Haz de luz

H

Para Blanca, por haberlo dado todo.

El muro espeso que formaba la cortina de enrollar, no había sido capaz de contener aquel hilo dorado de luz, que se filtraba en forma serena. Para ser invierno, ese sol tímido y tibio de las ocho de la mañana tenía un sabor único. Era un rayo. Solo uno, que caía con una inclinación de cincuenta grados y que iluminaba la primera hoja de una pila de formularios, ubicada al otro lado del recinto. Pero entre el haz, las partículas de polvo bailaban en un sentido caótico, coreografía suave que iba desde el vidrio hasta la mesa.

En eso pensaba Pablo Podestá, hombre de cincuenta y dos años de edad, petiso, regordete y cuyo mayor rasgo distintivo era haber acumulado todo el pelo que una cabeza puede juntar, en una sola y kilométrica ceja. Era tan llamativa que, al momento de atender los problemas dentales de sus pacientes, era de gran utilidad: servía para distraer la atención, como la asistenta del mago mientras se ejecuta el acto frente al auditorio.

El dentista, esa mañana entró a su consultorio y como era habitual, se disponía a comenzar con su rutina. Chequear la agenda, controlar materiales e instrumental, revisar el correo electrónico y ojear los diarios que dejaba sin falta el kiosquero en la portería del edificio, para que terminaran sobre la mesa ratona de la sala de espera. Pero, al entrar, hubo algo de ese rayo de sol que lo maravilló. El metódico odontólogo se dejó conmover por el color amarillento, por las motas de polvo, por la tibieza hospitalaria de un invierno benevolente y por la calidez del silencio.

Fue su secretaria la que lo sacó del trance. Metió la llave en la cerradura y abrió, sin percatarse que sentado en la silla de su escritorio, estaba su jefe abstraído mirando la ventana cerrada. Cuando vio la silueta de Pablo Podestá, eminencia académica, figura con cierto vuelo mediático, distinguido exdiputado y padre de cuatro varones, pegó un chillido que sonó a frenada de auto. El dentista se llevó la mano al corazón y se le erizaron los pelos de los brazos.

—¡Ay doctor! ¡Casi me mata del susto! —dijo la secretaria mientras apoyaba su mano derecha en la base de la garganta.

—Carmen, le pido disculpas. No la quise asustar.

—¿Qué le pasó, doctor? ¿Algún problema?

—No, no. Estaba pensando nomás.

—¿En qué?

—No sé. —Los mofletes mostraron una sonrisa tímida —. Sinceramente Carmen, no lo sé.

Dicho esto, se paró y levantó la cortina con rapidez.

La jornada comenzó. La secretaria le hizo un pequeño recuento de lo que alertaba el contador en su último correo, lo que le comunicó el día anterior el empleado de la inmobiliaria acerca de unas novedades en el edificio y la llegada de dos nuevos pacientes. Podestá escuchó el reporte con una sensación extraña. Como si todo aquello fuera lejano. Como si no fuera a él al que le hablaban sino a alguien más.

Los pacientes llegaron. El dentista, siempre gentil, los atendió con solvencia. No solo les solucionaba sus problemas bucales, sino que, además, les quitaba temores, les devolvía confianza y les levantaba la autoestima. Podestá entendía que ese era su mayor capital y su mejor marketing. Pero ese día, todo lo vivió como si le hubieran dejado el lugar a otro. Él trabajaba, hacía chistes, pagaba cuentas, pero en verdad su mente estaba en otro lado. Era Pablo Podestá, pero uno distinto al de siempre.

Y así llegó a su casa. Habló con sus hijos, esperó a que llegara su esposa del trabajo, llamó a un amigo por su cumpleaños, miró el informativo y cenó en familia, siendo ese Pablo Podestá que ve el desarrollo de la acción sentado en la tribuna de su propia vida. Dos seres que habitan un mismo cuerpo y comparten una misma identidad.

“Me voy a bañar”, dijo de golpe. Adentro del baño, se desnudó parsimoniosamente, tomándose su tiempo. Abrió la ducha tibia y dejó caer el agua sobre la nuca, por unos minutos. En ese instante, como si el agua fuera la pieza que le faltaba al rompecabezas, Podestá logró comprender lo que pasaba.

Esa mañana el haz de luz que entró por la rendija de la ventana no vino del sol. Pablo Podestá no era el prominente dentista y el consultorio, no era el consultorio. Hasta que su secretaria apareció para cortar el cordón de plata, Podestá estuvo de nuevo con su abuela Olga, La “Bubu”, una mañana de invierno en la que ella lo acompañaba al patio de la escuela para asistir a un tedioso acto escolar.

La danza del polvo y el rayo de luz lo transportaron a la casa de aquella mujer que había dejado todo para criar a sus nietos. Julio Podestá se convirtió en ausencia, una mañana de mayo cuando decidió irse, dejando atrás a su madre, a sus hermanos y a él. Su madre tuvo que trabajar hasta en tres lados como enfermera para poder parar la olla. Y mientras tanto, la Bubu fue quien sostuvo como un Atlas a esa familia.

Durante toda la jornada, Podestá extrañó a su abuela. A la madre de su madre. Y las cosquillas del agua de la ducha golpeando finito sobre la nuca, le hizo recordar a las caricias de las uñas de la abuela antes de irse a dormir. Pablo Podestá entendió todo y se largó a llorar.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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