Gutiérrez, el mejor oficinista del mundo

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Hay personas que están tocadas por la varita mágica del destino. Gente que sobresale del resto de los mortales con brillo propio. Cuando aparecen, las cosas se dan vuelta y, casi sin quererlo, comienzan a girar en torno a su presencia. Tal es el caso del uruguayo Oscar Gutiérrez, que logró la fama de ser el mejor administrativo del mundo.

Gutiérrez nació en una familia de oficinistas. Con una madre secretaria en un empleo público y un padre despachante de aduanas, el pequeño mamó el oficio como Rómulo y Remo lo hicieron de la loba Luperca. Incluso Gutiérrez sorbió como los dos romanos juntos. Con los principales fundamentos en sus venas, el niño creció y un buen día salió a conquistar el mundo. Ni bien tuvo edad para trabajar, se presentó en un llamado para desempeñarse como pasante en una pequeña empresa de logística. Quedó contratado al instante, dado que en la entrevista no solo demostró de qué estaba hecho, sino que terminó corrigiendo a los propios entrevistadores. Al poco tiempo de estar en el puesto, ya llamaba la atención de propios y ajenos. Primero, por la calidad de su labor. Después, por ese saber estar que tienen los distintos a nosotros, que tenemos que salir a los campos de batalla en que nos pone la vida cotidiana con los simples atributos que nos dio la madre naturaleza.

En menos de un año, comenzaron las primeras propuestas. Desde las diferentes secciones de la empresa, lo llamaban para hacerle toda clase de ofrecimientos. Por ejemplo, los de Compras le ofrecieron aumentos de sueldo. Los de Recursos Humanos fueron por un camino menos ortodoxo: lo tentaron con toda clase de estupefacientes, alcoholes y placeres sexuales. Pero Gutiérrez, siempre con la mira puesta en llegar a lo más alto, se enfocó en mejorar su condición laboral fuera de la empresa, hasta que por fin lo consiguió. No sin antes haber conocido los pormenores laborales de la oficina de “RRHH”.

Al igual que muchos grandes de la historia como Cristo o Ruben Rada, la vida de Gutiérrez tuvo unos años donde todo se vuelve un misterio. Algunos dicen que deambuló por empleos menores sin mayor suerte. Otros aseguran que, durante ese lapso, se preparó para lo que vendría a ser su despegue laboral. Pero más acá o más allá, todos coinciden que el punto de inflexión en su vida fue el momento que conoció a Rodrigo De Santis: un exdirector de Limpieza de la Intendencia de Montevideo, que tenía una jubilación elevada, similar a la de un exgerente de empresa multinacional o General retirado. Con él como mentor, Gutiérrez tuvo un conocimiento cabal de cómo funciona el mundo de la burocracia estatal y de esta manera, pudo ingresar a las ligas mayores. Porque el talento, sin el entrenamiento adecuado, puede terminar convirtiéndose en un mero desperdicio.

El caso es que Gutiérrez no era un funcionario que ocupaba un puesto detrás de un escritorio: directamente era el mejor de todos. Él se distinguía de sus compañeros por su celeridad, su exactitud y su solvencia. Aunque en este preciso momento haya miles de jugadores de futbol que están metiendo un gol, solo a unos pocos se les paga dinerales para poder ver las artes que desplegarán el próximo domingo en el campo. Lo mismo pasaba con Gutiérrez que, además, era el mejor entre los mejores.

Porque como se dijo, un gol lo hace cualquiera. Pero no es lo mismo lo que puede hacer un Maradona o un Pelé. Y Gutiérrez era el Messi de los oficinistas. Cuando sacaba fotocopias, la gente no lograba distinguir el original de la copia. Hubo quienes presenciaron el momento en que fotocopió un libro entero (con tapas y todo) y el propietario no supo cuál era el auténtico, ni mirando la dedicatoria en la primera página.

Al cabo de varios años, se había convertido en toda una celebridad en el mundo burocrático uruguayo. Su fama era tan extendida, que había personas que iniciaban trámites en aquel ministerio sumamente oficinesco para el que trabajaba con tal de tener un Gutiérrez original.

Los que tuvieron la suerte de verlo, pueden afirmar que todo en él era magia pura. Su simple arribo cada mañana, transformaba los fríos pasillos del ministerio en un enjambre de abejas enloquecidas ante la reina. De tal modo que despertaba más admiración que la llegada del ministro de turno. Ver cómo se preparaba el mate, era como estar frente un antiguo ritual maya. Y hasta el momento en que se estiraba para no entumecer su cuerpo, parecía una danza étnica.

Paulatinamente fue acrecentando su destreza y terminó por tener empleados a su cargo. Era tan pero tan bueno en lo que hacía, que cuando le llegaba un correo electrónico venían desde otras oficinas para asistir al momento en que redactaba la respuesta. Era tal la admiración que generaba, que un ministro mandó instalar una pantalla con circuito cerrado de video en el hall principal de la sede, solo para que funcionarios y público en general pudieran ver el instante en que Gutiérrez cumplía con la tarea. Ese día, a la salida, se formaban pasillos por donde Gutiérrez caminaba triunfal entre aplausos y vítores. Él ofrecía una sonrisa, señalaba a los conocidos entre la multitud, saludaba con la palma de su mano o inclinaba la cabeza como agradecimiento.  

Hasta que un día, su nombre llegó al Consejo de Ministros del Poder Ejecutivo. Hubo una sesión en la que se generó un fuerte debate sobre donde era mejor que Gutiérrez prestara servicios a la nación. Al final, el presidente entendió que los argumentos de la Cancillería eran válidos: el mejor funcionario debía ser una muestra de la eficiencia oriental y al mismo tiempo, una carta de presentación con el exterior. Así llegó, no solo a trabajar en solucionar los problemas del país ante el exterior, sino que comenzó a tomar notoriedad fuera de fronteras. Muchas potencias le ofrecieron trabajo y como en aquellos primeros tiempos le ofrecían todo tipo de retribuciones por sus servicios superlativos. Todos querían tener al mejor oficinista del mundo en sus filas.

Gutiérrez podría haberse ido del país y ahora estar radicado en Nueva York, Roma, Ginebra o Rusia. Sin embargo, él, como una muestra más de su humildad, pidió culminar sus años de trabajador en el archivo del Instituto Nacional de Alimentación y recibir una compensación del 40 por ciento de su sueldo por sacar fotocopias. Hay quienes tienen el tupé de decir que Gutiérrez es un inútil, que toda esta historia es un invento para cobrar unos pesos más y que apenas se sabe atar los cordones. Pero claro, la grandeza del distinto es la envidia y el resentimiento de los que se saben inferiores.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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