La noche de la humanidad

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Solo. Eran las cuatro de la mañana en el hall de la automotora más grande del centro de la ciudad. Los autos de alta gama, dos blancos y uno negro en el medio, gobernaban el lugar con la comodidad que se permiten los que dominan una nueva tierra conquistada. Y allá atrás, escondido en la penumbra, el único ser con un corazón que latía. El único de la manzana y de su especie en estar presente. El resto de ese cuadrilátero de comercios y oficinas, estaba vacío. Sin saberlo, era el representante de todos los que aún seguían con vida. Era el sereno.

Hacía dos horas ya, que estaba sentado al fondo del Showroom. No tenía la radio prendida; tampoco la estufa, a pesar del frío intenso. Prefería el abrigo de la campera de nylon gruesa que le entregó la empresa como parte del uniforme. Con solo tener las manos en los bolsillos y la capucha puesta, a él ya le alcanzaba. Al mismo tiempo, le daba un aire más misterioso para quienes lo veían desde afuera. Pero esto último, era un reflejo condicionado de las épocas buenas.

Se había tirado para atrás, con los pies cruzado extendidos tan lejos como pudo. Miraba la calle. Vacía. Tan sola como nunca la había visto en su ya larga vida. No pasaba gente, autos o perros. Ni siquiera un linyera de esos que tenía que correr para que no se le fueran a acostar en la entrada y que siempre le jodían la noche. Ahora hasta los extrañaba.

Para mejor era sábado. Pero en este nuevo calendario era igual un miércoles a un viernes: todo era el peor domingo del peor invierno. Un invierno pandémico del dos mil veinte. Y desde hacía ya varios meses, estaba prohibido respirar en público. Aquel sereno en la automotora parecía haber quedado de guardia para ver si algo aún se movía. Al menos, eso sentía él, que no sabía bien qué tenía que controlar. En un mundo en donde la vida parecía que se podía perder en cualquier salida al exterior del hogar, los autos de alta gama ya no tenían la misma importancia de antes.

Aburrido, el sereno cada tanto se paraba y caminaba por el amplio salón, encima de un piso diseñado en forma de tablero de ajedrez. De vez en cuando acariciaba los autos como si de animales dormidos y mansos se tratase. O sino, daba algunos paseos por el resto del local, para desentumecer las extremidades y justificar un poco el sueldo. La soledad tan ansiada durante varios años, ahora devino en un infierno opresor y frío.

Un poco por tratar de encontrar algo que le entretuviera la madrugada, otro poco para buscar que el tiempo pasara más rápido, el sereno se paró pegado al vidrio de la automotora. Muy pocas veces lo hizo, durante aquellos tiempos en el que todo era lo viejo y sabido. Pero ahora, que el mundo distópico había llegado por decreto presidencial, ese acercamiento a la vereda tenía un toque de rareza. El vidrio separaba aquel interior seguro y resguardado, con el exterior del peligro para la salud. Para el sereno, pararse ahí siempre era un riesgo. Antes, de que un chorrito quisiera pasarse de vivo. Ahora, por acercarse a un exterior vedado.

Estuvo casi media hora parado en el lugar. Si alguien hubiera podido pasar frente al comercio, se pensaría que esa figura era un maniquí. Pero nadie pasó. Y recordó aquella historia que le habían contados sus padres, sobre un soldado japonés que permaneció escondido por 30 años, pensando que la Segunda Guerra Mundial aún no había terminado. ¿No sería él un sobreviviente como Hiroo Onoda? Pero esa idea fue desechada de un plumazo, ni bien sonó una alerta en su celular avisando que una modelo del momento estaba haciendo un vivo en Instagram.

Luego de un breve paseo entre los fierros de marcas caras, el sereno llegó a la conclusión de que él tenía un nuevo objetivo inesperado: ser guardia de seguridad, sí, pero ya no de la automotora. Aquel salón expositor de autos, con pisos hechos de mármoles blancos y negros, vidrio por pared exterior y una robusta mesa de roble al fondo, sería su inexpugnable atalaya. Su celular era la herramienta que le permitiría controlar si aún quedaba vida en el planeta. También era su forma de comunicarse, de informarse y de obtener nuevos conocimientos. Su misión sería darle ánimo a todo aquel que estuviera activo.

Él ya sabía cuál era su tarea. Su enemigo se presentó minutos más tarde. Ahora que sabía que los autos eran solo un decorado para poder estar ahí sin despertar muchas sospechas, se llevó la silla hasta ponerla casi tocando el vidrio. Se sentó y comenzó a llevar una bitácora, en un block de notas de su celular. Pensaba en hacer un blog o una página en redes sociales para interactuar con todos los que pudiera. Estaba tomando unos apuntes sobre la soledad y los primeros síntomas del abandono de los espacios públicos, cuando levantó la vista y frente a él, pasaban sus enemigos.

El asfalto de la calle nacía exactamente a los dos metros treinta y seis centímetros de distancia del vidrio de la automotora. Sentado al costado de la puerta de ingreso al local, el sereno miraba aquel pedazo de vereda que tenía delante. Y de repente, se escucha un motor. El sereno abrió los ojos como si estuviera escuchando llegar a los refuerzos. Sin embargo, un escalofrío recorrió su espalda. Era el carro de la muerte.

Pasó frente a él, a unos veinte kilómetros por hora. Era una camioneta verde, con caja cerrada. Tenía el logo de una empresa funeraria muy prestigiosa. La caja trasera, no permitía saber si dentro viajaba un ataúd o no. Pero ese detalle era el menos importante para el sereno, porque lo que más temor le dio fue ver quienes viajaban ese coche: dos imágenes semihumanas, ataviadas de nylon blanco ajustado con una capucha, lentes de acrílico y máscara con dos enormes filtros, que no le permitían ver el más ínfimo detalle. El vehículo pasó tan suave frente al sereno, que pudo distinguir cuando una de ellas lo quedó mirando: Eran la muerte y la peste. La muerte conducía. La peste controlaba y acompañaba.

Mientras pasó frente a la automotora, el coche bajó su velocidad. La muerte no se inmutó pero la peste giró lentamente su cabeza y se quedó mirando al sereno. Del otro lado del vidrio de la automotora, los viajantes desafiaban a aquel mortal. Querían intimidarlo. Pero el sereno ya se había dado cuenta de todo.

El sereno ya no era un simple sereno. Ahora él sabía que esa noche, se había convertido en el guardián de la humanidad.

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Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

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