Una agarrada anoche

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La tarde lluviosa, repentinamente helada, se diluye en un gris mortecino; un cielo lechoso que se derrama sin ton ni son sobre el último viernes de octubre. En la clínica, los pacientes -abnegados- arrastran la pesadez de los usuarios de los servicios gratuitos, cuentan sus nulas glorias y demasiadas penas ante la atención parejamente flotante de la analista, y la mirada desorbitada de los practicantes que por turnos ensayan sus primeros pinos en el negocio de lidiar con fantasmas ajenos.

Dos hombres tristes de desocupación crónica, una madre hecha abuela por la falta de precaución “destaguachahijadeputa”, una abuela devenida madre de un nieto cuyo padre pagaba en el COMCAR por un asesinato pasional -una gurisa de 19, robada a hijo y abuela de un tajo profundo en la garganta-, y otros cuatro pacientes indignos de cualquier recordación, desfilan como una garúa que entristece la oreja.

Alejandra escucha, asiente abriendo de par en par el oído afinado por años de ser apalabrado sin conmiseración alguna. El centro de práctica para estudiantes de ciclo profesional incluía frecuentemente la presencia de un psicólogo/a wannabe, con sus gestos impostados, y sus ojos de cordero degollado ante el destello de algunas de esas verdades que la gente prefiere no saber.

A las cinco menos cuarto se retiró una adolescente cuyo comportamiento en sesión se había reducido a masticar sonoramente un chicle mucho más grande que su boca, y buscear cargada de odio en la mirada de Alejandra. Cuando resultó evidente que a sus cincuenta, Ale con sus modales amables y su gesto atento no iba a entrar en provocaciones, miró con desprecio al estudiante de turno, y espetó “y vos paloma, además de dibujar en esa libreta, qué haces acá?”

La provocación soltada de improviso, mordió duro en la oreja del practicante estrella de esa generación. En un mínimo reflejo, cortante y amable, Alejandra puntuó: “dejamos por acá, nos vemos la semana que viene”

Pausada, aún con cara de póker se levantó -la mano y la sonrisa extendida hacia la consultante-, interponiendo su cuerpo entre la satisfacción de la borrega insolente, y la indignación del profesional de la salud en ciernes. 

Ahora, cinco menos diez, con su mejor cara de empatía trabajada a pura técnica, le ofrece una taza de té, corta un limón para agregarle unas gotas al suyo, y escucha, ya sin ganas.

“No entiendo por qué no le dijiste nada antes”, insistía el joven pasante ofendidísimo en su dignidad de estudioso de la psiquis, “lo único que hacía era masticar con la boca abierta, y mirar como buscando pelea, realmente, no sé si está bueno permitir esto en la primera entrevista…”

Ale, lo enfrentó con una mirada que tenía más de pelotón de fusilamiento que de empatía, reprimió un “dejamos por acá… “ y sacando los cigarros de la cartera, le ofreció uno y le dijo que se iba al patio trasero a tomar un té y fumar antes de la siguiente paciente. No le gustaba que los pacientes la vieran fumar en la vereda. 

El estudiante rechazó el cigarro y la invitación, y se limitó a decir con voz controlada a duras penas, “hablamos en la supervisión, algo me vas a decir, seguro”. Tomó la mochila, se calzó la campera y se dirigió a la entrada. El pasillo los vio caminar en direcciones opuestas abriendo y cerrando frente y fondo en ajustada sincronía de ballet acuático.

A las cinco y cinco, Ale abrió la puerta y sonrió. En la vereda, la Jenny sonreía, invitadora como siempre.

Disculpe dotora, se me hizo un poco tarde.

No hay problema —respondió Alejandra, haciendo sitio y señalando la puerta del consultorio. Se sentaron frente a frente—. ¿Cómo has estado?

Un poco complicada. La cosa está brava, y más con esto de la pandemia. No hay un mango en la calle, la gente tiene miedo y no sale. Pero bueno, por suerte. los cuerpos son cuerpos, y la necesidá está.

La Jenny, tiene cuarenta y pocos años mal barajados, y peor llevados. Invierno, primavera, verano y otoño viste sus camisas, ajustadísimas. El tercer botón es un campo de batalla donde su escote siempre al límite del desborde es a duras penas contenido. El surco que señalan el camino de todas las miradas es profundo, y las camisas siempre lisas, son una barrera exigida por dos pechos envalentonados que sus sostenes de aro hacen lucir turgentes y provocadores. 

Su boca es un buzón enmarcado en el eterno bermellón intenso y esmerado con que cubre sus labios breves. Cuando habla exhala un delicado perfume de cenicero endulzado a fuerza de chicles tuttifrutti. Sus imposibles carteras de cuerina rojo fuego, o animal print, siempre se abren, como galera de maga, para dar a luz caramelos, cigarros, muestras de colonias o diazepam, papeles con números de celular, y un desorden de billetes y boletos de ómnibus que nunca viajan a Roma. La envuelve un halo entre dulzón y picante, de colonia barata.

Sus palabras destilan la aceptación cínica y amable de los pesares de la vida errante, las parejas desgastadas, los hijos en huida permanente. Su alma es un collage de rincones sombreados en que los recuerdos pacen, esperando que el calor afloje, y se pueda salir a dar una vuelta por la campiña siempre a punto de florecer. 

Cierto que a veces los rincones son más bien sombríos, como cuando a la memoria distraída en asociaciones libres le da por caer sin aviso en alguna escena de esa infancia que describe como 

un lecho de rosas, dotora, pero sin los pétalos, apenas un recuerdo de perfume y una maraña de tallos y espinas

La voz grave y algo cascada enmarca una prosa florida, como solo puede tenerla una mujer capaz de habitar esquinas y piezas de alquiler sin preguntar nada, ni hacer lugar a silencios que siempre rsultan incómodos.

Ahora habla del Gordo, un hombrón sencillo, de sonrisa entradora y brazos de carnicero, a quien llama marido desde hace un par de años. El gordo la quiere bien, la cuida, le vive pidiendo que se venga a vivir a su rancho de soltero, el mismo que heredó de su padre obrero de FUNSA. 

Claro que el gordo tiene sus días, dotora, no es perfecto, es mi gordo nomás. Cariñoso, hasta mimoso, mire, aunque a veces se pasa de mimosón.

El relato avanza, salpicado de observaciones, que Ale atesora en un rincón donde la profesional hace sitio a la mujer que aprende a vivir escuchando a quienes creen que ella es quien sabe.

Ahora le ha dado por controlar en qué ando cuando no voy a dormir con él, no entiende mucho que yo prefiera tener unos días en casa, sola. sin misterios, dotora,  le da por preguntar y preguntar, se pone pesado. vio…?

Y yo le digo siempre que no joda, pero es bravo a veces… cansa.

La Jenny ha encontrado la pista del relato y se pierde en él, recorriendo una cotidianeidad que es una escuela sin recreos ni pizarrones.

– Es como siempre le digo, ‘gordo, yo no es que changue, es que tengo unos señores a los que acompaño’ y el gordo se pone celoso al pedo.

– Claro!

Y tuvimos una agarrada ayer… y le dibuje la cara…

A las seis, Alejandra cierra la sesión. Acompaña a la Jenny hasta la salida. El gordo la espera en la media luz en que se ha convertido la tarde de tormenta. Sonríe tímido, al ver que la Jenny viene con la dotora. Hunde un tanto la cabeza, avanza dos pasos y extiende un brazo del que brota un paraguas verde manzana.

Ale saluda con una leve inclinación de cabeza, sonríe amable, y divertida al notar que la cara del Gordo es un mapa señalado por trocitos de curitas, de esas que su padre se ponía después de cada afeitada. Solo que estas eran muchas, señalando -como el mapa de un campo minado- los sitios en que la Jenny había dibujado manteniéndolo amorosa y firmemente a raya.

La Jenny saluda con la mano al gordo, y girando la cabeza, dice socarrona. 

Vio dotora? unos cortecitos con la cuchilla de cortar carne… nada grave

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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película, ni leer de nuevo los mismos libros de siempre. Sigue sin saber bailar tango.

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