Se acabó la tinta

I

Romualdo se quedó sin tinta en la lapicera. “Cosas que pasan”, pensó, no sin antes haber insultado al dueño de la compañía y maldecir a tres de sus futuras generaciones. Se levantó y fue derecho al cajón del escritorio donde iban a parar los objetos que alguna vez sirvieron para algo. Un lugar en el que se depositaba más la esperanza que la utilidad. Y como era de esperar tras un largo abandono, lo único que encontró fue una serie de elementos carentes de sentido. Inevitablemente era tiempo de comprar una nueva birome. Se metió las llaves en el bolsillo, agregó una generación futura a la maldición anterior y ganó la calle.

Debía ir porque necesitaba rellenar el formulario de trabajo con tinta negra. Y si hay algo que irrita a cualquier burócrata que se precie de tal, es encontrar un cambio de colores en medio de la planilla. Con negro se comenzó, con negro debe culminar. Si no fuera porque necesitaba el empleo, Romualdo seguro no se inmutaría en lo más mínimo. Pero el tiempo apremiaba. Así que fue al lugar más cercano y seguro: el supermercado del barrio. Las grandes superficies nunca decepcionan. Así también te lo cobran, pero esa es otra historia.

Casi a medio camino de su planificado destino, se percató que habían abierto un kiosco nuevo. Sin pensarlo mucho y por probar suerte, apenas cruzó el umbral lanzó una pregunta. ¿Tienen lapiceras con tinta negra? Y una voz suave de mujer respondió; sí, tengo. Romualdo entró.

La voz, como ya se dijo, provenía de una mujer. Lo que pudo ver Romualdo una vez dentro del comercio, fue a una persona de aproximadamente cincuenta años, bajita, delgada, pelo largo entrecano y con una cortina nacarada por sonrisa. Pero apenas le prestó atención, ya que su vista buscaba el objeto deseado lo devolviera al formulario. La mujer lo notó nervioso y le preguntó para qué quería una birome con tanta urgencia. Romualdo pensó “¡qué te importa!”, pero en vez de eso, respondió:

—Para un trámite de trabajo. Estaba rellenando el último formulario para presentar mi currículum y me quedé sin tinta.

—¡Ah! ¡Dio con el lugar indicado! Tengo una colección especial de lapiceras mágicas. Todas tienen un poder en particular. Si me da dos minutos, le traigo la adecuada para conseguir trabajos.

La mujer volvió a sonreír y se fue para una pieza ubicada al costado del mostrador. Romualdo mientras tanto, especulaba con el recorrido más corto para volver a casa. En ese momento, se percató que, en sus catorce años como vecino, nunca había visto a esta mujer. Que, por cierto, no demoró tanto en volver. Pero la impaciencia de Romualdo le hacía creer que era una enormidad. Al momento de concretar la venta, la mujer sostuvo aquel tubo de plástico negro con las cinco yemas de los dedos de la mano derecha y muy seria le comentó:

—Te entrego la herramienta con la que vas a conseguir tu nuevo trabajo.

—Muchas gracias —la voz de Romualdo era la de un autómata.

—Era un chiste, pero ojalá sirva. Son veintitrés pesos. Las gracias me las das si conseguís el trabajo.

—Perdóneme —dijo Romualdo ya en la puerta del kiosco— ¿Usted es nueva en el barrio?

—No. Nueva no, pero el comercio lo abrí la semana pasada.

II

Romualdo venía de la empresa. Tres días atrás había ingresado como empleado y esa tarde descubrió que, si seguía una parada más en el ómnibus, hacía un camino más corto. Pasó frente al kiosco de la mujer que le había vendido, un mes y medio atrás, la lapicera del formulario y recordó que tenía que agradecerle. Toda aquella tramoya le pareció graciosa, pero aun así nunca estaba demás ser agradecido. Aunque solo fuera una mera casualidad. Así que entró, saludó y le comentó que su lapicera le había dado el trabajo. La mujer sonrió, le retribuyó el gesto de pasar a contarle la buena nueva y le expresó su alegría. El hombre, antes de salir le comentó que si volviera a necesitar de sus servicios, la visitaría de nuevo.

En ese momento, estaba entrando una conocida de Romualdo, que venía a comprar un par de pilas.  Escuchó el último tramo de la conversación y sin ningún tipo de pudor, le preguntó qué clase de servicios tenían en oferta. El hombre, mirando a la dueña del kiosco con una sonrisa, le soltó, “ella vende lapiceras con poderes especiales para cada ocasión”. La dueña del comercio se rio. La vecina suspiró y dijo:

—¡Ay! Por favor deme una de esas para mi hijo. Anda con un examen de matemáticas en estos días y ya van tres veces que lo pierde. El padre dice que el gurí es medio marmota y ya estamos cansados de pagarle todos los años una profesora particular.

—O sea, que lo que su hijo necesita es una lapicera para salvar el examen de matemática.

—¿Cuánto salen?

—Veintitrés pesos.

—Bueno. Deme una. Total, no?

—Seguro. Espere dos minutos que ya vuelvo.

La mujer se fue al fondo, demoró un poco y volvió con la lapicera en la mano. Cuando se la entregó a la vecina, la levantó a la altura de sus ojos, interponiéndola a la mirada de su interlocutora y explicó que cuando su hijo salvara, debería volver para agradecerle como hizo el cliente anterior. Y que eso era parte del ritual.

III

—¿Cuantos años hace que usted vende estas lapiceras?

—En realidad, con este son siete años.

—¿Tiene alguna idea de la cantidad de lapiceras que ha vendido?

—Mire, le soy muy honesta: no tengo ni la más pálida idea cuantas vendí.

—No le creo.

El periodista sonrió. Lucy, la vendedora, acompañó su sonrisa. Pero le aseguró por tercera vez en lo que iba de la entrevista, que no tenía un registro. Sí se acordaba de la mayoría de las historias detrás cada lapicera. Aunque confesó que eran tantas, que los clientes debían hacerle una pequeña síntesis de cada caso para traerlas a la memoria.  

—Bueno, claro. Pero hay casos y casos.

—Ah sí. Sin dudas.

—¿Cuáles son los más importantes?

—Entre mis favoritos tengo unas diez, más o menos. Por ejemplo, la historia de Romualdo, el vecino al que le vendí la primera y fue para conseguir empleo en una empresa. Hoy es subgerente. Con esa inicié todo este viaje.

—¿Quizás otro caso sea la visita de la cantante Fiorella Dell’Acua? —preguntó el periodista con una mezcla de ironía y duda.

—Sí. Fiorella estuvo acá.

El periodista quedó anonadado. Se rumoreaba que la cantante portorriqueña, radicada en Los Ángeles desde 1998, había sido una de las compradoras internacionales que tuvo el kiosco de las lapiceras mágicas, cuando comenzó el boom de las ventas. Pero nadie tuvo una confirmación certera. Con la inesperada afirmación de la propia vendedora, la cosa tomaba otro vuelo. Para demostrar que sus palabras eran verdaderas, la mujer sacó una foto impresa. La dejó caer arriba del mostrador, como quien muestra el Santo Grial. El periodista y el fotógrafo que le acompañaba miraron la imagen y se miraron entre ellos con un silencio helado. Ambos hombres comprendieron que la nota pasaba a valer oro.

IV

—¡La quiero felicitar vecina! ¡Al final, mi hijo salvó!

—Me alegra de verdad oír eso —dijo la dueña del negocio casi en un susurro, mientras se llevaba la mano al pecho.  

—No sabe lo que nos costó que el gurí salve. Se ve que sus lapiceras tienen poderes en serio —la vecina remarcó estas dos últimas palabras.  

La mujer detrás del mostrador le mostró una sonrisa tímida y guardó un prudente silencio. No quiso decirle que en su fuero íntimo, le apodó “la madre del marmota chico”, que servía tanto para una identificación veloz como un secreto homenaje a la película 25 watts.

—Mire que le cuestan los números, eh? Desde chiquito tuvimos problemas con él para las matemáticas, porque nunca le gustaron. Y hasta líos en el liceo le trajo. Lo que pasa es que a mi gurí, las profesoras no lo querían. Porque como el pobrecito no entendía, ¿vio? Entonces claro… Siempre le tocaron profesoras que dan la clase para los que saben. Y los que no entienden, que se jodan. Así está la educación en este país. Porque mire que una, cuando iba al liceo tenía buenos docentes. Pero ahora, si usté los deja a estos zaparrastrosos…

V

—Lo que no llego a entender, es como usted pasa de vender cosas de kiosco a los vecinos, a recibir a Fiorella Dell’Acua —comentó el periodista cuando pudo salir del asombro.

—Mire. Hay cuestiones que se van dando solas. Yo no hice absolutamente nada.

—Sigo sin entender cómo se conecta una cosa con la otra. Cómo se pasa de la lapicera para conseguir un empleo, salvar un examen o reconciliarse con una pareja a vender la lapicera con la que se escribirá la canción más escuchada a nivel mundial. Y se dice que usted vendió biromes con las que se firmaron pases de jugadores de fútbol, se escribieron bestsellers o hasta incluso se descubrieron importantes avances en distintas ramas de la ciencia.  

La mujer asintió en silencio. Luego de una pausa, explicó que todo aquello era producto de la casuística y que ella tampoco lo sabía. Entonces contó que la historia del ahora subgerente de empresa, estaba vinculada a la madre del adolescente con problemas para entender las matemáticas porque ella escuchó algo de los poderes de sus lapiceras. Y luego esta mujer le contó a una amiga que se había separado y vino a pedir una birome para escribir una carta. Cada eslabón de la cadena, se volvía más grande y más notorio.

—¿No dicen que la humanidad está conectada por seis grados de separación? —Soltó la mujer, con una sonrisa casi infantil.

—Sí, bueno. Pero…

—Capaz que usted era chico, porque tiene pinta de ser un estudiante recién egresado, pero cuando yo era joven se hablaba del Agua de Querétaro. El que bebiera de aquella agua, podría curarse de todos sus males. Servía tanto para sanar a un diabético crónico como curar el sida. Y la gente viajaba de todas partes del mundo para conseguir un bidón de esa agua. Al final resultó que era todo un fraude. Pero la gente se fue pasando la información. Y llegó a ser noticia a escala planetaria, muchísimos años antes de las redes sociales y la era de la información.

—Dicen que usted llegó a hacer una fortuna vendiendo lapiceras mágicas. ¿Esto es cierto?

—Si. Literalmente.

El periodista miró al fotógrafo. Ambos ya habían logrado lo que venían a buscar e inclusive mucho más. Con el gesto, acordaron que era tiempo de cerrar la entrevista. Mientras el fotógrafo comenzaba a hacer el ritual de despedida, que consistía en anunciar que por él ya estaba, hablar sobre la entrevista y saludar al entrevistado, el periodista estaba absorto en sus pensamientos. De golpe, se dio cuenta de todo.

—Disculpeme Lucy. Usted habló del Agua de Querétaro. Ahora que lo mencionó, me quedé pensando. Nunca hablamos de su poder, de la magia en sí.

—Es que no la hay.

Nuevamente los dos hombres se miraron en silencio. Esa mujer no paraba de asombrarlos. Si antes valía oro, ahora la entrevista era un diamante. El periodista y el fotógrafo se sentaron nuevamente.

—¿Cómo que no hay?

—No, no hay nada. Vea: le voy a contar cómo es esto. Todo este tiempo vendí biromes chinas. No hay ningún misterio. Y si se lo digo hoy, es porque a partir de este momento dejo de venderlas. Me harté. Me hice multimillonaria, soy sola y estoy cerca de los 60 años. ¿Para qué quiero más?

—Pero las lapiceras son todas especiales…

—Sí, claro. Tienen un diseño especial porque conseguí un mayorista chino que me las hace como quiero.

—¿Y el ritual?

—Nada. Me tomaba un vaso de agua, me limpiaba los dientes, mandaba unos mensajes, me comía un alfajor… Lo que fuera. Era parte de una liturgia que nadie conocía. Es que en verdad, el ritual era solamente mi ausencia. La idea de que yo estaba haciendo algo especial y único, era lo que les daba a los clientes la sensación de poder.

—Pero entonces usted… ¿Mintió todo este tiempo?

—De ninguna manera. Lo que yo hice no fue vender lapiceras. Me di cuenta que lo que vendía era seguridad, autocontrol y valerse por sí mismos. Si usted lo piensa mejor, todos los que compraron la lapicera, no querían el objeto-lapicera. Necesitaban otra cosa y yo los ayudé a que confiaran en ellos mismos sin saberlo.

—O sea que la lapicera era un placebo.

—Pongamos que sí. O no. No lo sé. Lo que sí sé, es que yo nunca vendí un producto; vendí un servicio.

El periodista se desplomó. Era un niño viendo como el mago le revela el truco. Los hombros se le cayeron, se recostó contra el respaldo de la silla y sus manos cayeron flácidas sobre sus muslos. El fotógrafo, lo miraba sin saber qué hacer. Pero la que dio por terminada la entrevista fue la mujer. Se levantó, saludó a los dos con una suavidad casi exagerada y los acompañó a la puerta.

La mujer, antes de despedirse se apartó dos metros de su camino. Sobre una mesita ratona de mármol, se encontraban dos lapiceras rojas y negras estilo pluma. Cada una dentro de una cajita de acrílico transparente con su correspondiente logo: la firma de la vendedora. Las levantó de la mesa y le entregó una a cada uno de los visitantes. El periodista miró el obsequio con ojos apesadumbrados.

—Llévensela. Tómenlo como un recuerdo y siéntanse afortunados.

—¿Por? —dijo secamente el fotógrafo.

—Hubo quien pagó con toda la plata de una sucursal bancaria para tener una de estas. Y usted se la lleva gratis. Incluso, quien le dice, esta lapicera los convierta en personas mundialmente reconocidas.

—¿Le parece? —expresó el periodista con la mirada perdida en la silla donde había hecho la entrevista.

—Y sí. ¿Acaso usted no fue el primero en preguntar dónde estaba la magia de las lapiceras?

—Qué paradójico. Si luego de esta entrevista me va bien, no sabré si fue gracias a la lapicera o a mí mismo. Y si me va mal, tampoco sabré si fue porque hice las cosas mal o me influenció saber que después de todo no había nada de especial en esto.

—Al final —dijo la mujer —las contradicciones y las paradojas de su vida solo usted las va a poder resolver. O no. Eso no lo sé. Nunca vendí futuro.

Saludó y sin darle margen a más preguntas, les cerró la puerta a los periodistas. En forma definitiva.

Acerca del autor

Maximiliano Debenedetti

La partida de nacimiento dice que arribó a nuestro planeta por Montevideo en 1979, con todo lo que esto conlleva. Su contacto con la literatura fue ecléctico: en bibliotecas municipales, escuchando como sus padres se leían entre sí, con libros de diversas procedencias y géneros o mezclado en las librerías de canje en la calle Tristán Narvaja. Supo ya en su infancia que estaría vinculado a la escritura, desde el día que tuvo que aprender a garabatear por primera vez su extenso nombre.

1 Comentario

  • En el próximo cuento,deja la dirección del quiosco de las lapiceras mágicas.
    Tal vez la necesidad nos lleve a comprar una auque, somos nosotros los magos de nuestra vida.
    Muy creativo y atrapante.

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