caerán muertos y serán olvidados, la gran mayoría ni serán notados, pero, ¡oh, monstruo de la terquedad!, el escritor aún lo intenta. Muchos, la mayoría, repetirán, serán malas copias de otros muchos mejores, pequeños peces globo al costado de leviatanes mientras la gran ballena blanca los guía en el horizonte. Algunos tal vez logren dinero, escribiendo tips, recetas, o libros de autoayuda. Todos seguirán en sus corrientes y contracorrientes, nadando, a sabiendas de que su destino es igual al del barco repleto de la humanidad, ser devorados por un Dios inasible, como la tempestad más terrorífica del invierno o la guerra más cruenta. Si Herman Melville fue un escritor, nadie podría pensarse escritor, sino solo funcionarios detrás de un escritorio que, enfrentados a una tarea imposible y endemoniada como la de Ahab, vivirán como él, enloquecidos, delirantes, un poco imbéciles y algo sabios, con las heridas de una vida tan dura como demostrativa de que no hay otro final más que la muerte llana como el sudario de un mar calmo, sin reconocimiento ni trofeos.

¡Pobres de los escritores que lean Moby Dick, pobre de ellos! Los imagino riendo, o vociferando y refunfuñando que es aburrido, estúpido, pero en el fondo sabiendo, sudando esa gota gorda de los narcisistas, que jamás podrían escribir algo remotamente parecido. No hablo de estilo, ni siquiera de calidad, sino de esa genialidad que no se aprende ni en las mejores escuelas ni en los ridículos talleres de escritura. Aquel que se larga a la tarea hermosa de escribir debe olvidarse de Moby Dick, o nunca leerlo si aún no tuvo tiempo y ganas. O tal vez, debe leerlo con sus roles bien armados, con su cinismo afiladísimo, sus dientes de exégeta, sus ojos de snob y con su lengua de artista incomprendido. Así y solo así, con esas defensas risibles y tan entendibles, podrá no caer en la desesperación. Tal vez exagere, y usted está en su derecho de pensarlo, pero denme la pluma de un cóndor para escribir después de Moby Dick, ¡denme el Vesubio como tintero!

Acerca del autor

Martin Lamadrid

Nació en Durazno, Uruguay.
Su abuela fue maestra, su abuelo alcalde, su madre es archivista y dicen que su padre es taxista.
Psicólogo de profesión. Doctorante en la Universidad de la Sorbonne en París.
No fuma ni se droga. Lleva una vida aburrida.
A veces escribe.

1 Comentario

  • Qué hermoso escuchar a Pablo de Lucía y después leer estas líneas. Líneas que nos llevan a la profunda humildad y contemplación de lo bello. Me quedé con lo de los dioses entre “mortales”. ¿Qué posibilidades da la sociedad actual para permitir nuevos dioses descubrirse? Hermosa forma de escribir, leerlo es un placer.

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