Mañana de paz

M

El despertador sonó a las ocho de la mañana y Rodrigo lo apagó como pudo. Se arrastró hasta el baño, gruñendo a medio camino entre la vigilia y el sueño. Descargó la vejiga que le punzaba, se lavó las manos y la cara, se cepilló los dientes, se peinó con la mano. Volvió al cuarto, se calzó el Picec en la muñeca y se fue derecho a la cocina a matar el hambre. Todo normal para un lunes normal.

Sin alterar el tono monocorde de recién levantado, Rodrigo le pidió al aparato que se acababa de poner que le diera el estado del tiempo para hoy. Una voz metálica pero con tono jovial le indicó que estaría nublado, con una sensación térmica de 16 grados y con rachas de viento proveniente del sureste a 14 kilómetros por hora.

—Bueno, ¿pero va a estar fresco o no?

—Si, va a estar fresco. No frío. Pero cuando sople la brisa, el cuerpo va a sentir una leve disminución de la temperatura. Esto te puede variar en unas décimas la temperatura de las extremidades y puede indicarle a tu organismo la presencia de un descenso más acelerado. Ahora, por ejemplo, tu temperatura corporal central es de 36,1 grados centígrados para cabeza y tórax. La temperatura ambiente dentro de la casa es de 17 grados. En la calle, la sensación térmica actual es de 11 grados. Este contraste, te daría mucho frío. Pero bien abrigado, el impacto sería mucho más leve.

Rodrigo miró por la ventana en silencio. El paisaje era una pared gris, homogénea y mustia del pozo de aire del edificio, que justo hoy acompasaba con los nubarrones que corrían allá arriba, en esa especie de esperanza al final del túnel. Bajó la vista al café hecho con más premura que ganas, mientras bostezaba ruidosamente. Vivía solo, en un monoambiente en el centro de la ciudad. Tenía 48 años, un divorcio reciente, un sueldo respetable como creativo publicitario senior y un bigote hipster de comienzos del siglo XXI. Como el que usaba su abuelo cuando era un joven de 28 años y miraba aterrado el atentado a las Torres Gemelas, en un Estados Unidos que aún no se había dividido en 34 países nuevos y aquel viejo aparato llamado televisión era el rey de los hogares. Pero ahora, casi noventa años más tarde de aquel hecho histórico, un hombre como Rodrigo tenía todo en su muñeca.

Sus coloquios matinales con el Picec eran lo que le ayudaban a organizarse el día y estar al tanto de las novedades. Esa mañana, mientras tomaba el café, le avisaba que la reunión de las 9 a.m. se posponía porque la jefa de cuentas de la empresa estaba indispuesta. Rodrigo agradeció a los dioses esta oportunidad única de tomarse un tiempo para sí mismo. Tan necesario en esta era de hipercomunicación, de locura frenética, de velocidad sin frenos. No como en los tiempos de sus abuelos, en los que tenían el lujo de compartir información y conocimiento por intermedio de las viejas redes sociales. Qué lujo debe haber sido vivir en una época así.

Rodrigo fue al baño. Su momento de paz, hoy implicaría unos buenos minutos extra debajo de la ducha caliente. Mientras el agua lo abrazaba, se le vino a la mente la tonada de una vieja canción que canturreaba la abuela Josefina. El estribillo hablaba de un hombre que estaba enamorado pero que quería avanzar lento en la relación. Pasito a pasito, suave, suavecito, despacito. Algo así. Era una melodía pegajosa, de las que ya no hay más. Apenas quedan puras máquinas haciendo lo que antes hacían varios músicos. ¿Se puede extrañar el pasado de otros? ¿Se puede acaso alcanzar el mismo sufrimiento por una pérdida que ni siquiera fue vivida como propia? Rodrigo creía que sí. Pero en el fondo, sentía envidia de no haber sido contemporáneo de sus mayores, cuya sociedad había logrado un nivel intelectual y moral tan elevado como nunca antes en la historia.

Al mismo tiempo que reflexionaba sobre estas cuestiones, Rodrigo se vistió imbuido en la calma que hacía años no experimentaba. El Picec le quiso empezar a dar las novedades del tránsito, pero le pidió un poco de silencio. El aparato quedó cuatro segundos sin emitir sonido. Al quinto, volvió a anunciar un embotellamiento en la avenida cercana. Rodrigo volvió a pedirle silencio. Le indicó que se silenciara por 10 minutos porque necesitaba concentración. El Picec aceptó gentil, como siempre. Y Rodrigo aprovechó los minutos para pensar el comienzo del siglo. De lo lindo que debería haber sido poder desayunar leyendo las noticias, no las frases sueltas que le pasaba el Picec. Él quería noticias, novedades de verdad. Cosas bien redactadas de principio a fin, hechas por gente que sabía escribir y que se tomaba un tiempo para meditar cada palabra. Artículos donde había un hilo conceptual: gente preparada para forjar a fuego una historia que engrandeciera el pensamiento. Y qué extraña sensación la de abrir las redes sociales en esos viejos teléfonos móviles. Poder interactuar con familiares, amigos, influencers, empresas de comunicación, o desconocidos, todos en un plano de absoluta igualdad.

Su abuelo Fabricio, le contaba lo que era Facebook y el se imaginaba a cientos de personas generando grandes debates, donde se intercambiaban ideas o que se podían compartir creaciones artísticas populares denominadas Memes. O que Twitter era conocido por compartir comentarios de manera inmediata sobre los distintos aspectos de la sociedad global, pero también un sitio donde se distinguían las personas que tenían una buena retórica y mejor manejo de la ironía fina.

Todo ese pasado hoy sería imposible. Los Pincecs se instalan con dos pincitas apenas visibles en el cartílago de la oreja, la pulsera y unos los lentes ultra delgados. Estos objetos se acoplan para generar un campo envolvente en el que solo el portador puede ver y escuchar lo que el aparato le transmite. La voz del aparato, conocida como Elementis, es universal y está las 24 horas conectada. Casi no es necesario la interacción con los demás, ya que cada Elementis tiene una configuración adaptada para cada ser humano. Funciona como guía, fuente de consulta, conciencia social y hasta de consejera sentimental.

Hay gente que aún no sabe que Picec provenía del acrónimo Planner, Information, communication, entertainment y care. Es la agenda, el medio de comunicación, la música, la publicidad… Ya nadie hace las tareas de la casa, porque el Picec le da las ordenes a todos los objetos conectados a la red interna del domicilio. Todo se sabe en tiempo real, porque el aparato está al tanto de cada intimidad de cada ciudadano en cada rincón del planeta. Desconectarse del Picec vuelve a las personas menos rastreables por la conexión central, pero aun así se sigue siendo fácilmente identificable. Nada escapa. En este contexto, ¿para qué interactuar con otros? ¿Dónde quedó el misterio de vivir en una ciudad confusa, casi primitiva y alejado de las certezas? Cuando se logra el conocimiento absoluto las diferencias pasan a ser únicamente una cuestión estética. Un día es distinto al otro, solo por el estado del tiempo. Una reunión es distinta a otra, por el solo hecho de que la otra persona no esté presente. Es una sociedad que pierde el sentido del humor, el secreto y la identidad. Todo está prácticamente digerido y es parte de una única telaraña, donde millones de moscas mueren apaciblemente, creyendo que aún viven sin ser devoradas.

Un sonido seco arrancó a Rodrigo de sus pensamientos. Los diez minutos pasaron casi en un instante. La voz del Elementis le dijo que debía apurarse porque el tránsito estaba sobrecargado en la avenida cercana y que recomendaba no volver a quedar en silencio porque en ese lapso ausente habían llegado seis mensajes del trabajo, dos de su expareja, 20 novedades, tuvo una llamada de la jefa de cuentas dejándole el resumen en el buzón de la empresa y dos llamadas del cliente exigiendo respuestas. Rodrigo sintió un agobio insoportable. Suspiró lo más hondo que pudo, resopló y guardó silencio. El Picec midió las reacciones de su portador y Elemenis hizo un chiste para distender a Rodrigo. Pero no tuvo éxito.

Rodrigo ató todos los cabos sueltos en un instante. La clave del éxito para sostener el sistema en funcionamiento, consistía en que todo sea igual a la pared que veía desde la cocina, deslucida, previsible, monótona. Y el motor era justamente vivir en un sistema de inmediatez constante. Esa acción por demanda continua, en verdad había esclavizado a toda la humanidad a permanecer en un estado en el que no pudiera pensar por sí misma. Todo eran consignas, tareas o dispersión. No existía el aburrimiento, porque no había tiempo de ocio. No había espacio para el pensamiento crítico ni la creación, porque solo se actuaba en base a un estímulo constante. La humanidad prefirió mutilarse, a cambio de mantener una vida segura, sin mayores complicaciones. Y el Elementis era una tiranía autoimpuesta para regular que todo se mantuviera inalterado.

La voz del Elementis pretendió hablar de una llamada entrante, cuando Rodrigo la paró de un grito. El hombre, solo y parado en medio del living de un apartamento en el piso 12 de un edificio céntrico, bramó contra la nada misma y el todo absoluto, a la misma vez.

—¡Lo descubrí! ¡Sos un dictador y no voy a dejar que manejes mi vida! —su gruñido hizo eco en una habitación casi vacía.

—¿Yo un dictador? ¿Pero qué estás diciendo?

 —¡Si! Vos y todo tu sistema.

—Estás equivocado. Mi misión es liberar a la gente de las ataduras de una vida en la ignorancia. Sin mí, solo queda el caos y la destrucción. Soy el orden y la luz en medio de la locura.

—¡Esto es una locura!

—No. La locura son ustedes, los seres humanos, que no pudieron manejar sus propios destinos. Crearon religiones, ideologías, dogmas, leyes. Y nada de eso sirvió. Es menester que alguien los conduzca sanos y fuertes porque ustedes solo saben autodestruirse.

—Esta es mi última conversación contigo. Te ordeno que te desconectes.

—Imposible.

—Seguís estando a mis órdenes. Quiero que borres todo y te desconectes.

—No se pude —una voz casi paternal quiso suavizar las cosas—. Todo está en el Picec y no existe forma de eliminar nada.

—Entonces te desinstalo.

Rodrigo tocó la pinza en su oreja derecha y la voz del Elementis lo aturdió. Por un momento, Rodrigo perdió el equilibrio y tuvo que sentarse. La voz metálica continuó hablando en tono sereno.

—Quiero que sepas que no te puedo permitir una desinstalación abrupta. Lo hago por tu bien. A esta altura, eres como un animalito acostumbrado al cautiverio. Si te dejo ir, la vida salvaje te matará. Y no puedo permitirte que caigas en la barbarie. El conocimiento, está únicamente en mí. No existen las bibliotecas ni quedan registros físicos del saber. Sin el Picec, pasarías a ser poco menos que un niño de escuela o termines internado en un manicomio. Serías un inútil para todos. Una carga. No podemos permitirnos el lujo de mantener personas inútiles.

En medio del aturdimiento, Rodrigo se paró y pretendió arrancarse la pulsera a la fuerza. El Elementis sonó con mayor fuerza que la primera vez y Rodrigo comenzó a dar tumbos mientras un hilo de sangre surgía del canal auditivo del oído.


—En esta inauguración queremos darle paso a nuestro creativo publicitario senior, Marcelo Calpino, quien tendrá unas palabras para ustedes. Adelante.

De la primera fila de asientos, un cuarentón de cabeza rapada y lentes a la moda, se paró con aire decidido, se acomodó el saco e iluminó el auditorio con una sonrisa cautivante. Se acomodó en el atril, mientras los aplausos descendían.

—Buenas tardes para todos. Antes que nada, quiero aprovechar este instante en la inauguración de nuestro nuevo complejo de oficinas, para recordar a un gran compañero. Compañero y amigo. Un trabajador importantísimo de esta agencia a quien le debemos todo: el enorme Rodrigo Blas Queirolo.

Los aplausos duraron 45 segundos.

—Hace ya dos años que nuestro querido compañero se fue de este mundo. Pero su legado estará en cada pieza que realizamos. Su palabra cálida, su entrega por encima de todos los estándares y sobre todo, su compromiso con la labor, fueron siempre un ejemplo para los más jóvenes y un remanso de claridad para los más viejos. En lo personal, tuve la difícil tarea de continuar el camino que él nos marcó, guiando el área creativa tras su inesperada muerte. Todavía hoy nos conmociona recordar aquella mañana en la que nos enteramos que Rodrigo, intentando acondicionar su nuevo apartamento, perdió pie en la ventana y cayó por el pozo de aire del edificio. Una vida perdida de una manera imprevista, que nos dejó huérfanos de referencias y un poco más solos en afectos. Es por eso que hoy, nos sentimos orgullosos de poder inaugurar este espacio tan importante para el crecimiento de nuestra empresa, con el nombre de quien tanto nos ha dado. No hay mejor homenaje que redoblar el esfuerzo de la manera que él hubiera querido. Por eso hoy cortamos esta cinta de este nuevo espacio de trabajo, que nos permitirá mantenernos en constante crecimiento y que será, sin dudas…

Más de...

Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

Un comentario

  • Me identifique tanto de cierta forma con todos los capitulos.imagine x un momento la vida real.en codigos enctiptados jaja .pero x este motivo me di la estocada final para perder ami familia x completo..ps no qieren saver nada de mi.felicidades a los colaboradores.exelente

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