Kilmon, el tecnócrata

K

A veces, Kilmon tuvo la suerte o la desgracia (según se mire) de participar en eventos que no formaban parte del circuito cultural que habitualmente frecuenta. Esto le ha permitido acceder a mundos muy diferentes. Por ejemplo, el escritor tuvo la posibilidad asistir a foros como la Convención anual de comercio exterior en Santiago de Chile, el Simposio de historiadores revisionistas de Cusco o la Feria del pollo, el cerdo y afines de Jalisco. Cada una de estas apariciones era, al mismo tiempo, una posibilidad de promocionarse, de conocer lugares nuevos y de adquirir nuevas herramientas para su trabajo como escritor. O como él lo llamaba: “estudiar personajes”. 

Por eso, cuando el autor de “Los ojos debajo del puente” y “Baldosas frías” recibió una nueva invitación, aceptó encantado como siempre. En esta oportunidad, debido a su compromiso social, se trataba del Quinto encuentro de operadores técnicos latinoamericanos del área psicosocial vinculados a las situaciones de vulnerabilidad económica en el marco de la postverdad. Como siempre hace en estos casos, dejó un correo programado casi en el mismo momento en que leyó la carta, para ser enviado seis días más tarde. 

Kilmon fue uno de los expositores centrales del evento. Su participación fue muy esperada por sectores del progresismo, incluso cuando el propio autor no simpatiza mucho con sus métodos. Según comentó en una entrevista, esta corriente de pensamiento le parece “tan floja e incómoda como un calzoncillo con el elástico estirado” y mucho de sus seguidores “son tan literales y simples que si alguien les dice que ‘la pluma es más poderosa que la espada’ entonces se enfrentarían a un oso enfurecido recitándole poesías de Góngora”.

Como era de esperar, Kilmon participó con los sentidos puestos en aprender de este universo de tecnócratas. Mucha gente se le acercó a saludar y hacerle preguntas, momentos en los cuales el escritor sacaba apuntes mentales de palabras, frases y términos que luego utilizaría. En secreto, él se maravilló con un detalle importante de la jornada: todos hablaban mucho, pero sin decir nada. Eran discursos vacíos, repleto de palabras rimbombantes y neologismos.

Recordemos que Kilmon, además de ser un cínico empedernido tanto por el costado filosófico como por el etimológico de la palabra, le gusta mucho jugar con el idioma. Fue por eso que su intervención fue un pastiche hecho con el dialecto que escuchó durante el evento. Uno de los pasajes más citados en redes sociales fue:

“Dada la interpersonalidad de los intereses intrínsecos e intrasectoriales del mercado, es importante visualizar la articulación multisectorial de los factores que emergen de la propia territorialidad y que atraviesan todas las variantes de los saberes inmersos en las no-formas de la política. Es de recibo admitir, que la transversalidad recíproca de las multivocalidades que ofrecen de paradigma emergente en la cultura postcolonialista, implica un reverso a los discursos alienantes de las estructuras antisociales occidentales”. Este fragmento, aún hoy tiene cientos de compartidas en redes sociales.

Pero como si un engendro malvado se hubiera apoderado del escritor, luego de su intervención siguió hablando como si fuera un tecnócrata más del evento. Entonces, si por ejemplo, quería que alguien le pasara un vaso de agua Kilmon decía “me gustaría que, dentro de las posibilidades que brinda sus polisémicas conductas de lo corpóreo y a su vez forma parte de sus sentires, enmarcado siempre dentro de un diagrama de las pautas suprasociales que nos unen en una cultura común, si tiene a bien ayudarme a lograr el acceso a un derecho humano fundamental que permita saciar mi sed”. 

Una vez culminado el evento, Kilmon siguió tan ensimismado con esta jerga, que llegó a su casa y compuso su ya famoso poema “Oda a la intervención participante de tu amor”, que se reproduce a continuación:

Aquella vez que vi tus ojos,
me interpeló la potencia de tus axiomas
que se entrelazaron en la construcción de mis competencias
transversalizando mis diversos sentires y saberes.

Es quizás esa operancia canónica
esa ambivalencia entre el no-ser;
y sus líneas de fuga
lo que me hacen odiar a todos los subsistemas del biopoder
y adorar toda tu red de contención
tus rizomas,
tu marco teórico.

Desde ese entonces,
tu generas en mí un dispositivo,
un abordaje de deconstrucción neofoucaultiana,
que me (re)compromete con un amor polisistémico
endógeno
orgánico
articulado

Te dedico estos versos libres,
tan libres como tu subjetividad
y tu contradiscurso,
que me veo arder en la seductividad de tu coherencia logocéntrica;
no solo de pensamiento clarificado ante las neoestructuras simpleficantes,
sino también, por la (mejor) interconectividad de los nodos
que forman todo el demos
de tu piel.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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