Mala liga

—Es que fue todo mala suerte. Cuando la mala liga te persigue, es pior que los botones. Se te ensaña.

El que habla es un gurisón de 14 años, metro ochenta y cinco de altura, cara aindiada y un bozo de pelusa azabache sobre los labios. Sus brazos muestran la vida en una trama de tajos y cortes desparejos. Las manos enormes, de dedos largos y nudosos, dibujan una coreografía de arabescos mientras cuenta su versión de los hechos en el aire caliente de febrero.

En la antigua iglesia devenida gimnasio de la cárcel, el olor a meo y mierda de perro es un sustrato ácido disuelto en el aire, que muerde las narinas del hombre joven de pelo recogido en una cola de caballo, y mirada atenta a los gestos del adolescente.

Hace tres años que semanalmente visita aquel centro penitenciario para menores de 15, con la excusa de un programa de deportes; pero lo que más ejercita es la oreja —con los gurises— y la paciencia ante la desidia de la turba de funcionarios, siempre fumando impávidos frente a la tv mientras los pibes a su cargo padecen la ruina sorda de no importarle una mierda a nadie.

—¿Mala suerte, decís?

—Sí! mal ligado. Todo mal ligado

I

Mercedes, vacaciones de invierno.

—Che Jorge, ¿viste las viejas en la caja de jubilaciones?

—Más bien! Siempre las vicho, gil.

—Tengo una junada.

—¡Andá! ¿Cómo?

—Vive pa’ afuera, saliendo por Sarandí, hasta donde abre pa’l hipódromo… la casita esa de ladrillo que hay. Vive sola la vieja.

—Ajá… ¿Seguro que vive sola?

—Sí, más vale. Pero pa’ ir tranquilos, la vichamos unos días y tamos claros

Entre el dos y el tres de agosto se cobraron las jubilaciones, como siempre, en el edificio del BPS. La espera del primer día había sido vana. Apenas unos maníes vendidos, junto a dos o tres chocolates de dudosa legalidad. Hoy, en medio de la cuadra una mujer de unos 70 años, encorvada, con una chismosa vacía en la mano, hace la cola. Unos pasos más atrás, un muchacho de unos veinte años vocea ofreciendo ¡maní, calentito el maní!

En la esquina de Braceras y Careaga, un gurí con cuerpo de adulto y cara de niño se recuesta en la pared descolorida por años de lluvia llovida con el hastío manso de los inviernos en aquella ciudad sin viento. Su flaca presencia, aprovechando el sol apenas tibio de la mañana, es una sombra desgarbada y triste, indistinguible bajo la gorra de lana y la bufanda. Cada tanto fuma un Casino, y continúa su apacible hacer nada para quien lo vea, refistoleando de costado la fila de jubilados.

Sobre las diez y pocos minutos, la doña se pierde dentro del edificio. Desde la vereda de enfrente, las gurisas que salen de Magisterio a un recreo, se dirigen perezosas al manicero joven que apareció ayer, seguramente atraído por la fecha de cobro. Algunas fuman, amontonadas al sol, mirando con cara de fastidio joven e insolente a viejos y viejas que han ocupado el murito y la escalera donde suelen sentarse entre clase y clase.

Ninguna de ellas repara en la mujer que sale, bolsa en mano y se dirige hacia Sarandí donde dobla hacia el sur que, en Mercedes, todos ubican como arriba, porque la bajada, es hacia el norte, hacia el lado del río. Cuando alguien mire de nuevo hacia la otra esquina, ni siquiera notará que el gurisón alto y desgarbado ya no está, y nadie sentirá curiosidad suficiente como para asomarse a la calle Braceras y verlo subir, con un andar largo y cansino por la vereda del sol. Tampoco nadie verá que llegado a la esquina siguiente dobla y aprieta el paso buscando calle Sarandí.

El repecho es largo, no tan empinado como en las calles que suben al cerro, pero la pendiente se nota, y a la altura de Ferrería, o Serafín Rivas es pronunciada. Las várices de la mujer piden una tregua. La chismosa ya llena de la compra hecha dos cuadras antes, pesa y hace que el paso se le escore lentamente hacia la derecha. La vieja se recuesta en un murito, su respiración es un quejido agudo, sibilante en el aire apenas tibio del mediodía. De la chismosa emerge una botella de agua que abre y se empina en un trago largo.

En la vereda de enfrente un botija la adelanta y en la esquina dobla a su izquierda. Con aire distraído se sienta en uno de los cordones, tras un árbol de aquellos que se plantaron en el 85, cuando la democracia reverdecía hasta en las veredas del pueblo y sus padres ni siquiera se conocían. Desde allí verá unos minutos más tarde el paso lento de la mujer, repecho arriba.

Después de otro Casino retoma sin apuro alguno su paso por calle Sarandí. Una cuadra adelante la mujer es un bulto lento y pesado. Desde la última esquina del pueblo, un carro lleno de leña entra en la calle asfaltada que lentamente se torna camino vecinal. 

Jorge se detiene, enciende un nuevo cigarro, y espera que el carro se aleje. No quiere que lo vea más gente. En la ruta se vuelve fácilmente visible, no hay paredes para arrimarse, ni árboles en los costados; así que apenas ve la banquina se zambulle en ella. Desde allí, panza abajo entre el pasto todavía húmedo de la helada recién levantada, ve el final de la caminata de la mujer que se detiene en la puerta de la casa recortada como de un collage contra el cielo translúcido del mediodía, hurga en un bolsillo y abre la puerta. La oscuridad de la casa vacía la engulle en un pestañeo.

Permaneció inmóvil en el piso por casi una hora. Luego dando un largo rodeo fue a sentarse en un chircal en los fondos de la casa. Desde allí vio llegar a su socio, canturreando una cumbia nueva, tras el carrito de manicero. Al llegar frente a la casa se detuvo, y como si meditara antes de tomar una decisión, ojeó a un lado y otro de la ruta y el campo frente a si. Con paso decidido caminó hacia la casa, y al llegar al porche, golpeó las manos.

Las palmas fueron una señal para Jorge. Se deslizò veloz entre las chilcas, llegó al sitio en que unas cañas señalaban el límite del terreno detrás de la casa. Se irguió apenas y corrió hasta la entrada de la cocina. La puerta de chapa con la pintura descascarada, seguía helada. Tanteó el pestillo que giró sin inconvenientes, pero la puerta no abrió. A la altura del segundo vidrio se veía claramente el pasador que reforzaba la precaria seguridad de la entrada trasera.

No había más remedio que romper un vidrio.

La piedra golpeó seca, el estallido del vidrio se disolvió en una lluvia de estalactitas campaneando en el piso. La mano derecha entró por el hueco y destrabó el pasador. En una nada, la puerta estaba abierta.

Jorge entró como un gato, y avanzó. Pasó de la cocina a un pasillo que llevaba al cuarto de la doña, a su derecha. A su izquierda la puerta del baño estaba entornada; hacia el frente se abría un arco que daba al comedor donde la doña, a punto de abrir la puerta, había girado sorprendida por el ruido que venía de la cocina.

La pobre mujer diò un grito de espanto al ver al tipo enorme frente a ella. Tenía voz de niño, y en el gesto, la resolución de un desesperado.

—La plata, doña. Deme la plata y no pasa nada.

—…

—La plata. Dele, no demore

—¿Qué plata?

—La jubilación, no me trabaje doña.

—Es que son mañana las jubi…

—No me jodas vieja de mierda, que te vi entrar y cobrar.

—M’hijo, si necesita le puedo dar unos pesos, vio que lo que cobramos es nada.

—La guita, vieja, dale.

—…

—¡Dame la guita, vieja de mierda! —Jorge levantaba la voz, aprovechando la cara de susto de la pobre mujer que ya se dirigía hacia el bargueño del living.

Sintió entrar a su socio y le hizo un gesto con la mano abierta, como los milicos de las películas. Todo bajo control, no necesitaba que lo vieran. Mejor que no juntaran ambos rostros en ningún recuerdo.

II

En el silencio de las tres de la tarde, el sol reverbera en rayos azules y rojos, filtrados por los vitrales sucios de aquella iglesia que tiene arcos de fútbol y aros de básquetbol donde una vez hubo un altar. El gurisón, flaco y de hombros ya irremediablemente doblados hacia delante, dice con una voz ronca y apenas audible.

—”Sí, Mal ligao todo todo.

»La seguimos a la vieja, una semana entera. Ese día el Diego la campaneó desde antes que llegara a cobrar y yo la fui siguiendo hasta la casa.

»Nadie se enteró de que nos íbamos atrás de la vieja. Entramos de película, él la lleva pa’ la puerta de adelante con el golpe y yo entro desde atrás. Con el susto la vieja nos va a dar la guita, toda la guita.

»Del susto, la vieja ni se acuerda de mi cara, eso seguro. Al Diego no lo ha visto, porque yo lo aguanto a tiempo, Pero todo se caga de golpe. El Diego había hecho mal la cuenta.

»Habia otra vieja viviendo en la casa. Y sale del cuarto y pega un grito atrás mío. Y el mongólico este se asusta y le pega un empujón a la mujer y la tipa se cae para atrás, mal, y se pega la cabeza ahí en el borde de la pared contra el piso. Se dio de lleno, se dio. La cabeza, hizo un ruido raro, seco, como de tabla rota.

III

En la habitación, la mujer vive un horror para el que no tiene palabras. Ni siquiera un grito. Abre la boca y quiere gritar con todas sus fuerzas, pero de su garganta no sale sonido alguno.

El muchacho alto y desgarbado la toma de los hombros y la gira, empujando suave hacia la cocina. En el pasillo, el otro hombre con el oído apoyado en la boca de la mujer grita con voz ronca:

—¡Concha de su madre! Esta vieja ya está. ¡No respira!

La mujer rompe en llanto, parada contra la mesada donde, en el secaplatos, asoma el mango de la cuchilla. Lo toma sin pensar y dando un paso hacia delante tira el brazo hacia el gurí que se ataja apenas con el brazo. El antebrazo le ardió en un fuego rojo de sangre que brotó a borbotones.

—¡Vieja de mierda! —alcanzó a gritar mientras empujaba.

La mujer trastabilló y la cuchilla cayó de sus manos. El puñetazo del adolescente flaco y alto estalló en su cara. Nada pudo hacer mientras el gurí de trece años, ciego de furia apretó su cuello y la sacudió.

Jorge sentía un ardor insoportable en el brazo, los dedos apretaban el cuello de la mujer, su pecho escupía insultos, la mujer se tornaba lívida. Apretó y gritó por más de tres minutos. Cuando soltó la tenaza de la mano, el cuerpo inerme de la doña se deslizó al piso.

IV

»Sonó como bolsa de papas contra el piso la vieja de mierda. Todo mal ligado.

»Era entrar agarrar la guita y borrarse, a lo sumo darle un susto.

»Pero viste cómo es… Apareció esta otra veterana y el Diego la mata, y a la vieja, no hubo más remedio que dársela. Salado tajo me encajó.

—…

—”Y después bueno, viste, estaban ahí las dos viejas tiradas en el piso, y yo re caliente, lo veo al Diego que la palpa a la del pasillo como buscando guita.

»Y yo me agacho arriba de esta vieja y le busco guita en los bolsillos de la pollera.

»Todo mal ligado.

»Todo se complicó al pedo.

»Mil años me dieron, hasta los 23 acá. Todo salió mal. Solo íbamos por la guita, y tuvimos que matar a las dos doñas, viste como es…

El hombre escucha en un silencio largo y abierto donde cada palabra pesa, se lleva la mano al entrecejo y aprieta, cerrando los ojos. Los abre y mira al gurisón que sonríe repitiendo como un mantra: mal ligao, todo mal ligao.

V

En su oficina el gordo Sergio, director del hogar desde hace seis años, juega un solitario en la computadora. La serie de golpecitos en la puerta lo interrumpe.

“Adelante”, dice, y al verlo asomar no puede evitar pensar que es una enorme paja eso de pagar “para que este flaco de mierda venga a jugar al fóbal con estos malandras“. Pero no dice nada, sabe que la ONG está ahí porque el negro Urdangarín se voltea a la asesora del directorio, y mejor no joder la marrana con ciertas cosas.

Atrincherado tras el enorme escritorio de latón, ve al flaco entrar, con un entusiasmo cada vez más cansado –“ah, vas a ver lo que es bueno, putito, y eso que venís una vez sola por semana”, piensa sin decir nada-, y dejar en el suelo la bolsa de arpillera con tres pelotas.  Con gesto estudiado, se saca el dedo de la nariz, y lo friega contra el borde del escritorio, antes de extender la mano y tomar la llave del armario. Se mueve pesado, con el grueso abdomen marcando el paso de sus piernas largas y extrañamente flacas, mientras camina, llave en mano, a un tablero lleno de clavos con llaves de cada celda y cada caja fuerte. De cada candado.

Quita la llave, va hacia el armario, abre lentamente el candado, suspirando como luego de un esfuerzo descomunal, gira y se atusa el bigote de vikingo, mirando con cara de perdonavidas al flaco que se vuelve a ajustar la cola de caballo, floja despues de dos horas de fútbol.

Sus miradas se cruzan, y entonces toda la sabiduría de años -de brazo gordo externo primero, cuidador de hogar luego, y en los últimos años director-, se dispara en uno de sus consejos favoritos, que se graba a fuego en la piel del flaco de mirada atenta:

—Vos sos muy nuevo acá. Tenés que cuidarte de estos hijos de puta. No los salva nada a estos pichis, nada. No quieren nada con la vida. Si tienen que apuñalar a la madre por una lágrima de pasta, la ensartan. Como el Jorgito, este sorete que mandaron de Soriano. Trece años tiene, doble homicidio, agravado por necrofilia. Y la gente quiere que los reeduquemos. Dejáme de joder!

Acerca del autor

Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

4 Comentarios

  • Me encantó el cuento, refleja literalmente la realidad de estos adolescentes y jóvenes que vaya a saber por qué o por cuántos motivos llegan a esa situación. Es muy lindo leerlos a los tres, con sus cuentos y la forma de expresar cada situación hace que te metas ahí y lo imagines como si lo estuvieras viendo ¡¡¡¡

  • Felicidades! Duro relato que nos cuestiona a todos acerca de nuestros posicionamientos y políticas sociales. Nos acerca a personajes sufrientes y que generan sufrimientos. Un abrazo.

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