La hoja en blanco

L

Abro el procesador de texto. La hoja en blanco fue, es y será la hoja en blanco. Sea de papel o en la pantalla de la computadora, siempre me recibe con el mismo ataque sorpresivo, con el que Cato emboscaba al Inspector Clouseau. Y mientras, quedo pegado a este rectángulo blanco que hace juego con mi mente al momento de comenzar a escribir. ¿Por dónde empiezo? ¿Para dónde quiero ir? Preguntas que llegan en el mejor de los casos, porque a veces ni siquiera se sabe lo que se tiene en la mente.

El cursor titila. Hace guiñadas. Me pide que empiece a tocar el teclado. Como en un acto de magia, cada movimiento hará aparecer una letra, que se convertirá en una palabra para irse complejizando en una idea, que deriva en una progresión que se convierte tímidamente en una historia completa. Pero claro, ahora solo es una línea intermitente en el rincón superior
izquierdo. Un corazón que late sin pasión ni sentido.

Será recién cuando la mente dibuje la primera pieza del rompecabezas, el momento en que las manos comenzarán a galopar sobre la planicie de letras desordenadas en formato QWERTY. Y será justo ahí, cuando ese corazón vivo sienta la pasión. Hablar de sentido ya es muy distinto.

Estoy seguro que mi hijo, que aún no conoce la escritura como representación gráfica del mundo, abre el procesador de textos y le pone la misma energía vital que yo a teclear como un desaforado. Pero, así y todo, él encuentra en el acto de apretar un botón y que a 50 centímetros de su cara se dibuje lo que para él es un garabato, un placer lúdico tan dispar y tan similar al que siento realizando la misma acción. A fin de cuentas, un escritor y un niño son
enloquecidamente iguales.

Hoy abro la hoja virtual, la miro y busco las palabras correctas. Ellas giran sin descanso en mi cabeza. ¿Cuál se atrapa entre todo ese entrevero y se pone en el primer lugar? ¿Cómo comienza este nuevo viaje? La intensidad no cede y el cursor espera como un caballo en las gateras. Esa primera palabra dará la señal de largada. Desde ahí, todo empieza a surgir. Una vez establecido el pistoletazo de salida, todo será mantener el ritmo y la intensidad.

Así que, medito, mido, espero y analizo. Y a diferencia de mi hijo, al que le da lo mismo la letra K que un ideograma japonés, mi placer radica en saber cómo comenzar y terminar un viaje que se realiza con palabras. Para mi hijo, el viaje (o como llenar la página de texto) es una energía sin frenos que lo impulsa a presionar desaforadamente las teclas. Cada página es una pieza
dadaísta. Algunas incluso, de formas variadas y bellas. El mío, por el contrario, consiste en calibrar cada sintagma en el texto desde el inicio hasta el final. Un viaje que no es para la vista sino para la razón. De todas maneras, ambos somos felices con nuestros estilos artísticos y no
nos sentimos culpables por ello. Él menos que yo.

Así que hoy, me decido a lanzar esta página para compartirla con ustedes. Necesito pensar bien cómo dar este primer paso, hacia un viaje que no sé a dónde me podrá llevar. Espero. Pienso. Y de golpe, el torbellino de imágenes se frena. Ya tengo el primer paso. Empiezo a darle vida a la hoja. Presiono las teclas y escribo: “Abro el procesador de texto. La hoja en blanco fue, es y será la hoja en blanco”.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

4 comentarios

  • Muy buena manera de describir una realidad tanto para el escritor/a como para un simple mortal. Cuando se tiene que redactar una nota, una solicitud, una queja, una felicitación en una tarjeta, es una pesadilla armar un pensamiento coherente , sin caer en lo vulgar y lo reiterativo y ni te digo dejar un comentario sobre un texto publicado en la máquinadecontar.com.

    • ¡Muchas gracias, Nair! La inspiración es algo que no siempre nos llega y a veces hasta nos atormenta. Uno suele pensar que la creación consiste en chasquear los dedos pero es mucho más complejo.

      Nuevamente gracias.

  • Me encerraste en un círculo vicioso!!! Jaja muy bueno!! Más que nada la parte que mencionas la “culpa”… Siempre los adultos tendremos algo de culpa por más niños que querramos sentirnos jeje. La niñez es inalcanzable en ese aspecto. Linda narración de la experiencia de escribir. Invita a hacerlo desde el “amateur-ismos”

    • Me alegra que después de todo, el círculo se haya cerrado. Y sobre todo, que el viaje en esta calesita de letras, te haya dejado más ganas de volver a este parque temático.

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