Match de fondo

M

I

El tío y el sobrino formaban una dupla de alto contraste, mientras marchaban a ver una jornada de boxeo en el hotel Conrad de Punta del Este. El veterano era un hombre retacón, bastante pasado de kilos y de canas. Sereno al andar y al hablar. El joven en cambio, era alto y desgarbado. Cuando hablaba, gesticulaba tanto que parecía sordomudo. Quienes los vieron marchar desde la terminal de ómnibus al lugar donde se realizaría la pelea, podrían asegurar que el Quijote y Sancho Panza habían invertido los roles. Mientras el tío rememoraba peleas míticas o boxeadores legendarios, el sobrino se maravillaba al descubrir el lujo del balneario más top de Sudamérica. Por momentos mantenían un diálogo esquizofrénico. Así y todo, ambos estaban contentos.

Esta era la segunda vez que tenían una salida juntos. En la primera, Esteban (el sobrino) tenía nueve años y su tío lo había llevado al Parque Rodó, para que sus padres pudieran separarse con la tranquilidad de poder insultar y echarse en cara todo lo necesario, sin la presencia del vástago de la familia. Esteban recordó por siempre las palabras de su tío Juan, cuando cerraba la puerta de calle. “¡Segundos afuera!”, gritó desde el umbral y dio un portazo que ofició de campana entre los dos contendientes. Ahora, con diez años a cuestas, ambos volvían a salir juntos. Solo que en esta oportunidad, las heridas le dolerían a otros.

Juan amaba el boxeo. Sostenía que en este deporte se encuentra una de las claves para poder entender los menesteres de la vida. En un momento de la conversación durante el viaje desde Montevideo a Punta del Este, el tío transmitió su teoría, casi como una verdad revelada. “Vos te preparás, te esforzás, te concentrás y te sacrificás, pero más acá o más allá, la vida te va a hacer subir al ring y te va a reventar a piñas. Podés salir bien, mal o regular. Pero siempre sabiendo que va a venir otra pelea después de esa”. Esteban asentía mientras pensaba si en el hotel habría alguna minita. Pero Juan hablaba más para él que para su sobrino. 

Cuando llegaron a la entrada del hotel, ambos rostros tenían un brillo especial. Los dos sentían que aquello sería un momento único, porque era como pisar un templo. Uno, porque vería una jornada de pugilato internacional en vivo, luego de varios años. El otro, porque estaría entrando por primera (y posiblemente única) vez, al lugar que veía por televisión cada verano, mientras conductores y modelos se llenaban de gozo hablando de su propio gozo.

II

Juan tenía especial interés en la primera pelea del doble fondo. El combate final sería entre dos pesos pesados, cuya mayor virtud consistía en tener la mano pesada como una bala de cañón. O sea que sería una lucha tan funesta como ver el choque de dos camiones viniendo de frente. En cambio, tenía mucho más atractivo la pelea por el peso semipesado entre el campeón uruguayo, Dario Farías, proveniente del Villa Teresa y la joven promesa del histórico Palermo Boxing Club, Bryan Silveira. 

Farías, más cerca de los cuarenta que de los treinta, venía reteniendo el título a fuerza de peleas contra retadores dispares, que le dieron varios dolores de cabeza. De todas maneras, “El Trompo” era un tipo con mucho más maña que fuerza. Solo que la llegada de Silveira, que en sus últimas presentaciones mostraba un estilo rápido y agresivo, prometía un buen intercambio de golpes.

Los dos primeros combates, sirvieron para que Juan pudiera explicarle a su sobrino, cuestiones básicas del deporte, pero también del ambiente. El veterano le explicaba al flamante mayor de edad, como utilizar el cuerpo para la lucha, mediante frases poco técnicas y algunos ademanes. 

III

Farías, un hombre de color oliva y serio como un funebrero, se hamacaba lento de izquierda a derecha en el rincón azul mientras el presentador pronunció su nombre. Levantó el puño izquierdo, en un gesto automático, programado para el protocolo. Su mente estaba puesta en el rincón rojo. En cambio, del otro extremo del cuadrilátero, un joven regaló una sonrisa tan amplia como blanca, que contrastaba con el azabache de la piel. Le tiró besos a la cámara y dio unos saltos.

El árbitro hizo las últimas advertencias antes de dar el inicio a la pelea. Apenas los contendientes cambiaron su postura corporal al sonar la campana, Juan se concentró en el retador. Bryan era el hijo de Nelson Silveira, un boxeador de la época en que Juan manejaba talentos en su gimnasio. “Los Silveira no son gente fácil”, comentó en voz apenas audible. Esteban le preguntó por qué. Juan prefirió guardarse el motivo y fingió mayor interés por la lucha. 

IV

Farías ya estaba dando los primeros (y muy buenos) golpes al rostro del Pantera. Pero por algo tenía un apodo felino: dio dos saltos hacia atrás, que dejó tirando un gancho al aire a Farías y se aprovechó del descuido. La piña de zurda que largó el retador, impactó de lleno en la última costilla derecha del Trompo, que tambaleó un poco. Si bien fueron los primeros intercambios de guantes, sirvió de alarma en el cerebro del campeón. Mejor seguir estudiando al rival. 

Juan tenía ganas de volver al costado del ring. Extrañaba la adrenalina de estar pegado al rincón, indicando, controlando y curando. Una sensación que había dejado de sentir en el cuerpo hacía ya casi treinta años. De todas maneras, nunca se le había ido del todo de la cabeza y cada tanto, su pasado le pedía volver. Pero Juan había jurado alejarse de todo aquello. cumpliendo a rajatabla con el castigo autoinfligido. El inconveniente aparecía en momentos como este, en los que sentía lo mismo que un adicto en recuperación entrando al baño de un baile. 

Silveira se replegó. Impuso un ritmo que cansaba al Trompo y que le permitía obligarlo a realizar un mayor esfuerzo de piernas. Juan notó la estrategia y le dieron ganas de correr a gritarle al campeón que no entrara en el juego del Pantera. Pero ya era tarde. Farías descuidaba la derecha y Silveira aprovechaba cada error. La zurda del retador era tan potente y veloz como la diestra, porque tenía la ventaja de ser ambidiestro natural. 

Al minuto del segundo round, Farías conectó dos uppercuts potentes que aturdieron a Silveira. La Pantera pasó a ser un gato temiendo por la presencia del perro más feroz de la cuadra. El campeón, con el oficio que dan los años, convirtió los dos golpes en ventaja para el resto del asalto. Ganó el centro, se plantó firme y se dedicó a castigar el ojo izquierdo del retador. Silveira terminó recostado contra las cuerdas. Se abrazaba todo lo que podía, frenando los embates del Trompo. Round ganado por el campeón con comodidad. 

El tercero y el cuarto, ambos púgiles pelearon más parejo. A la entrada del quinto asalto, Juan vio algo que nadie se percató. Ni el equipo de Silveira, ni el equipo de Farías, ni los comentaristas de la televisión (que saben de boxeo lo mismo que de badmington). Enseguida se lo comentó al sobrino. “El cutman de Silveira no le atendió bien el ojo izquierdo”. Por impericia, temor o por ser muy nuevo, el tipo que debía recomponer al retador cometió dos fallos importantes. El primero fue que en vez de aprovechar los 50 segundos que tenía para tratar de desinflar el pómulo, le dedicó más tiempo a cerrar una herida superficial sobre la ceja. El otro error fue que no se acomodó bien en el lugar. El second se plantó delante del Pantera para darle masajes en las piernas, quitándole espacio de trabajo a quien debía concentrarse en la cara. 

Farías fue derecho a Silveira y este le zafó con un par de fintas que descolocaron al campeón. Pero en el momento de devolver los golpes, le salió un contraataque errado a causa de la inflamación del ojo izquierdo. La vista comenzaba a ser el punto débil. Y Farías apuntó con una serie de directos a castigar la mejilla en busca de un corte. La zurda de Silvera mantenía la fuerza, pero perdía precisión. 

El sobrino no entendió, pero sin saberlo, la frase de su tío le estaba anunciando la palanca donde el campeón inclinaría la balanza a su favor. Al minuto y medio de este comentario, Silveira expuso su cara tras un golpe mandado a la nada y Farías, con un cross furibundo, tiró al retador. Tras el conteo, el Pantera no se pudo parar por más que lo intentó. 

“Definitivamente los Silveira son muy buenos pero nacidos para besar la lona”, dijo Juan mirando el rincón neutral en el que su tocayo Ullmann se paró por última vez, cuando noqueara a Nelson Silveira. Le pareció volver a ver al Martillo de Manga, con los pies pegados al piso del ring, sin siquiera esbozar una sonrisa ni levantar un puño, observando todo desde unos ojos sin alma.

V

Juan, ahora sentado en el Conrad, volvió a la pelea de su tocayo y discípulo. Ullmann había caído al gimnasio de Juan, ubicado en la calle Buxareo, entre San Lorenzo y Joaquín Muñoz. Hacía unos meses que la democracia despertaba nuevamente luego de un invierno verde de 12 años. Ullmann, un hombre retraído al trato, de entrada fue apodado “El Gringo”. Con el paso de los meses y la manera que tenía de castigar a los sparrings, lo rebautizaron como “El Martillo”. 

El entrenador comprendió que ese hombre tenía una furia interna. Lo que no sabía era de qué clase. Tampoco era su rol averiguarlo. Para eso estaban los psicólogos y bien lejos los quería. Juan se jactaba de ser domador de fieras y para eso, necesitaba de luchadores con apremios económicos, instintos asesinos o sed de gloria. Ullmann tenía al menos una de esas tres cuestiones. 

“El Martillo” en tres años alcanzó cuerpo, mañas y presencia de púgil completo. Obtuvo el cinturón, tras pelear con un veterano boxeador de apellido impronunciable, que más que perderlo lo estaba soltando. Ullmann solo tuvo que dar dos vueltas. En el segundo round, ante una guardia baja del rival, sacó como en un acto de magia, un cross furioso que impactó en la sien del rival y lo hizo caer igual que un árbol. 

Así llegó a la que todos consideraron la verdadera pelea por el título. “Lo importante no es conseguir el título; lo verdaderamente duro es mantenerlo”, le explicó el entrenador. Y para desafiar a Ullmann, Juan pautó un combate con Nelson Silveira. Un negro joven del Palermo Boxing Club, estilista y que venía en buena racha. 

Juan hizo un trabajo cotidiano en reforzar un aspecto: la determinación del campeón. Todos los días, alimentaba lo que él llamaba “la furia del martillo”. Apeló a diseminar cualquier indicio de piedad. Machacó y machacó sobre lo limitante que es la culpa y en especial, en castigar la debilidad. El segundo entrenador (un veterano llamado Rodolfo Urchitano, ex boxeador y entrenador con más de 20 años de experiencia), una tarde le regaló a Juan un consejo: “No juegues con demonios que no puedas controlar”. Juan no hizo caso. 

VI

El teléfono sonó a las 3 de la mañana, al otro lado de la casa. Juan sabía que era el llamado de una desgracia o una emergencia. Lo que no sabía era que esa campana, daría el inicio de una pelea que duraría por siempre. 

— Hola. Le habla el oficial principal Carlos Porteiro, de la seccional decimoséptima. ¿Usted conoce al señor Juan Ullmann?

— Sí. 

— Pidió para hablar con usted. 

— ¿Qué pasó?

— Vino a confesar un homicidio.

— ¿¿Lo qué?? 

— Dijo que mató a su abuelo a golpes.

Más de...

Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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