Un rayo (El Colo)

“Siempre fui un rayo”, pensó saliendo de las sombras de la esquina y cruzando veloz hacia la pared ciega, donde una minúscula banderola enrejada aguardaba el encuentro.

***

El Colo había sido un rayo por siempre en su propio recuerdo; desde la fuga de su madre, ausente e idealizada cuando la memoria comenzó a ser un baúl de lembranzas ásperas. Un rayo escapando de la mano pesada de su padre, de los gritos y los llantos de la abue; una sombra veloz y escurridiza entre los macetones del patio. Cuanto más rápida la huida, más vívido el hueco del recuerdo.

Aún no iba a la escuela cuando aprendió a ser el más rápido de la cuadra. En todo. En las carreras, en las escapadas por la punta, con la pelota un paso adelante, siempre llegando primero. Cierto que los pases no le salían nada bien, y la mayoría de los zapatazos morían en las ventanas de los vecinos; alguna siempre entraba, y por eso los gurises lo querían en el cuadro, no había manera de marcarlo.

Un paso delante de todos. En tercero en la escuela ya metía besos en la boca de las gurisitas de la clase. Sobre todo en las de las tímidas, que además de ser lentas no contaban nada. Eran tan bobas, tan rubias, tan cara rosada, que sentía un placer malsano al acercarse con cara zalamera, abrazarlas y meterles la boca en la caverna temblante y húmeda bajo la nariz.

Sentirlas forcejear un poco y quedarse frías, paralizadas, avergonzadas, silentes, era grandioso. Sobre todo cuando los demás varones miraban reconociendo que para todos ellos la competencia siempre sería por el segundo lugar, porque el primero ya era todo suyo, como cuando aprendió a andar en aquella moto del tío. Tenía once años, y era el terror de la cuadra.

Rey de la cuadra, caradura de barrio, a mil por hora, aprendiendo los secretos de subir y bajar las veredas, esquivando árboles y autos, horrorizando peatones. Especialista del arrebato, centauro en aquella Hondita, un pestañeo, un segundo y un tirón. La moto que se desvanecía en la primera esquina, con su botín de carteras siempre llenas de documentos, postales, tarjetitas, dinero y recetas de jarabes y pastillas.

Esas pastis que sólo las viejas toman. Y que a veces, otros no tan viejos también toman solas o con vino, snifan molidas, o pican disueltas en agua tibia… Los caminos del escape son tantos, tantos y tantos. El Colo, hecho un rayo, estaba allí, atento a todos los aprendizajes de la calle.

Las lecciones tenían una dureza extrema en su calle; la letra entra con sangre en algunas vidas. Para muestra alcanzaba aquella caída delatora apenas cumplidos los 13. No vio la zanja y la moto se le fue, arrastrándolo sin remedio. Apenas ponía los brazos delante de la cara cuando sintió el cimbronazo, el ardor en el mentón y después la negrura.

Cuando despertó le dolían todos los huesos y le ardía espantosamente la cara. Mucho más le ardió la mirada inmisericorde del padre cuando abrió los ojos en la habitación del sanatorio. Estuvo acostado en esa sala infame dos semanas enteras, mientras se reponía del porrazo, y le hacían tomografías y estudios varios. No hubo ninguna lesión seria. “Naciste de nuevo pibe decía el doctor aquél, naciste de nuevo”.

Renacido, bañado de inmortalidad, con dos dientes rotos, una prominente cicatriz en la pera, y la sensación de que algo se había terminado para siempre en el momento en que había abierto los ojos y había encontrado la muda sentencia en los ojos de su padre, el Colo fue dado de alta.

En ese momento de quiebre recurrió a todo, habló, lloró, imploró -veloz, como siempre fue-; juró que no, que no lo volvería a hacer, que había manoteado la cartera de la vieja porque la vio salir de un cajero, y lo había tentado la plata fácil para una radio con cd. Que no, que cómo se le ocurría, que nunca antes lo había hecho y que nunca, nunca más lo volvería a hacer.

Que no papá, cómo vas a pensar eso de mí, soy tu hijo.

II

“Soy tu hijo, cabrón, y me tiras acá. Acá me tirás hijo de siete mil putas. Acá con estos malandras, estos milicos de mierda que no sirven para nada”. De nada habían valido sus quejas, ni las puteadas, ni las amenazas; ni sus juramentos. Alertado por los de la seccional que ya lo venían siguiendo, el padre supo de los dos años de correrías de su gurí y lo encerró en el Iname. Dejó que lo encerrara el juez. Así aprendería.

Ahora sí, ahí sí iba a andar derecho. Si él con su mano pesada y su brazo largo no había podido, un par de años de encierro si podrán, pensó su viejo. Además cuando salga ya va a tener 15, y va a poder trabajar en el taller conmigo y ayudarme. Va a estar más maduro, y ya no querrá ser un problema. Es que ha andado de vivo mucho, mucho tiempo, desde que se fue la madre ha estado medio bravo de controlar.

No hubo manera, durante dos años, ni las palizas, ni las palabras, ni la burla, ni el consuelo; nada le entra a este guacho. A veces cuando parece que se va a quebrar, de golpe se levanta, siempre igual. Orgulloso, temblando como una vara de rabia, con los ojos ardiendo, rojos como el pelo que le dio el mote de Colo, pero sin quebrarse.

Sin quebrarse jamás, rápido hasta pa eso. Pa levantarse sin aflojar un tranco, sin dar el brazo a torcer. “Bien porfiadito salió”. “También… dice la psicóloga que la madre lo dejó cuando tenía dos años y que el padre lo ha criado a palos toda la vida”. Cobijado bajo el ala de la abuela ha hecho de todo. “Pero no hay con que darle”.

Salió como salen todos, hecho un perfecto delincuente. Dos años de aquella escuelita, para él que ya traía su calle, fueron dos años de posgrado. Aprendió a usar siempre todo sin guardar sobras, a tirar de la piola siempre un poco más, a no dar nada gratis, a ganar peleas a fuerza de velocidad, salidas a fuerza de sonrisas, cigarros a fuerza de promesas.

Aprendió a lavar con jane para tapar el olor a porro de los baños, a no bañarse nunca sin que hubiera al menos dos de confianza, y a no confiar mucho en el silencio de su sombra ni en los ronquidos de sus enemigos.

Tragó su dosis de encierro, y volvió a la casa del padre a trabajar. A trabajar para él, a no guardar sobras, haciendo siempre una moneda de cualquier ventaja, una ganancia de toda duda de un cliente. Ya grande, con escuela y con auto, se hizo cliente de las nenas más caras del bulevar, rey de la noche en la avenida. Aprendió a no dudar. A reaccionar siempre más rápido que el vértigo. Un fogonazo, verbo veloz. Rápido y hábil al declarar.

Después de tres años volvió a caer, esta vez en una colonia para drogos. Hábil declarante, convenció a una jueza que pedía a gritos ser convencida, de los estragos de la droga en los niños abandonados y consiguió una preciosa estancia para su rehabilitación.

Al mes se fugó, arrastrando a una pendeja que abandonó en el peaje del Santa Lucía, y se coló hábil en el ferry, como el botija rapado al que le cantaba el Indio unos años antes. Fugó hacia los brazos recién abiertos de una madre que emergió de la nada a ofrecer el tibio nido que nunca supo ser, lejos de la brutalidad fría y lejana del padre que solo sabe de golpes e internaciones. El amor nunca es más que una promesa por cumplir.

III

“Qué desastre, pobre pibe”; musitó el chofer de la ambulancia mirando el cadáver chamuscado que parecía sonreírle desde el charco bajo la lluvia. Al Colo no le había llevado más de cuarenta días hacerse de conocidos en La Matanza. Y otros veinte, con unas cuantas salidas de gira en el medio, ganarse el respeto de la gente en la calle.

El uruguayito era veloz, un rayo. Cuando veías su luz ya iba de huida con tu corazón en la mano. Tu corazón o la maleta del ejecutivo, hecho puro vértigo en su moto. Era una cosa de ver y no creer el recién llegado.

IV

Ver y no creer, en el maxi-mercado aquel, allá en las callejas de Adrogué los coreanos no llevaban la remesa al banco todos los días. Preferían enviarla una vez por semana, en una mochila mugrienta, con uno de los empleados, todos coreanos, todos iguales.

Todos iguales, nunca el mismo día ni la misma hora, no vale la pena dárselas en la calle, chinos de mierda“. Es jugar una lotería muy cara, mejor dársela en el mismo super, en la noche. Las callejas del fondo se prestan para eso.

“Para eso somos seis”. “Ya sabés cómo es, tres van a tenerlo de trabajo toda la noche al sereno, durante una semana”. Cantarola, idas a pedir vino o cigarros, ruido con las motos; el plan era tenerlo en vena una semana entera. Y en especial esa noche.

El sereno va a pasar la noche entera frente a la reja del frente, vigilando la leña y la fruta, rabioso porque no lo dejamos ir a ver películas en la tele dentro. Enojado y molesto de tanto ruido y tanto calor húmedo en la noche de tormenta que no se decide a llover.

Al fin a las tres, cuando ya no quiera más, “ahí entramos”. Por la ventanita de atrás, aprovechando el marco flojo y oxidado de la reja. “Es un tirón, ya hemos probado en las tardes, subís al tacho de la basura, un tirón bien dado, y te mandás adentro”.

“Adentro sabés bien, hay que abrir la caja con el taladro manual, se puede es finita y abrís, sacás lo de la semana y nos tocamos. Es plata dulce, hay que laburarla un poco, pero es un toco dulce”.

El Colo, el nuevo, el yorugua, es el elegido. Por veloz, por flaco, por ágil. Relámpago en medio de la oscuridad rojiza y enrarecida de la tormenta sobre los techos de Buenos Aires. Rayo en medio de la pesada humedad de tres días de tormenta de febrero.

V

Un solo destello, inesperado, disparo blanco inundándole los ojos. Flash en sus manos presas que no pueden ya soltar la reja. En su cuerpo temblando y ardiendo desde dentro en medio de la pesada lluvia. Un vértigo en todos sus sentidos mientras el grito inunda la calle y los demás huyen.

El fogonazo, el minuto de ardor en un mar de chispas, el alarido que se pierde en el murmullo de la tormenta eléctrica, y de la nada, la aceleración de sus manos despegadas ahora violentamente de la reja, en un arco blanco violáceo que lo incrusta en la vereda de enfrente, ardiendo lento, transformado en una brasa sin brillo.

“Qué desastre, pobre pibe”, murmura entre dientes el chofer de la ambulancia, mirando al cadáver joven e indocumentado que parecía sonreírle desde el charco bajo la lluvia. El charco al que lo había enviado la descarga fulminante del cable de 220 que los coreanos dejaban atado a la ventana vieja, oxidada y frágil por la que no entrarían jamás a robarles.

Acerca del autor

Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Sigue sin saber bailar tango. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Entre 2018 y 2020 publicó "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad.

12 Comentarios

  • Colo es un personaje que acá está representado por un uruguayo, pero es universal. Una historia atrapante de principio a fin . Una historia de vida como tantas parecidas hay lamentablemente en el país y en el
    mundo. Gracias por compartirla

  • Faaaa!!!! Al final te deja sin aliento. Qué buen desarrollo, va cambiando momentos y situaciónes que te van aprontando pero aún así el final te toma como si miraras a un abismo, una larga pausa. Qué fuerte!!!

  • La forma que le diste a este personaje es muy interesante y despierta la atención del cualquier lector, porque no se espera cómo va a ser su desenlace final y terminas generando encanto y extrañeza con este. Una joyita.

  • Muy bueno el texto. Son historias que suelen repetirse la de las personas determinadas por crianzas abandónicas. En las que los límites se ponen con el maltrato físico o psicológico. En las que se suele pensar que todo pasa por la puesta de límites mal puestos por lo antedicho.
    Los adultos (padre, madre) suelen responsabilizar a sus hijos sin visualizar los errores de su propia crianza.
    Me generó rechazo el acoso del personaje a las compañeras de clase.
    Gracias por el relato.

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